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TODO ES AMOR



Lo que acabo de escribir puede resultar chocante. Pudiera incluso despertar rechazo, como tantas otras expresiones tan "espirituales" que no parecen reparar en la cruda realidad cotidiana. Yo he sentido este rechazo con frecuencia.


Muy bonitas palabras, sí, pero se saltan muchos aspectos de la experiencia que nos muestran justo lo contrario: que aquí lo que falta es amor o que no lo hay en absoluto. ¿Qué me dices de los homicidios, los enfrentamientos armados, el hambre, las violaciones de los derechos humanos... a nivel mundial? Y, a nivel más cercano, ¿no ves la falta de respeto, el abuso, las expresiones de agresividad, la soledad, el abandono... que se viven en las relaciones y en nuestro fuero interno...? ¿Hay amor ahí? ¡Yo no lo veo!


Efectivamente, desde la pequeña óptica de la personalidad que creemos ser, esta visión no es posible. Centrada en un mundo de cosas que interpreta y juzga desde su percepción restringida, no tiene acceso a una contemplación más completa.


Hemos olvidado nuestra amplitud, nuestra naturaleza profunda y esencialmente amorosa, la unidad indisoluble que somos. Contraídos por el miedo que produce este olvido, sumidos en una intensa sensación de desamparo y separación, nos dedicamos a defender a toda costa ese sentido del yo tan precario con el que nos hemos confundido. En él hemos basado nuestra seguridad y nos parece que todo podría amenazarlo. Nuestra percepción, basada en este miedo, selecciona los aspectos de la realidad que lo confirman y eso es lo que vemos.


El recuerdo del amor que somos, sin embargo, sigue vivo en nuestro corazón, pero desde el encapsulamiento de nuestra mente, no podemos experimentarlo. Lo que hacemos es tratar de evocarlo o buscarlo, pedirlo o luchar por crearlo en los estrechos límites en los que nos movemos.


Desde ahí, no podemos hacer mucho más que eso. Damos atención a lo que creemos puede sostener nuestro sentido del yo o engrandecerlo. Cuidamos todas las circunstancias que parecen apoyar nuestra precaria identidad y evitamos o rechazamos lo que parece amenazarla. Protegemos a nuestra familia y miramos con desconfianza a otras; somos amables con gente que nos reconoce y evitamos o atacamos situaciones en las que pasamos desapercibidos. Podemos sentir tanta frustración o dolor al sentirnos ignorados que reaccionemos con violencia o resentimiento. En e fondo, buscamos amor, ése que hemos olvidado, y lo esperamos de circunstancias tan limitadas, que vivimos aterrorizados de perderlo.


Tenemos miedo y éste, cuando es intenso, puede tomar formas de intensa reactividad, de ira o violencia. Más profundo es el temor, más dramáticas son sus expresiones de defensa. Más vacío de amor sentimos, más dislocadas y compulsivas son las expresiones que lo buscan. Sin embargo, todas ellas, en el fondo, son una búsqueda, una petición desesperada de amor bajo formas que nos impresionan tanto que no podemos ver el anhelo del que surgen.


Detrás de cada manifestación que nunca relacionaríamos con el amor, está el amor. Eso sí, circulando por circuitos muy cerrados, pero no puede ser más que ESO, pues es lo único que existe. AMOR es la sustancia del universo. El miedo a perderlo, es también amor. Modulado por una falsa comprensión de lo que somos, sí, pero una expresión anhelante de amor.


Como se dice en Un Curso de Milagros, o estamos expresando amor, o estamos pidiéndolo.

Eso no significa que tengamos que responder a esas peticiones disfuncionales de amor en la forma en que se nos están ofreciendo. Ni que tengamos que estar de acuerdo o soportar resignadamente situaciones dañinas ni justificarlas. No, no se trata de eso.

Estoy hablando de una mirada más profunda, que no tiene que ver con el comportamiento.

La mirada de la comprensión, que cambia por completo nuestra perspectiva.


Cómo se transforma mi vida si, en cualquier situación que mi mente considera "no amorosa", en vez de juzgarla o luchar por cambiarla, puedo detenerme y reconocer el amor del que surge, más allá de la forma en que se está presentando. Es un reconocimiento íntimo que, por sí solo, va permeando mi vivir. Esta posibilidad abre la puerta que la mente limitada parece cerrar con sus juicios implacables: la puerta del Corazón, la verdadera consciencia que somos.


Podría parecer que ello supondría perpetuar situaciones de abuso u otras parecidas. En mi experiencia, cuanto más consciente soy del amor que hay detrás de cada detalle de lo que observo (tanto en mí como en eso que parece externo), más amor siento y menos deseos de perpetuar nada que limite esa consciencia que abraza lo que veo.


Atrevámonos a ir más allá de los disfraces, de las interpretaciones sesgadas de la mente miedosa que siempre trata de protegernos... Ella nos ama a su manera: como una voz antigua, una vieja abuelita que, sin más recursos y con mucho miedo, trata de proteger a sus nietos: "ten cuidado", "defiéndete", "eres muy débil", "no eres capaz", "te quieren hacer daño", "no es bueno sentir eso"... No es mala, podríamos decir que la mueve el amor, pero vehiculado por una mentalidad caduca y estrecha. No necesitamos rechazarla. Podemos mirarla con agradecimiento por su tarea y dejarnos mover desde un lugar más auténtico: la consciencia que somos, el verdadero amor que mueve el universo.






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