¿Qué es una adicción? Desde donde yo lo comprendo, explicado de forma muy simple, es todo lo que hago compulsivamente para evitar sentir lo que siento. Surge de la creencia de que “algo” (en el mundo de las cosas) puede salvarme de mi sufrimiento.
Los recursos más conocidos suelen ser la comida, el tabaco, el alcohol o cualquier tipo de sustancia. Cosas que ingerir que nos alivien del malestar emocional, que anestesien el dolor que sentimos o parezcan llenar el vacío que experimentamos. También todo lo que nos dé la sensación de desconectar, aunque sea por un tiempo, de la confusión y la tiranía de la mente automática y disfuncional.
Afinando más, ese mismo papel juegan la mayoría de las relaciones, vividas desde una consciencia separada. Tanto si se trata de relaciones sentimentales como familiares o de amistad, son usadas para paliar la sensación de soledad, pequeñez, inseguridad… El uso de redes sociales desde esta consciencia limitada intensifica la búsqueda adictiva en las relaciones con el mundo, generando más expectativas y ansiedad ante las reacciones de los demás. Ahora la conexión siempre está a mano. Basta coger el móvil para dedicarnos a invertir energía en conseguir ser reconocido o en sufrir la supuesta indiferencia de los demás. O, simplemente, para sentirnos conectados con la vida de otros, olvidando por completo la nuestra.
Trabajar, el hacer cosas, estar siempre activo, pensar y juzgar constantemente, buscar soluciones a supuestos problemas… La constante actividad, que a veces parece muy loable, expresa con frecuencia el temor a detenernos y sentirnos.
Conocemos todo esto, ¿verdad? Quizás, mientras leías los párrafos anteriores, tu mente te haya llevado a recordar a tal o cual persona que tiene justo esa adicción, esa que no deja el móvil ni un momento o aquella que nunca se ha decidido en serio a dejar el alcohol; o esta otra que siempre está enganchada en alguna relación…
Y quizás no solo hayamos evocado a esas personas por un momento, sino que el pensar en ellas nos haya puesto en contacto con la preocupación que sentimos ante su caso, si se trata de seres queridos o cercanos. Podría ser incluso que hubiéramos pasado buena parte de nuestra vida tratando de ayudar a alguno de ellos a salir de su enganche con las drogas, con la comida, con el alcohol o con las relaciones. Es posible que estemos agotados de tanto esfuerzo, de tantos intentos de hacerles ver la realidad que ellos parecen ignorar. Puede que nos hayan decepcionado tantas veces que hayamos decidido dejar de intervenir y que, sin embargo, nos sorprendamos de nuevo empeñados en ello, sufriendo por salvarles de su dependencia.
Este enfoque en las tendencias compulsivas de los que nos rodean tratando de ayudarles, intentando que cambien, que se den cuenta… parece muy amoroso y digno de admiración. Sin embargo, mientras estamos dedicados a ello no nos damos cuenta de algo importante: hemos abandonado nuestra vida más inmediata, nuestro mundo interior. La atención está constantemente dirigida a la otra persona y centrada en sus reacciones. En ella se enfoca nuestro pensamiento, juzgando y evaluando sus actuaciones, buscando el modo de convencerla para que salga de su disfuncionalidad. Nuestra emocionalidad oscila en base a sus cambios, tanto “positivos” como “negativos”. Dependiendo de lo que haga o sienta esta persona, así nos sentimos. A ella se dirigen nuestras acciones y movimientos: vigilancia de sus deslices, estrategias para solucionarlos…
Mientras tanto, ¿quién queda aquí, en el hogar interior? Nadie, está abandonado. En el fondo, ese alejamiento es lo que buscamos sin darnos cuenta. Mientras estamos implicados en resolver la vida de otros, tenemos una excusa perfecta y aparentemente loable para no atender la nuestra.
Si lo miramos bien, lo que obtenemos enfocándonos en salvar al otro es lo mismo que si nos dedicamos a cualquier actividad adictiva como podría ser, por ejemplo, consumir una sustancia. Intentamos evadirnos de nuestra vida, que no sabemos sentir ni escuchar. La creencia que subyace es idéntica: hay algo que puede salvar a alguien de algo. En el primer caso, una sustancia, en el segundo, mi dedicación a “ayudarle”.
Lo más doloroso es que, para tener que dedicarnos a redimir a otros, antes hemos tenido que juzgarlos como inadecuados o incapaces. Y además, habernos situado a nosotros mismos en un nivel superior, considerándonos como alguien que sí lo puede conseguir. Esta es otra de las compensaciones que encontramos al sacrificarnos, creernos más valiosos por el hecho de ocuparnos de los que son “incapaces”.
Como decía Albert Einstein, “ningún problema puede ser resuelto en el mismo nivel de consciencia en que se creó”. Yo, considerándome un individuo separado de ti, mejor que tú, no puedo resolver tu adicción, pues ese empeño se convierte en mi adicción. Me convierto en dependiente de mi necesidad de salvarte, pues de ella depende mi identidad y mi tranquilidad.
La única salvación de todas nuestras adicciones, incluyendo la de ayudar a los demás a salir de ellas, proviene de un nivel de consciencia más profundo: el amor. Amor comprendido como nuestra verdadera naturaleza, amplia, poderosa, que está tan enamorada de su propia radiación que no necesita enfocarse en las debilidades ni defectos de nadie. Y, sin embargo, al permanecer en sí misma, su energía se extiende, elevando la frecuencia de todo lo que toca de forma natural.
Cuando nos enganchamos en los problemas de otros para enmendarlos, nuestra consciencia se estrecha y nos sentimos disminuidos. Cualquier ayuda resulta imposible desde ese nivel y suele servir para alimentar aún más el sufrimiento. Lo que la situación pide es una energía de frecuencia mucho más elevada. El amor es esa energía y comienza aquí dentro, ofreciéndose a nuestro mundo interno, no huyendo de él, usando para ello a los que nos rodean.
La consciencia, profundamente amorosa, abraza todo, no se escapa de nada, envuelve todo en su calidez. Y esta es la única y verdadera medicina para todo enganche en cualquier objeto: la presencia que abraza todos los objetos, permitiéndolos en su amplitud.
Cuando nos enamoramos de nuestra verdadera naturaleza, lo que nos parecía un problema que nos reducía, se convierte en una oportunidad. Cualquier situación nos abre la puerta para experimentar ese amor envolvente y permisivo que atraviesa, como los rayos del sol, todo lo que aparece en su radiación. Y esto comienza por nuestro espacio interior, en contacto con nuestra emocionalidad herida, nuestros pensamientos eludidos, nuestra sensaciones rechazadas… Cada momento nos ofrece la posibilidad de actualizar este amor abriéndonos a sentir, a ser amados incondicionalmente, sea como sea nuestra experiencia.
A este cambio profundo y fundamental de perspectiva nos invitan todas las adicciones, todos los apegos y enganches de nuestra vida, todo intento de creer que alguna cosa o persona puede salvarnos de nuestro sufrimiento. El Amor es la gran puerta y permanecer en su contacto, identificarnos con él es, para mí, la dedicación más liberadora.
Si esta posibilidad resuena en ti, te propongo ofrecerte un viaje interior para conectar contigo amorosamente, dejando que el poder que te ha concebido, se ocupe de todo aquello en lo que tu mente se reducía y por lo que te juzgaba. El curso vivencial “AMA, REZA, COME” puede acompañarte en ese cambio de perspectiva.
También puede inspirarte el libro “La abundancia está servida”, Editorial Sirio.

