Desde muy joven, me ha cautivado la experiencia del ayuno. Antes de experimentarla por primera vez, sin embargo, lo que sentía era mucho miedo, la sensación de que, si me privaba de alimentos, me sentiría carente, vacía, perdida en un mundo cuya dinámica gira en torno a las comidas cotidianas, el consumo de alimentos o bebidas a cualquier hora…
Un día, tendría entonces unos 20 años, alentada por unos amigos, me decidí a pasar toda una jornada sin comer. Me fui a un parque tranquilo para dedicarme a leer, pasear, meditar… Y me llevé una manzana para tomarla al final del día o, quizás antes, si el hambre era insoportable y no la podía aguantar. Tal era mi creencia tan arraigada: pensaba que, si no ingería lo acostumbrado en forma de desayuno o comida de mediodía, podría desfallecer o sufrir cualquier tipo de malestar que me obligaría a comer.
A medida que pasaban las horas, podía constatar, siendo muy honesta, que no tenía hambre realmente y eso me sorprendía mucho. Lo que experimentaba era una especie de desazón, una sensación de estar desubicada, sin participar en lo que todo el mundo estaría haciendo sobre las horas de mediodía: comer. Experimentaba soledad, un poco de frío interior y muchas ganas de que pasara el tiempo para, por fin, poder tomarme mi manzana tras esas 24 horas de ayuno que me había propuesto y sentirme de nuevo integrada en la “normalidad”.
Fue una experiencia puntual que, aunque no repetí en seguida, dejó su huella. Unos años más tarde, gracias a un querido amigo que ayunaba con frecuencia, me decidí a vivirlo de nuevo, esta vez durante tres días. En un entorno muy bello, la comunidad del Arca de Lanza del Vasto, donde estaba pasando una temporada, pude, ahora sí, ahondar más en la experiencia. Más familiarizada con la respiración y la observación, en contacto con la naturaleza, pude ir abriéndome a todas esas sensaciones de frío, contracción, malestar… que volvían a darse y que ahora podía permitir sabiendo ya lo que eran: simples síntomas de desintoxicación física por un lado y por otro, la expresión de todo ese mundo emocional con el que yo no quería tener contacto y que había rechazado tantas veces.
Respirando, permitiendo, sin ceder al impulso de comer, todo iba disolviéndose, cambiando, procesándose… No fue fácil, pero al final de los tres días, en los que solo había bebido agua, me sentía tan liberada, tan ligera y llena de vida, tan sensitiva y abierta a cada detalle del presente, que sólo quería más de eso. Sentía que este era mi estado natural, el estado genuino de mi ser, que conocía profundamente y que nunca me había permitido experimentar.
Volver a comer, aunque por un instante me aportó un cierto alivio, me empezó a pesar mucho. Me sentía sobrecargada, sin energía al tener que volver a digerir. Había vuelto a mis patrones habituales de comida y eso ya no era aceptado por mi cuerpo, que estaba pidiendo ser escuchado. Se esfumó la inspiración y esa viveza de las que, al final del ayuno, me había enamorado y reconocido como naturales en mí. Así que, en seguida vi encenderse en mi corazón el deseo de seguir explorando esta experiencia mágica del ayuno. Me había enamorado de su capacidad de devolverme a la ligereza de mi naturaleza original y de permitirme vivir en un cuerpo humano la libertad que siempre había anhelado.
Dejé extenderse los períodos en los que no comía: una semana, diez días solo bebiendo agua… ¡pura bendición! Al prolongar más de tres días (en los que sucede la mayor desintoxicación) se inauguraba siempre un período mucho más liviano en el que experimentaba un incremento de energía impresionante. Ni yo misma lo podía creer. Me sentía más fuerte físicamente que cuando comía y con más capacidad para realizar todo tipo de tareas. Experimentaba una afluencia de energía en todos los sentidos: mucha lucidez, una enorme intuición, una gran sensibilidad y mucha inspiración.
Más adelante, como comparto en mi libro “La abundancia está servida “, vinieron otras experiencias más prolongadas (40 días, varios meses…) en las que, además de agua, bebía otros líquidos como zumos o caldos… Probé todo tipo de ayunos, a veces progresivos en la eliminación de los alimentos que solía tomar. Otras veces, sin ningún tipo de preparación, respondía simplemente a la guía de mi intuición.
Me sentía tan apasionada con mis hallazgos y vivencias que quise seguir explorando… La investigación sigue viva y ha tomado muchas formas. Escuchar la vida en mí me ha ido trayendo, poco a poco, a amarla y a confiar en ella, sin pretender conseguir nada ni dejar que mi mente se adueñe del proceso.
Es un modo muy bello de vivir, jugando, explorando momento a momento. Hace mucho tiempo que dejé de creer en esas supuestas necesidades de consumir o incorporar alimentos con tanta frecuencia. Desapareció para mí la necesidad de tomar alimentos en las cantidades consideradas como normales en nuestra sociedad.
En todos estos años, mi comprensión del ayuno se ha extendido a muchas otras áreas de la vida. Al creernos seres separados, nos convertimos en buscadores de “cosas” que nos llenen ese vacío de la desconexión. Buscamos con frecuencia en las relaciones, las posesiones, las actividades, la información… tapaderas de nuestro sentir que nos impiden acercarnos íntimamente a nuestro corazón y comprender que nuestra única necesidad es la no separación, el amor que olvidamos para ir a buscarlo donde no se encuentra.
Ayunar de hábitos que nos distraen de esa comunión con la vida presente (el móvil, las redes, la constante estimulación, las tareas inacabables, la prisa, la comida innecesaria…) tiene el don de traernos a nuestra vida más auténtica, a experimentar la belleza de ser respirados, sostenidos y amados sin necesidad de esa vinculación constante al mundo de los objetos, las relaciones, las actividades, las adquisiciones, los logros…
Todas estas cosas, por cierto, pueden revelarnos su verdadera naturaleza cuando nos relacionamos con ellas sin avidez, sin buscar en su contacto algo que nos llene. Cuando nos sentimos plenos, en simple comunión con la vida, todo se convierte en un disfrute y en una celebración. Esta es la belleza que el ayuno de lo que sea, no solo de alimentos, nos ofrece. Hoy quería compartirla contigo.
Si te interesa profundizar en este tema, y conocer más de mis experiencias, te sugiero leer mi libro “La abundancia está servida”, Editorial Sirio.
Aquí te dejo también este vídeo, que quizás pueda inspirarte: La belleza del ayuno.

