LA RELIGIÓN DEL MOMENTO SIGUIENTE

Nuestra vida es este instante. Sin embargo, no solemos querer estar aquí. La urgencia por abandonar este momento se genera en una mente que lo juzga, lo compara, lo considera insuficiente, lo rechaza y cree que el momento siguiente será mejor.

Podríamos ser ateos y presumir de no creer en nada ni seguir a nadie, pero en realidad profesamos en lo escondido un sistema de creencias del que nos hemos hecho fervientes seguidores, y una de sus premisas básicas podría enunciarse así: «Este momento no está bien, le falta algo. ¡Busquemos algo mejor en el siguiente!».

Así, nuestra vida, que es ahora, se queda privada de atención, vacía de presencia, mientras nuestra mente cabalga en búsqueda dealgo que siempre promete ser mejor que esto. Esto puede ser una situación, un lugar, una o más personas, mi cuerpo, mi comportamiento, mis sentimientos… lo que percibo aquí, en suma, mi mundo de este instante. Mi pequeña mente lo juzga como inapropiado, aburrido, vacío, vulgar, equivocado o dañino y, por tanto, causante de mi malestar. La conclusión que extrae es que «hay que hacer algo».

Y se lanza a la búsqueda de soluciones de todo tipo, dejando este espacio inocente del ahora vacío de atención. Muchos rechazamos el sacrificio de esta vida para ganar el cielo, promovido por algunas religiones establecidas y, sin embargo, si miramos en profundidad, es esa misma ley la que dirige momento a momento nuestras vidas.

Somos devotos de la religión del momento siguiente, que nos promete siempre algo mejor. Y para alcanzarlo, tenemos que sacrificar este instante, abandonarlo mentalmente. Empezar a pensar, a generar modos de cambiar lo que creemos que nos amenaza, a actuar para eludirlo o taponar su impacto. Miles de acciones llenan nuestro día a día, y la mayoría de ellas tienen como generador de su movimiento la no aceptación de la vida ahora. Ese abandono del instante presente lo vivimos con emociones de ansiedad e inquietud, de las que muchas veces no somos conscientes.

Lo que se nos escapa es que el mundo, tal como lo percibimos, es solo el reflejo de lo que pensamos. Básicamente, es el reflejo de un pensamiento erróneo que subyace a todo nuestro sistema de creencias: estoy separado de todo. Desde esa óptica alterada, lo vemos todo deformado e insuficiente. En particular, nuestra propia vida se nos antoja inapropiada y llena de carencias. Claro, ¡la hemos aislado mentalmente de la totalidad a la que pertenece!

Este aislamiento es tan doloroso que inmediatamente buscamos cómo deshacernos del malestar que nos provoca creer en él. Entonces empezamos a ver alrededor lo que no queremos ver dentro. Las personas que nos rodean, las situaciones, nuestro cuerpo, nuestro comportamiento… nos parecen erróneos y culpables de nuestra infelicidad. Dejamos de verlos como son y nos aparecen teñidos de un velo de insuficiencia.

Nada parece estar bien o ser adecuado aquí. Pero allí, más adelante o en unas circunstancias diferentes, se nos promete la salvación: aquello me hará feliz. Tanto este presente que condenamos como esas condiciones que nos salvarían son nuestra proyección. Nuestra insuficiencia reflejada en lo que no nos gusta del presente y nuestro inmenso potencial proyectado en la promesa del futuro constituyen lo que llamamos nuestro mundo, que es tan solo una escenificación de nuestra interioridad no observada.

Si supiéramos acceder a la contemplación de lo que somos, la percepción del mundo externo cambiaría profundamente. Ya no necesitaríamos reflejos externos de nuestra insuficiencia, pues no creeríamos en ella, ni por lo tanto, ninguna salvación fuera de nosotros: experimentaríamos directamente nuestra grandeza en el presente.

Este texto es un fragmento del libro “Del hacer al ser” (Editorial Sirio)

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Dora Gil
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