Sobre mí

Puedo compartir retazos de la historia de mi vida,

pero en realidad, es sólo una historia entre tantas...

Lo que importa, no es lo que sucede en ella,

sino la vida que sostiene cada experiencia.

Y a "eso" que me vive está dedicada.

 

 

Cuando miro atrás y contemplo mi caminar desde niña, evoco una experiencia de fondo que subyace a todas sus escenas: un profundo anhelo de libertad.

El mundo que veía parecía pesarme. Los ambientes, las relaciones, las conversaciones, mi propio cuerpo, los alimentos... eran percibidos como una  carga superpuesta a la que no conseguía habituarme. Y lo intentaba con toda mi buena voluntad, tratando de seguir el criterio de tantos adultos a mi alrededor que pugnaban por mi  adaptación a lo que se suponía era "lo normal". 

Tras ilusionarme con la consecución de objetos o logros que, supuestamente, me llenarían, terminaba decepcionándome en seguida. Recuerdo esa  sombría nube de frustración y pesadez en la que me sentía hundida con frecuencia y de la que anhelaba liberarme mientras la vida "normal" transcurría a mi alrededor. Algo, en mis adentros, me susurraba que esa búsqueda externa de objetos y ese enfoque mental en conseguir algo que estaba más allá, siempre me decepcionaría.

 

Y aunque vivía en un mundo que parecía tener una fe ciega en ello, yo sabía, en la intimidad de mi consciencia (todos lo sabemos), que tenía que haber otra manera de vivir. La intuía ligera, abierta, clara, libre de cargas añadidas. Y desde muy pequeña era consciente de que esa vida sólo podía brotar de dentro, ya que, por mucho que lo intentaba, lo externo no hacía sino embotarme más y más cuando ponía en ello mis esperanzas.

Así que, a una edad muy temprana se inició mi búsqueda de lo profundo, rastreando sus huellas por doquier, descubriendo chispas de inspiración que confirmaran mi intuición. La naturaleza era mi refugio. En contacto con ella, la simplicidad, la autenticidad y la paz que anhelaba se despertaban poderosamente. Me atraían las personas que tenían una vida interior profunda, los libros que hablaban de ello y buscaba estas fuentes de nutrición por doquier.

 

A los 12 años llegó mi primera comprensión intensa. A través de ciertas vivencias, pude experimentar que la fuente del verdadero amor se encontraba en mí y me decidí a vivirlo con vehemencia y entusiasmo. Fue un período muy bello que revolucionó mi vida por completo liberándome de esa pesadez que me atenazaba. Sin embargo, me perdí al ir fabricando  e identificándome con un personaje amoroso que se olvidó totalmente de su propia vida, perdiendo el contacto con su fuente. 

 

Desapareció así la frescura y la espontánea inocencia de la que había bebido y una espesa nube de abatimiento se volvió a cernir sobre mi existencia, que se hizo trabajosa y esforzada, sacrificada y gris en pro de un supuesto amor dedicado a los demás.

Quizás esa fue la razón que me llevó a estudiar Psicología, el anhelo de comprender ese confuso malestar, de llenar de luz esa sensación sombría que me acompañaba.

A los 18 años, después de un período de profunda oscuridad, algo despertó tras un prolongado sueño. Descubrí la respiración y, en íntima sintonía con ella, entré en contacto con el caudal insospechado de energía que se movía en mí y que había ignorado por completo. Esta conexión con la Vida me llenó de tal plenitud que mi perspectiva cambió drásticamente y empecé a experimentar la libertad que tanto anhelaba desde niña. Una fuente chispeante de inspiración y de poder brotaba desde dentro y transformaba todos los aspectos de mi cotidianeidad ensombrecida. Tenía la sensación de sobrevolar ese mundo que me pesaba y me sentía extraordinariamente creativa. Tenía la certeza de que, por fin, había encontrado mi tesoro y de que nunca me abandonaría me llenaba de felicidad.

Sin embargo, también esa experiencia, que duró bastantes meses, fue velándose a medida que mis viejos patrones mentales reaparecían. Pero ya no había vuelta atrás. Ya sabía que esa libertad era posible y haría todo por recuperarla. Todo.

Desde entonces, mi vida se convirtió en un proceso de soltar lo que parecía entorpecer esa experiencia libre y auténtica de mi ser. Dejé familia, estudios, ambientes, costumbres, comodidades... Y me dediqué a viajar y a explorar. Visité y viví largos períodos en escuelas de meditación y auto conocimiento. Me familiaricé con el zen, practiqué yoga intensamente, leí, estudié y me formé, adentrándome en todo tipo de enseñanzas y filosofías que hacían resonar en mí esa experiencia poderosa y auténtica, la de mi propia naturaleza profunda. Mi atracción por el ascetismo me llevó a descubrir y practicar intensamente el ayuno, en un deseo de pureza y transparencia  incontenible. En esos períodos,  frecuentemente retirada en la naturaleza, de nuevo surgían atisbos de ese estado de libertad y energía sin límites, de conexión y de amor por todo. Me sentía profundamente nutrida sin necesidad de alimentos sólidos y, aunque aún no lo entendía, me encantaba experimentarlo, pues en períodos así, conectaba intensamente con mi autenticidad .

Así, mi día a día se convirtió en un laboratorio de investigación intenso en el que buscaba sin descanso ese elixir mágico con el que ya dos veces me había sentido bendecida. La primera, en contacto con la inmensa fuente del amor y la segunda, con la fuente inagotable de vida y energía: la misma fuente, bajo diferentes aspectos.

Tras unos años de total dedicación y bastante agotada por el esfuerzo, comprendí que ya no necesitaba viajar ni buscar más referencias externas. Decidí volver a casa, aceptar agradecida el entorno que había tachado de"convencional" y que tanto había rechazado y empecé a estudiar Bellas Artes.

La pintura se convirtió durante muchos años en un vehículo precioso de expresión. La meditación y la atención cotidiana despertaban una intensidad en mi vida interior que ahora podía canalizar creativamente y compartir. Fue un trabajo dedicado y comprometido que llegaba al corazón de los que lo contemplaban y despertaba en ellos la intuición de lo profundo.

 

Tras unos años se inició mi vida en pareja y viví la aventura de ser madre, entregándome desde el embarazo a ese modo sublime de creación: tener un hijo. Con él, renací a una vida más encarnada y renovada. Una verdadera iniciación que me invitaba a abrazar el ahora, la vida presente, exactamente como es.

 

Llevaba mucho tiempo refugiándome en un mundo espiritual que me consolaba y en las formas bellas. Al no haber podido realizar todavía de forma consistente mi anhelo de libertad, me había contentado con su evocación a través del arte y de una vida desligada del ahora. Mi hijo me traía irremediablemente a abordar lo concreto, a integrar mis intuiciones en el  día a día. 

Me dí cuenta de que, en ese largo período de dedicación laboriosa a la pintura, me había esforzado mucho por lograr la perfección de las formas en todos los ámbitos de mi vida. Esa autoexigencia y también la búsqueda de reconocimiento implícita me estaban agotando, encerrándome en un mundo demasiado personal. Estaba dejando olvidada  y rechazada mi humanidad, mis emociones, mis sombras, mis anhelos... Y todo lo que no encajaba en esa supuesta perfección que buscaba realizar. No estaba siendo feliz. Me detuve de nuevo.

     Necesitaba contactar profundamente con la vida y permitir todas sus formas por ser eso, simplemente formas. Y, en medio de un profundo vacío, sin referencias, surgió en mí el abrazo hacia mis heridas, mis pesadeces, mi abandono, mis resistencias, mi vulnerabilidad... hacia todo lo que había rechazado por conseguir una supuesta libertad.

     Y comprendí. Me descubrí mucho más grande que todo ello, inmensamente espaciosa e íntima al mismo tiempo. No definida por lo que me pasaba, sentía o pensaba. Podía contemplarlo, todo era abrazable. Y descansé. La búsqueda se relajó enormemente. Estaba aventurándome en un terreno desconocido: la consciencia que observa, inmensamente clara, transparente, serena  y amorosa con cada aspecto desdeñado.

     Lo que había buscado desde niña con tanto esfuerzo (actitudes, hábitos,  formas bellas de vivir) no se encontraba ahí. La libertad que añoraba no pertenece al mundo de los logros ni de los estados, por muy espirituales que parezcan, sino al vasto espacio de la consciencia que los contempla. Es implícita a lo que soy, si acepto reconocerlo en lugar de identificarme con un yo disminuido y buscador. Había contactado con mi tercera fuente interior: la conciencia.

    Conciencia, existencia y amor (o dicha) son, en la tradición del yoga de la India, los tres aspectos del SER (Satchitananda). Cada uno de ellos nos sumerge en los demás y nos permite experimentarnos en nuestra profunda unidad con el Todo.

    Esta comprensión me dejó tan reconciliada conmigo misma que necesitaba compartirla para seguir aprendiendo. La vida me situó fácilmente en los escenarios apropiados para ello. Renació mi vocación como terapeuta, que había abandonado en lo pasillos de la facultad de Psicología y me formé para retomarla. Bajo la forma de terapia transpersonal, cursos de mindfulness o consciencia plena, sesiones de meditación, retiros... Encontré modos comprensibles para muchos de compartir lo que iba integrándose en mí. Todas estas experiencias las viví con mucha alegría e inspiración.

     Tras unos años de total dedicación, sobrevino una nueva pausa: el movimiento hacia dentro se imponía una vez más. Las formas de expresarnos se quedan estrechas ante la profundidad de lo que vamos viviendo... Hacía falta una profunda renovación, una conexión profunda con mi corazón y un compromiso total con lo auténtico.

   Reconocer lo que soy y soltar mi apego al mundo de las formas que me definían se ha convertido en mi tema de fondo. La comprensión de que no tengo que hacer nada para conseguir llegar a ningún sitio, ha sido tan liberadora para mí después de tantos años de esfuerzo y de búsqueda, que ha tomado la forma de un libro,“DEL HACER AL SER”. Escribir  mis vivencias y hallazgos ha sido siempre el mejor modo de comprenderme. Ahora, después de un período de silencio, quietud y desnudez, en los que he querido soltar lo que me pesaba, comparto mis escritos y experiencias contigo.