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LA MIRADA DEL SOL




Te invito a mirarte como el Sol te mira:

No hay juicio, sólo luz penetrante,

caricia, calidez, perfecta aceptación,

nutrición constante de cada partícula,

de cada movimiento de tu vida.

Sólo amor.

Y deja que esta mirada se extienda a tu alrededor…


Volvamos a la vida cotidiana, que es lo que nos interesa. ¿Puede actualizarse en nuestro día a día esta consciencia?


Como hemos descrito a lo largo de estas páginas, nuestro sistema de pensamiento está enfocado en las formas, en los contenidos variables de nuestra experiencia: sucesos, objetos, cuerpos... Nos condiciona a centrarnos en ellos, a interpretarlos, a juzgarlos o a tratar de cambiarlos al considerarlos problemáticos. Privilegia unas formas sobre otras, establece categorías entre ellas, trata de conseguirlas o evitarlas. Y ahí vivimos con una consciencia reducida y estrecha. Nos hemos acostumbrado a detenernos en lo pequeño y ahí nos sentimos ahogados.


Nos falta espacio, luz, perspectiva, amplitud desde la que mirar la totalidad: la luz de la consciencia. La imagen del Sol es una gran ayuda para mí. Cuando me siento disminuida y contraída por dentro, sé que me he quedado adherida a los pequeños contenidos de mi experiencia. Me aquieto y no hago nada. Dejo que se haga la luz. Es como pulsar un interruptor en una estancia oscurecida iluminando la situación que me ocupa. Respiro. Todo queda ahora incluido en un espacio de claridad en el que ver es posible.

Una buena pregunta podría ser: ¿Cómo ve esto el Sol?


La visión del SER es como la mirada del sol y conectamos con ella cuando aceptamos mirar así, es decir, cuando aceptamos ver la inocencia de cada ser humano, la luz en la que aparece, más allá de sus formas cambiantes y de nuestros movimientos mentales añadidos.

Esta mirada es espaciosa. No interfiere. Permite que todo sea. Es apacible, no busca nada. No intenta provocar resultados ni los espera. Acepta. Es un para todo. Se encuentra constantemente enfocada en el ahora. Impregna y penetra cualquier fenómeno que aparece.


En realidad, estamos hablando de algo muy simple: la mirada del amor. Podríamos decir que amar es mirar como mira el sol: penetrando y dando espacio a lo que ama. Piénsalo bien, ¿Cómo sabemos que alguien nos ama verdaderamente? Cuando nos deja espacio, nos permite ser quien somos, y, al mismo tiempo, tiene un interés vivo por nosotros, nos dedica su atención, no desdeña nada nuestro.


Es así como nos ama la vida, y el Sol nos ofrece una imagen poderosa de ese Amor que, en el fondo anhelamos porque es nuestra esencia. A veces, queriendo aprender a amar nos atrevemos a dejar ese espacio de libertad al otro, pero nos pasamos por alto la atención consciente a su interioridad y a la nuestra, a toda la experiencia que estamos atravesando. Mientras intentamos ser espaciosos, nos solemos saltar nuestra humanidad, despreciando lo inmediato. Y en ese espacio nos sentimos de nuevo separados, fríos, distantes. O bien nos acercamos mucho prestando atención desmedida a los detalles de nuestra vida y la de los demás y perdemos la dimensión del espacio y la libertad. Es normal, desde nuestra pequeña perspectiva hacedora todo resulta muy artificioso. Sin embargo, conectados con nuestra esencia, descubrimos que ese amor es completo y ofrece naturalmente espacio, atención, presencia plena.


Puede ser una bella experiencia imaginarte radiante: deja que tus gestos, tus ojos, tus palabras, sean la expresión de tu ser profundo evocando esa imagen del sol. Que la calidez de tus manos sea la extensión de tu sol interno. Penetra con ella lo que tocas.

Que tu mirada sea espaciosa, sin obedecer el empeño de tu mente en quedarse aferrada a los detalles. Contempla también el espacio luminoso entre los objetos. La luz no privilegia las cosas sobre el espacio en el que aparecen. Supone una especie de entrenamiento de la mirada, es verdad. ¡Y es divertido y apasionante! Apasiona porque al mirar así descubres un poder inexplorado dentro de ti. El poder de la presencia. Dejas de ser víctima de lo que pasa, para descubrirte, en tu esencia, como la luz que ilumina lo que pasa.


En realidad, es casi como un nuevo hábito neuronal que va instalándose, una actitud omniabarcante que lo acoge todo. Y todo es la clave. Nada se escapa: ningún pensamiento, emoción o gesto. Cualquier resistencia es incluida también, incluso el olvidarnos de ello... Todo es iluminado. Así está siendo siempre: el abrazo de la Vida es continuo.


¿Puedes imaginarte viviendo con esta idea de base, acompañando cada momento de tu cotidianeidad, sabiendo que este instante es una nueva oportunidad para experimentarte como el sol de tu mundo, espacio de calidez y aceptación para todo?


Extraído del libro "DEL HACER AL SER", Editorial Sirio.

Del capítulo 9: "Vivir desde el corazón"

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