Hoy me gustaría compartir sobre esta palabra que tan fundamental ha sido en mi vida: DAR. Y lo ha sido por la inmensa inspiración que generó en mí, ya desde muy niña, llevándome a vivirla. Y también por la confusión que apareció después, cuando su sentido se tergiversó al tratar de vivenciar ese DAR desde una mente separada del corazón.
DAR me despertó de una vida adormecida y estancada, ya a mis doce años. Me hizo florecer, haciendo brotar en mí una energía radiante que me dinamizaba y me hacía brillar como nunca antes había experimentado. Sólo quería amar. Sentía en mi interior una fuerza expansiva que se expresaba ante mi asombro y mi deleite. ¿Cómo había podido ignorar esa vida incontenible que surgía de mis entrañas y que me guiaba y propulsaba en cualquier situación? Creatividad, energía, ternura que solo quería derramarse y que me era regalada sin más.
Con el tiempo, esa vida que brotaba espontánea fue perdiendo su frescura. Una mente buscadora se la quiso apropiar, usando su energía sagrada para generar un personaje “dador” que ofrecía constantemente sus servicios, pensaba en cómo complacer, tratando de llenar la vida de los demás con sus favores y sacrificios. El aparente dar se había convertido en una búsqueda solapada de aprobación a través de esos gestos aprendidos que, en su inicio, surgían espontáneos del corazón.
Fue necesario ese viaje de confusión y esfuerzo. Duró muchos años, sí. Me agotó. Estaba realmente perdida aunque siempre pervivió en mí la añoranza de ese fluir natural y vibrante del amor en mi corazón.
Más tarde, tras el agotamiento generado por tanto esfuerzo, advino el movimiento contrario: “Pues ahora me voy a dar a mi misma”. Eso es lo que llaman “amor propio”. Y estuvo bien, fue necesaria esa compensación que me trajo a reconocer tantos espacios olvidados en mi experiencia humana y a dejar de despreciarla para privilegiar la de otros. Eso generó un cierto equilibrio.
Pero en realidad, el cambio de dar a otros para empezar a darle todo a mi persona, no supuso una verdadera transformación. Cambió el objeto, pero el sujeto dador seguía siendo el mismo: un personaje que se creía el “gestionador” de su experiencia, el que llevaba sobre sí la dirección de su vida y el que tenía que conseguir para ella el máximo bienestar, desarrollo y equilibrio. El yo personal seguía siendo el protagonista y su autocentramiento, la base de todos mis movimientos. Todo sucedía en una línea horizontal, basada en “otros” o en “mí” como objetos de un amor que yo tenía que dar. ¡Qué ahogo experimentaba en ese papel desconectado de la existencia!
Y es que el yo separado, no puede ni sabe amar. DAR realmente es lo que la Vida está haciendo: siempre. Su naturaleza es derramarse, expandirse, expresarse en toda su magnificencia. Ese personaje que creemos ser, solo sabe retener, apropiarse de todo. Creyéndose autor de su vida, se dedica a protegerla, a gestionarla, a asegurarla, intentando que las cosas sean a su manera. Su mente está al servicio de la personita aislada que cree ser y enfrascada en afirmar esa falsa identidad.
Poco a poco, la Vida va trayéndome a un lugar muy diferente. A la poderosa perspectiva de la profundidad, de la realidad del Ser. Para mí ahora, DAR es dejar de apropiarme de las experiencias que vivo. Es dejar de creerme la autora y sostenedora de la existencia que se vive a través de mí. Es devolver a su fuente todo aquello de lo que durante mucho tiempo me apropié: mi cuerpo, mis relaciones, mis sentimientos, mis proyectos, mis emociones, mis pensamientos… Todo ese arsenal de experiencia lo consideré mi reducto, usándolo para fabricar una precaria identidad.
¡Qué descanso saber que nada es mío! ¡Qué alivio descubrir que nada me pertenece ni me define! ¡Qué paz confiar en que todo lo que experimento es lo que la vida quiere explorar y amar a través de mí en este momento! ¡Qué plenitud saber que todo lo que está aquí es un alimento para el alma y que mi única función es recibirlo, dejarme nutrir por él! ¡Qué seguridad saber que, sea cual sea la forma que las experiencias adoptan, todas están hechas de Dios! ¡Qué fascinante la aventura de aprender a no separarme de ellas, a no juzgarlas, a comulgar con su esencia! Qué hermoso es, en suma, dárselo todo a la Vida y dejar así que ella pueda vivirse a través de mí.
DAR, hermosa palabra, pero más bello aún su sentido profundo, al que la vida nos va conduciendo. Desde el sistema de pensamiento egoico, todo es un intento de tomar, de llenar la carencia que se percibe desde la mente superficial. Si se da algo, son objetos, cosas… con la esperanza de conseguir otras.
Desde el corazón de la existencia, DAR es dejar de alimentar este movimiento de apropiación artificial, basado en la separación. Es descubrirnos como apertura, en unidad con la Vida que nos lo está dando todo y que desea darse y conocerse a través nuestro. Nos entregamos a ella y así nos descubrimos como sus instrumentos de expresión, de tal modo que podemos sentir: “Ya no soy yo quien vive, sino la Vida quien se vive a través de mí.”
Si deseas ahondar en este tema, te sugiero la lectura y práctica de mis dos libros:
“Del hacer al ser” y “La abundancia está servida”, Editorial Sirio.


Hola Dora soy de México, donde puedo conseguir tus libros. Gracias por todo lo que trasmites, resuena en mi corazón💚
Querida Alejandrina, desde México, ahora mismo lo que mejor funciona es BUSCALIBRE. en este enlace encuentras el enlace para contactar y pedirlo. Gracias y un abrazo
https://www.doragil.com/del-hacer-al-ser/
Muchas veces he ido de un extremo al otro. Ahora me encuentro, en uno justamente y me cuesta tanto abandonarlo. Asi que salgo corriendo a leer tu libro. Me ayudan tus palabras. Muchas gracias 🫂
Qué bueno darnos cuenta de que estamos en uno de esos extremos y desear mucho más! Un gran abrazo, Lidia.