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¿QUIERES SER LIBRE?

Actualizado: jul 12



Para mí, según voy comprendiendo, la verdadera libertad a la que aspira el ser humano no tiene nada que ver con salir de ninguna condición externa que parezca someterle. La verdadera libertad la experimentamos cuando perdemos el miedo a las sensaciones y emociones que sentimos como resultado de los pensamientos que aceptamos como ciertos y a los que también solemos temer.


Permitir que todo ese mundo emocional y mental se despliegue sin pretender cambiarlo o evitarlo nos sitúa automáticamente en nuestro verdadero espacio, nos trae e nuestro inmenso Hogar. Aquí y ahora, en la quietud de nuestro corazón, hay capacidad y permisividad absoluta para todo lo que tememos sentir o pensar cuando nos identificamos con un pequeño personaje separado de la vida.


Lo que solemos hacer, desde esa identificación, es obedecer a un programa que nos insta a escaparnos constantemente de la experiencia presente haciendo algo para evitarla. Es un programa altamente adictivo cuya intolerancia a la vida se expresa en una constante evitación del presente.


Comer, beber, consumir cualquier sustancia, conectar con otros a través de las redes, distraernos a través de acciones innecesarias, pensar constantemente, intentar calmarnos de mil maneras... Todo menos aceptar aquietarnos y no hacer nada. Todo menos aceptar la revolucionaria posibilidad de, simplemente, ser. Y es revolucionaria porque es lo único que se sale realmente de ese sistema de pensamiento que todo lo engulle y lo asimila, basado en hacer algo para conseguir otra cosa que no está aquí.


Siguiendo sus pautas nos hacemos fácilmente manipulables. Obedeciendo los impulsos automáticos por los que somos guiados inconscientemente a escaparnos de la experiencia presente, seguimos funcionando en un juego malsano e interminable al que alimentamos con nuestras preciosas energías, pero que no nos alimenta a nosotros.


Así, con frecuencia nos sentimos desnutridos, carentes y vacíos mientras cabalgamos hacia esa promesa de compleción que parece sonreírnos en la próxima relación, el siguiente curso o la nueva técnica, esa que por fin nos sacará de este malestar que parece perseguirnos.


No, nada nos persigue. No hay nada de lo que escapar. Sólo mucha vida que contemplar, mucho espacio que ofrecer, mucha comprensión con la que envolver todo lo que aflora cuando simplemente aceptamos aquietarnos y mirar desde la quietud del corazón todo lo que se mueve sin movernos con ello. Esta aceptación tan simple del silencio, que no hace nada para evitar o arreglar el presente, tiene el potencial de revelarnos eso que buscamos tan desesperadamente haciendo y haciendo sin parar: nuestro verdadero ser. Vida sin límites, consciencia silenciosa, amor puro e incondicional que se expresa, en primer lugar, en nuestro paisaje interno, abrazando todo ese mundo despreciado y temido de sensaciones y pensamientos que creímos amenazadores y que sólo estaban ahí para ser iluminadas por nuestra amorosa presencia. Cualquier libertad que podamos anhelar en el mundo de la forma sólo es el resultado de conocernos como esta radiante espaciosidad que no se siente amenazada por nada, en la que todo surge y de la que todo está hecho.




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