¡Cuántas veces en mi vida me he preguntado cuál sería la voluntad de Dios para mí! ¡En cuántas situaciones he querido saber qué esperaba la Vida de mí!
Me parecía que había un Dios que me aprobaría si mis acciones y actitudes coincidían con su voluntad y que me rechazaría si no conseguía identificarla y seguirla. Esa voluntad predeterminada, a la que pensaba que tenía que acogerme, fue siempre una fuente de conflicto y de temor en mi interior. Esa voluntad que yo concebía entonces, no tenía nada que ver con la experiencia presente. Se refería a algo que tenía que hacer en el futuro para conseguir un logro, la tranquilidad de haber acertado y por fin, ser “buena”.
¡Cuánto pensamiento autocentrado, cuánta inseguridad, cuánto temor y esfuerzo! ¡Qué doloroso es ese constante huir de la vida, que siempre es ahora.
Despreciada por la mente, que la considera ordinaria, inadecuada, poco interesante o directamente rechazable, mi experiencia presente se solía quedar abandonada. Mientras tanto, mis pensamientos cabalgaban hacia un futuro mejor, donde por fin realizaría la voluntad de Dios y me sentiría aliviada.
En esa fuga pasó gran parte de mi vida. Ahora soy consciente del desprecio que ese huída supone. Ahora me doy cuenta de la desvitalización y el entumecimiento que quedaban cuando mi mente se desplazaba a buscar en un futuro inexistente una experiencia más elevada o noble que me validara ante ese Dios que mi mente había formado a su imagen.
Poco a poco, fui comprendiendo que eso que llamaba la voluntad de Dios era algo muy distinto. Descubrí que no se refería a un hacer futuro. La voluntad de Dios es todo lo que es. Se expresa en el espacio vivo, consciente e infinito surcado de infinidad de momentáneos aconteceres, fenómenos cambiantes que danzan en él. Se manifiesta para mí en lo que ahora mismo estoy viviendo, en esto de lo que estoy siendo consciente, en lo que experimento justo en este instante.
Qué descanso, qué hermosa reconciliación saber que lo que estoy viviendo justo ahora es la voluntad de Dios para mí, mi experiencia perfecta, la mejor medicina. Cada detalle de lo que experimento: estos roces del aire en mi piel, estos sonidos del tráfico, esta forma particular que toma la respiración ahora, este dolor, esta oleada de desaliento o de tristeza, esta sensación de cansancio, este momento de alivio, esta persona que se expresa ante mí y todo lo que siento en su presencia, el pensamiento que se inquieta por el mañana, el temor de no ser adecuada, la noticia que acabo de recibir… Todo es, ahora mismo, la voluntad de la Vida para mí. Este océano de vida que me envuelve mientras camino, mastico, pienso, abrazo o me resisto… es la presencia de Dios que lo nutre todo, de la que todo está hecho.
Toda esta danza de experiencia que quiere vivirse a través mío está cargada de vitalidad, de la energía más necesaria para mí en este momento. Dos opciones: aceptarla y abrirme o rechazarla y fugarme. La segunda opción ya me la conozco. y solo he encontrado debilidad y abatimiento, conflicto y cansancio al frecuentarla. La primera, en cambio, me fascina. ¿Te imaginas que cada detalle de tu vida presente sea tu mejor alimento si aceptas vivirlo con todo tu corazón, con toda tu consciencia, con todo tu amor…? ¿Qué tal saber que esto que está ante ti ahora es el bocado perfecto que la Vida tiene para ti, tu verdadera nutrición?
Jesús decía: “Ni uno solo de tus cabellos se cae sin que sea la voluntad de Dios.” Y en otro momento: “Mi alimento es hacer la voluntad de Dios.” ¿Qué quiere decir? Para mí, es muy simple: lo que nos nutre de verdad es unirnos a lo que siempre está sucediendo, pues no hay otra cosa que la voluntad de la Vida, dándose… ¿Y dónde podemos encontrarla? Aquí, en este instante humilde, vulnerable, en estas sensaciones que la mente califica de ordinarias o anodinas, en esta mirada que ella teme, en este encuentro que trata de evitar…
Y lo que nos deja vacíos, desnutridos, carentes y necesitados es irnos mentalmente de este momento, renunciar a esta vitalidad que cada experiencia nos otorga. ¿Por qué lo hacemos? Juzgamos el disfraz con el que se nos presenta: a la mente le parece poco interesante, nada especial, insignificante, no espiritual… Y nos vamos de aquí buscando en otro tiempo o lugar algo mejor que nunca llega. O si llega, no es permanente, carece de consistencia y no estamos preparados para asumirlo.
¿No estamos aún cansados de esta historia tan repetida? ¿Y si nos aventuramos en algo mucho más valiente y fascinante?
¿Qué tal explorar esta experiencia con todo nuestro ser, sin asociarla a nada conocido, sabiendo que es la perfecta voluntad de Dios para nosotros, tal y como ahora mismo es? Para mí, no hay nada más vivo y real, ni más lleno de sentido que esta exploración que nos devuelve a la comunión con nuestro ser.
Si deseas profundizar en esta posibilidad, te sugiero leer y practicar con el libro “La abundancia está servida”
También puede ser muy inspirador el curso “Ama, reza, come”

