VÍVELO

Ha llegado un momento en el que ya lo sabemos todo, lo entendemos todo. Estamos saturados de conocimientos espirituales. Hemos escuchado todo tipo de charlas, accedido a los mejores vídeos, leído los libros más novedosos, asistido a los cursos más originales y rompedores… Hemos seguido las propuestas de los personajes públicos más exitosos y las enseñanzas de los maestros más elevados y carismáticos… Y, sin embargo, ¿cómo es que no se transforma nuestra vida?

Es muy simple. Todo ese arsenal de conocimiento está siendo absorbido por la mente conceptual, ávida de información que almacenar. Desde ese tipo de mente, cuando escuchamos algo que, en el fondo intuimos como verdadero, tenemos la sensación de haber accedido a la vivencia de lo que escuchamos o leemos. La claridad que percibimos genera un momento de… “¡Eureka, esto es!” que nos llena de emoción y nos calma de algún modo. Es como si, por fin, hubiéramos conseguido la clave que estábamos buscando y ya pudiéramos descansar: ¡Ahora ya lo tengo, ahora lo he comprendido!

¿Cuánto dura esa sensación, esa claridad?

El tiempo de volver a casa tras la charla o de apagar el ordenador y entrar en la cocina para encontrarnos con nuestro hijo o nuestra pareja. El tiempo de retomar las tareas cotidianas y volver a experimentar ese bajonazo de “lo conocido”, la frustración de percibir que “todo sigue igual”, aunque hace un momento estábamos tocando el cielo.

Y es que la mente pensante es un lugar muy limitado desde el que no se puede vivir lo que comprendemos, aunque a veces nos lo parezca. La vivencia, la experiencia, sucede en la vida y la vida la podemos sentir cuando nos unimos a ella, no pensándola, sino experimentándola a través de nuestro cuerpo.

Además de un cerebro, hemos sido dotados de un corazón, de un plexo solar, de una capacidad de sentir en nuestro cuerpo que nos permite abrirnos a la vida, respirarla, sentir sus corrientes, darles espacio, contemplarlo todo desde una amplitud y una presencia mucho más amplia.

Poco a poco, nos hemos ido fugando de nuestra corporalidad, temiendo la vulnerabilidad que experimentamos en ella, juzgándola y estableciéndonos en la cabeza para no sentir. Y así, hemos perdido el contacto con el inmenso manantial de posibilidades disponible para nosotros. Desde esa privación, nos conformamos con las migajas de información que nos llegan a ese reducto mental en el que nos hemos encerrado.

Pero hay una vida mucho más inmensa esperándonos siempre. Ríos de agua viva que pueden fluir de nuestras entrañas si, en vez de alejarnos de ellas, nos quedamos para explorar la realidad viva, siempre presente en toda experiencia.

Permanecer en el cuerpo es lo más necesario y, al mismo tiempo, lo más temido para muchos. Atrevernos a traer la consciencia al pecho, al plexo solar, al vientre nos trae a vivir comunión con lo real. Contemplar la vida directamente desde ahí, sin interpretaciones ni juicios, es un gesto de valor que nos devuelve a la naturalidad para la que estamos diseñados.

Estoy aquí para recordarte y recordarme que hay otra forma de vivir, de experimentar, con inocencia y con valentía al mismo tiempo, el fluir de la existencia. Requiere sentir, vivir en contacto con el aliento de la vida que nos recorre, habitar el pecho, descansar en el corazón, abrirnos desde el plexo solar como una flor a las experiencias, en lugar de contraernos y temerlas.

Estamos diseñados para vivir, simplemente, este precioso instante, sea cual sea su apariencia, en vez de pensarlo. Y eso requiere una mudanza: de la cabeza al corazón, de la mente al cuerpo, del pensar compulsivo al sentir consciente y amoroso.

Si deseas profundizar en este tema, te sugiero leer el libro “La abundancia está servida” (Editorial Sirio)

También puede interesarte “Del hacer al ser” (Editorial Sirio)

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Dora Gil
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