“Confía, todo se arreglará”, “Ten fe, lo conseguirás”… El modo de comprender la confianza o la fe al que nos hemos habituado está basado en la esperanza de que el futuro será mejor que el presente y en la consecución de ciertas cosas en ese futuro que ahora no están a nuestro alcance.
Es una comprensión circunscrita a los límites de un yo que se cree separado y carente. Un yo que espera un futuro que le añada algo o le alivie de su malestar actual. Desde esa óptica reducida, pensar así tiene su sentido, claro que sí, pero hay una comprensión más profunda para nosotros, accesible en este mismo instante.
Para mí, la confianza verdadera, la fe auténtica, es un gesto interior poderoso, siempre disponible para nosotros. Un cambio de perspectiva inmediato que, al elegirlo, nos hace salir de la limitación y nos sitúa en los brazos amorosos de la vida.
Cada vez que olvidamos nuestra conexión con el Ser y nos encerramos en el mundo de las cosas cambiantes, esperando algo de ellas, tratando de controlarlas, temiendo que sucedan… sufrimos porque nos hemos disminuido. Hemos olvidado la inmensidad que es nuestra esencia.
Esa contracción nos duele, pues es la negación de nuestra naturaleza amplia. Nos duele también porque no hay amor en querer ir por nuestra cuenta, olvidando que somos sostenidos. Y ese sufrimiento nos invita a volver al Hogar, a descansar y confiar en los brazos de algo mucho más grande que sí sabe y puede lo que, en nuestra imaginaria independencia, es imposible.
Si nos atrevemos a detenernos, podemos escuchar su invitación a soltar el control, a dejar de debatirnos contra las olas uniéndonos a la inmensidad del océano. A respirar en medio del agobio y a reconocer nuestra humanidad vulnerable y agotada por tanto esfuerzo innecesario. A caer en lo brazos de la vida, siempre presente, que nos acoge en todo momento con ternura, por muy intenso que sea el dolor.
Estamos siendo llevados a casa, a permitir que el aliento de la vida nos recorra de nuevo. No sabemos nada, no entendemos nada. No tenemos la menor idea de cómo puede resolverse eso que tanto nos preocupa, esa relación que parece que se nos va, ese dolor en nuestro cuerpo que nos inquieta, esa situación laboral que parece amenazar nuestra estabilidad… Y abrimos el cuerpo, el corazón, la mente a algo mucho más grande, al océano de la existencia que nos envuelve y nos respira. Exponemos nuestras heridas al gran sol de la conciencia que las acaricia con sus dulces rayos.
Como niños que no saben, confiamos y nos dejamos respirar. En nuestras mentes quizás se siguen escuchando los clamores bélicos de esa voz del miedo que no sabe confiar, instándonos a la defensa, a la lucha, al esfuerzo… una vez más. La dejamos suceder, es permitida por esta inmensidad en la que ahora respiramos. Y permanecemos en este contacto, en esta intimidad en la que quizás, no aparecen respuestas, decisiones que tomar ni grandes señales que nos orienten.
Van cayendo expectativas, quizás ciertos sueños, ilusiones… pero algo mucho más grande nos sostiene y nos nutre con cada inspiración, despojándonos de lo falso con cada espirar.
Todo es entregado. Y aún sin horizontes, sin esperanzas a las que agarrarnos, nuestras células reconocen la calidez del Hogar.
Esta confianza es posible ahora. No hay que esperar nada más. Es la fe natural del niño que salta a los brazos de su padre o de su madre cuando se siente débil, incapaz o asustado. Y ahí es recibido, en el abrazo cálido del corazón, al que se abren todos sus poros, exponiendo su temblor, su incertidumbre, su angustia… siendo inmediatamente permeados por el amor.
Sea lo que sea que suceda o el modo en que se desenvuelvan los acontecimientos empieza a ser menos relevante. Lo verdaderamente importante ya se está dando: la vuelta confiada al Hogar. Nos hemos fusionado con nuestra fuente de vida, de donde naturalmente surgen todas las soluciones en su modo y momento perfectos, aunque a veces incomprensible para una mente que se ha creído separada de la totalidad.
Si deseas profundizar en esta confianza, te sugiero la lectura del libro “Del hacer al ser” (Editorial Sirio)

