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¿AYUDAR?



"Me siento culpable si no le ayudo"... Muchos de nosotros experimentamos con frecuencia el impulso de prestar atención, hacer favores, escuchar a otros... El temor a sentir malestar, incomodidad, culpabilidad si no nos involucramos en ese tipo de acciones de "ayuda", es lo que nos mantiene ahí, invirtiendo una preciosa energía en ocuparnos de la vida de otros seres humanos cuyo sufrimiento consideramos nuestra responsabilidad aliviar.


Estos patrones mentales de asistencia, ayuda y colaboración, movidos por la culpabilidad, no tienen nada que ver con el amor, o muy poco. Lo que estamos "amando" ahí es la necesidad personal de no sentirnos culpables o de no creernos egoístas. Nuestro amor queda recluído en un ámbito muy estrecho, la superviviencia del ego, que no soporta sentirse inadecuado.


Sin embargo, nuestro sistema de pensamiento sostiene estos principios del sacrifico y el asistencialismo como manifestaciones de un amor que deberíamos practicar.

De hecho, la amistad o las relaciones familiares se basan muchas veces en contar con "alguien" que estará siempre ahí para ayudarnos cuando lo necesitemos.


Este sistema de pensamiento se pasa por alto algo muy importante: lo que sentimos como sufrimiento surge de nuestro modo de pensar la vida, de nuestras interpretaciones y percepciones, que generan una emocionalidad alterada. Al no haber asumido esta responsabilidad en nuestra propia experiencia, el malestar que no ha sido atendido se proyecta hacia fuera cuando descubrimos seres humanos y situaciones que reflejan de algún modo nuestro propio mundo abandonado.


Y nos lanzamos a tratar de remediar o aliviar ahí fuera lo que no ha sido contemplado en el propio paisaje interno. Incapaces de detenernos a contemplar lo que sentimos en la inmediatez de nuestra experiencia, queremos evitar a nuestros seres queridos esos estados tan poco comprendidos. Al haber juzgado inconscientemente que "eso no debería suceder", abandonamos la experiencia directa que podría completarnos y enriquecernos, para involucrarnos en intentar a toda costa que los demás no sufran.


Pero, ¿estamos seguros de que eso que están viviendo no debería ser vivido? ¿Estamos seguros de que nuestra intervención es mejor que su propia experiencia, esa que les impedimos asumir al responsabilizarnos de ella? ¿De dónde viene esa prepotencia que juzga lo que está pasando como inadecuado y necesitado de intervención por nuestra parte?


Y, por otra parte... ¿Qué es ayudar? Esta sería también una buena pregunta... ¿Ayudamos evitando un malestar pasajero a un ser humano que podría servirle para despertar y conocerse más profundamente? Considerar a otros necesitados de ayuda, ¿no los disminuye aún más? ¿Por qué no confiar en sus posibilidades, tan reales como las nuestras? ¿No sería eso una verdadera ayuda?


¿Y si aceptáramos quedarnos a experimentar lo que sentimos cuando percibimos ese sufrimiento en otros? Quizás esa es la parte fundamental que nos toca explorar y vivir. Y, quizás (ésa es mi experiencia) la mejor "ayuda" para ellos, ya que no alimentamos con nuestras proyecciones lo que están viviendo. Dejar espacio, volver al Corazón y liberar nuestra propia carga, que se despierta ante lo que percibimos en el mundo, es muchas veces nuestra mejor contribución.


No estoy proponiendo en absoluto inhibirnos o abstraernos del sufrimiento de otros. Al contrario, estoy expresando la necesidad de implicarnos de verdad en la parte que nos toca: sentir, abrazar, permitir... lo que se despierta en nosotros cuando vemos a otros sufrir. Podría ser miedo, angustia, inseguridad, soledad, culpa... Si no abordamos todo esto, éstos serán los móviles que nos llevarán a emprender esa supuesta "ayuda" y, al no haber asumido y amado nuestra propia emocionalidad... ¿Cómo íbamos a abordar la de otros?


"¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?"-decía Jesús-.


Una vez que nos sentimos en paz, la posibilidad de acompañarnos unos a otros puede surgir naturalmente, de modo espontáneo, ligero e intuitivo, si ha de darse. Ya no es un yo personal, arreglador de situaciones el que se moviliza... Somos movidos por la vida sin premeditación ni compulsión, en la inocencia del instante presente.


Cuando hemos descubierto la inmensidad en nuestro Corazón, ya no podemos dudar de ella en los demás, y esta confianza es la verdadera sanación que nos despierta a todos.



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© 2020 Dora Gil

© Fotos Fran Carmona