He pasado unos días de silencio en la montaña, en una gran intimidad con mi mundo interno, atravesado por tantas corrientes y experiencias que pedían ser contempladas.
He estado muy en contacto con esa sensación de hambre insaciable que reina en nuestro mundo, con esa búsqueda incesante de algo más, que tanto sufrimiento generan.
Y mientras contemplaba todo esto, recordé una frase de Jesús que, para mí está cargada de sentido y de enorme potencial, si nos aventuramos a comprenderla en profundidad: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá más hambre, y el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 7, 36-36) Creo que las dos expresiones no son una repetición, sino dos movimientos complementarios.
Comencemos por la primera: ”El que viene a mí no tendrá más hambre”.
Antes de todo, me gustaría aclarar es quién es ese “mí”. Si lo entendemos solo como la persona histórica de Jesús, la frase queda limitada a quienes pudieron conocerlo físicamente.
Sin embargo, cuando Jesús dice “Yo soy…”, casi siempre habla desde un nivel mucho más profundo. Cuando dice:”Yo soy la luz del mundo”,”Yo soy la vid”,”Yo soy el camino”, “Yo soy la verdad”, “Yo soy la vida”…Está hablando desde la Presencia que vive en él y que encarna plenamente. Jesús se refiere a esa Presencia que todo lo habita y que es nuestra naturaleza esencial.
Entonces, venir a Él podría significar: volver al centro, regresar a la Fuente, orientar el corazón hacia la Vida misma, dejar de sentirnos separados. No propone un desplazamiento físico ni intelectual. Invita a un movimiento interior. Cada vez que dejamos de correr detrás de aquello que creemos que nos completará y volvemos a la Presencia, estamos “viniendo a Él”.
Me impresiona que Jesús nunca dice “venid a una religión”, “venid a formar parte de mi modo de pensar o de vivir”… Sólo dice: “Venid a mí.” Es decir, venid a la Vida que está aquí, ahora, viva.
¿Y por qué entonces desaparece el hambre? Porque el hambre más profunda nunca es de objetos. Creemos tener hambre de reconocimiento, éxito, pareja, posesiones, seguridad, experiencias, conocimiento e incluso espiritualidad. Pero quizá ninguna de esas es el hambre verdadera.
Detrás de todas, para mí, hay una única hambre: hambre de comunión con la Vida. Por eso san Agustín escribió: “Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.” No porque Dios exija ser amado, sino porque solo en Él cesa la sensación de carencia.
Avancemos ahora hacia la segunda parte de la frase de Jesús: ”El que cree en mí jamás tendrá sed”
Aquí me parece que ocurre algo todavía más profundo. En español, “creer en” suele entenderse como aceptar una afirmación. Pero he estado investigando y he encontrado que el verbo griego es πιστεύω (pisteúō). Este verbo no significa únicamente aceptar algo como verdadero. También significa: confiar, apoyarse, entregarse, descansar en, poner el peso de uno mismo sobre algo.
Es como sentarse en una silla. No basta creer que la silla existe. Solo “crees en ella” cuando dejas caer sobre ella todo tu peso.
Quizá Jesús está diciendo: “El que apoye completamente su vida en esta Presencia…”Entonces ya no tendrá sed.
¿Y qué es la sed? Si el hambre habla de búsqueda de plenitud, la sed habla del deseo incesante. La sed es esa sensación de que “me falta algo.” Y toda nuestra cultura vive alimentándola. Nuestro vivir consiste en buscar más experiencias, más viajes, más crecimiento, más información, más éxito, más incluso “despertar espiritual.” Siempre un poco más.
Pero cuando uno entra verdaderamente en contacto con el Cristo vivo en nosotros —como Presencia, como Amor, como Vida— ocurre algo muy curioso. No desaparecen los deseos humanos normales, siguen ahí. Pero desaparece en seguida la sensación de que la felicidad está en el siguiente deseo satisfecho. Y eso es una libertad inmensa.
Hay un detalle que siempre me ha conmovido. Jesús no dice: “el que me obedece…” Ni dice tampoco :”el que me comprende.“ Ni siquiera: “el que me ama.”
Dice dos cosas mucho más sencillas. Venir. Confiar. Como si toda la vida espiritual pudiera resumirse en esos dos gestos. Venir una y otra vez. Y descansar.
Quizá venir al Ser no consiste tanto en acercarnos nosotros a Él como en dejar de alejarnos. Permanecer en su con tacto natural.
La Fuente nunca deja de manar. Somos nosotros quienes nos distraemos buscando agua en muchos pozos. Entonces, venir es simplemente volver a girarnos hacia el manantial. Y creer no sería pensar correctamente acerca del manantial. Sería beber.
Hay una última posibilidad de lectura que, personalmente, encuentro bellísima. Jesús dice primero: “el que viene a mí…” y después: “el que cree en mí…” Tal vez el orden no es casual.
Primero uno viene. Aunque sea con dudas, con cansancio, con el corazón roto. Basta acercarse. Y es en esa cercanía donde nace la verdadera fe. No una creencia mental, sino una confianza que brota de la experiencia. Uno descubre que puede descansar en Él porque ha probado su presencia.
Así, “venir” sería el movimiento del corazón que se vuelve hacia la Fuente, y “creer” sería permanecer apoyado en esa Fuente sin volver a buscar la propia plenitud en otra parte.
En ese sentido, quizá la promesa de Jesús no es que desaparezcan todas las necesidades humanas, sino algo mucho más radical: que cesa la ilusión de que la Vida nos falta. Cuando el ser humano descubre que la Vida de Dios ya está dándose en él, las hambres ficticias y las sedes ficticias pierden su poder. No porque el mundo deje de ser bello o deseable, sino porque ya no esperamos que nos dé aquello que solo la comunión con el Viviente puede ofrecer.
Solemos depositar la satisfacción momentánea de esas hambres en el mundo. Una y otra vez nos sentimos decepcionados, sobrecargados e insatisfechos. Y es que mundo no está diseñado para colmar nuestro anhelo de lo profundo. Al menos no de modo consistente. Al recurrir a él buscando una satisfacción inmediata y contentándonos con ella, profanamos esa hambre profunda que tiene el poder de traernos a la fuente de la abundancia, de la verdadera paz, si sabemos a dónde dirigirla.
Cuando experimentamos cualquier tipo de hambre, estamos en contacto con nuestra vulnerabilidad, con esa vida humana que se siente necesitada, hambrienta, impotente, débil, anhelante del verdadero Pan de los Cielos. Y si no fuéramos directamente a llenar esas sensaciones de “cosas”, sino que nos detuviéramos a vivirlas y a exponerlas con honestidad, a respirar en su núcleo, descubriríamos una puerta olvidada en nuestro interior que nos abre al verdadero manantial de la plenitud, a la unidad con la Vida que nos sostiene siempre.
Y entonces comprendemos algo extraordinario: no es que Cristo venga a llenar un vacío; es que, al venir a Él y confiar en Él, descubrimos que el vacío nunca fue nuestra verdad más profunda. La Vida ya estaba ahí, esperándonos, como el pan siempre dispuesto sobre la mesa y el agua siempre brotando del manantial.
Si te inspira este tema, te sugiero la lectura de “La abundancia está servida” (Editorial Sirio)
También puede ser inspirador el curso práctico “Ama, reza, come”


Gracias Dora siempre me llevas a la unidad con la Vida q nos sostiene. Gracias de corazón 🙏