Una de las mayores fuentes de sufrimiento para muchos de nosotros es el intento de que las cosas que suceden en torno nuestro no nos afecten. Querríamos que nos diera igual la opinión de los demás, su falta de reconocimiento hacia nosotros, sus reacciones o decisiones… ¡qué felicidad si nada nos afectara!
Este anhelo no es gratuito. Surge de una posibilidad que está disponible para nosotros y que, en la profundidad de nuestro ser, conocemos muy bien: vivir arraigados en lo que somos. O, dicho de otro modo, permanecer en conexión con la Vida que nos sostiene constantemente.
Lo único que nos impide esta comunión es el enfoque en el mundo de las objetos, de las formas, de los fenómenos cambiantes, a los que les hemos dado tanto valor. Al creer que pueden sustentarnos, aportarnos algo que no tenemos, nuestra atención se ha volcado compulsivamente en ellos. La hipnótica atracción que las cosas del mundo ejercen sobre nosotros, manteniéndonos implicados en ellas, es fruto del valor y la atención sostenida que les hemos otorgado. Y al hacerlo, hemos ido retirando la consciencia de la Fuente de la que surgen, del océano de vida en el que esas olas de experiencia se mueven. Ahora sufrimos al evocar la paz de ese océano y anhelamos su estabilidad, su profundidad inalterable, nunca perturbada por los movimientos que suceden en él.
¿Cómo recuperar ese contacto con la fortaleza de lo que somos? ¿Cómo volver a sentirnos fusionados con nuestra naturaleza esencial, en la que nos experimentamos libres del impacto de lo que cambia?
Esto no es algo que podamos añadir a nuestra existencia como una técnica o un método a aplicar. Esa conexión, que siempre está aquí, necesita ser cultivada como nuestro tesoro más precioso. Amada como el amor más valioso. Deseada por cada célula de nuestro cuerpo. Priorizada más que cualquier otra cosa en este mundo.
Y ello requiere, por tanto, una dedicación de nuestra energía, de nuestro tiempo, de nuestros espacios. Es necesario cultivar y amar ese contacto con la Vida por encima de cualquier otra cosa que hayamos valorado en el mundo. Y las cosas del mundo pueden ser la familia, el trabajo, nuestros logros, nuestra imagen, los amigos, las parejas, los proyectos y sueños, nuestras ideas … Todo lo que suele importarnos mucho.
Sólo cuando este amor por el SER es nuestro único y verdadero anhelo, nos sentimos en casa, inmersos en un océano de Vida abundante que cuida de nosotros y al que dedicamos nuestras acciones, nuestros movimientos, cada situación de nuestro vivir.
Entonces, las cosas del mundo ocupan naturalmente su lugar, siempre secundario, y dejan de ser una fuente de desestabilización para convertirse en una oportunidad para retornar a lo que somos de verdad cuando andamos un poco perdidos.
Los acontecimientos inesperados van a seguir sucediendo, el rechazo de los demás puede seguir dándose, las reacciones desagradables no van a desaparecer… Sólo que nos encuentran en un lugar muy diferente: el Hogar. ¿Eso significa que ya no nos afecta lo que suceda? ¿Que permanecemos impávidos e indiferentes ante cualquier reacción de los demás, ante cualquier malestar? No, desde luego que no.
Viviendo una aventura humana, abiertos a la existencia, seguimos sintiendo con frecuencia la activación de nuestra vulnerabilidad, nos vemos atravesados por todo tipo de corrientes emocionales, experimentamos vaivenes y alternancias en nuestro sentir. Sólo que, en vez de rehuir esas experiencias, descubrimos la opción de abrirnos a experimentarlas, de dejarnos atravesar por ellas. Aceptamos usarlas para volver a la quietud del Corazón, en lugar de alimentarlas. Simplemente porque sabemos lo que son: momentáneas fluctuaciones del mundo de las cosas, de los fenómenos cambiantes, que no tienen el poder de alterar nuestra verdadera identidad. Más bien juegan el papel de recordarnos la luz que somos, el amor que es nuestra esencia y que, como los rayos del sol, sólo quiere derramarse sobre todo lo que sucede, todo lo que sentimos, todo lo que pensamos…
Sólo podemos dejarnos afectar abiertamente por el mundo cuando nuestro foco no está en el mundo, sino en el SER.
Si deseas profundizar en este tema, te sugiero leer el capítulo 3 del libro “DEL HACER AL SER”, Editorial Sirio. Su título, “La intensidad de tus emociones”, engloba varios epígrafes, uno de los cuales aborda el mismo tema de esta entrada: “No quiero que me afecte”.


Hola! Claro que afecta pero ya no es una afectación afectada
La afectación sabia, no otra cosa si no de saber el sabor de lo que Es se da en el colchón de la conciencia y, da nostalgia en el caso del sufrimiento y alegría cuando es la celebración del amor o estimación