Muchos de nosotros crecimos bajo la consigna de tener que “terminar el plato”. Si lo miramos con detenimiento, esta orden esconde una filosofía que no se reduce solo a la nutrición. Pero empecemos por aquí: esta prescripción ignora y pasa por alto nuestra experiencia íntima de comer, orientándola a un resultado visible, que el plato quede apurado, lo cual satisfará a quien lo cocinó y nos granjeará seguramente su aprobación.
Se nos hace creer que acabar el plato es garantía de salud y de fortaleza y que si lo hacemos, sin tener en cuenta nuestra inclinación natural, seremos premiados. Tal imperativo también lleva consigo la creencia de que necesitamos “platos de comida”, obviando la posibilidad de que nuestro cuerpo desee sólo una pequeña cantidad en ese momento, un poco de información, un contacto con ese alimento y sus cualidades.
Muchos niños lo saben muy bien y nos lo muestran: apenas han probado unos bocados de cualquier comida, se aburren, pierden el interés por finalizar y la experiencia se convierte con frecuencia en una imposición que no aceptan fácilmente. Se nos enseña a desconectar y desconfiar de lo que sentimos y, finalmente, vamos entrando en este modelaje colectivo que ignora nuestras necesidades reales de cada momento para asociarnos a esa religión del “consumirlo todo”, “acabar con todo”, “cuanto más, mejor”… que se extiende a tantas otras áreas de nuestra vida. Tener muchas cosas, muchas relaciones, muchos seguidores en las redes, acumular experiencias, exprimirlas hasta el final…
En realidad, nada de eso es malo si se da naturalmente. Lo que nos daña es la ideología programada que subyace a esa búsqueda de acumular, agotar todo, llenar el plato y apurarlo. Simplemente porque se salta lo fundamental: nuestra vivencia real, la pureza genuina de nuestras verdaderas necesidades, la escucha y la intimidad con lo que experimentamos en cada instante.
Hace años, abrumada y agotada por esta imposición de nutrirme según los cánones establecidos, emprendí una investigación viva que sigue vigente y que me llevó a una escucha muy honesta de mis verdaderas necesidades en torno a la alimentación. Todo ese recorrido fue compartido con detalle en mi libro “La abundancia está servida”.
Lo más precioso de esta exploración fue darme cuenta de que la nutrición no se restringe al comer (como se nos ha hecho creer), sino a permanecer abiertos en cada instante a la Vida, bajo todas sus expresiones. Vivir en comunicación con esta inmensidad de la que formamos parte, en lugar de creernos seres separados y necesitados de cosas, que llenen nuestra sensación de carencia, nos colma profundamente.
De modo natural, empiezan a desaparecer necesidades, notamos surgir un cuestionamiento íntimo: ¿De verdad necesito esto? ¿Y si así es, en qué cantidad? ¿Cuánto tiempo? ¿No bastaría tan solo con un poco de información, una vivencia sentida de esto, para sentirme plena en lugar de tener que consumir cantidades, actividades, situaciones, contenidos, relaciones que no me alimentan?
Hace unos días, meditando sobre esto, surgió una especie de “manifiesto de suficiencia” que me gustaría compartir.
Manifiesto de la suficiencia viva
Estoy aprendiendo a reconocer cuándo algo es suficiente.
No porque se haya agotado,
sino porque ya me ha tocado, ofreciéndome su don.
Mi necesidad no es de acumulación,
sino de contacto verdadero.
En el comer, en el amar, en el hacer, en el sentir…
deseo conectar con la información esencial, con la luz
que cada encuentro trae consigo.
No me relaciono para llenar vacíos,
sino para escuchar lo que acontece.
Y cuando en un encuentro se ha vivido lo que tenía que vivir,
cuando la presencia fue real,
aprendo a retirarme sin violencia ni culpa.
No necesito prolongar lo que ya fue experimentado.
La repetición sin escucha me pesa.
El exceso —de palabras, de objetos, de actividades—
me aleja de lo esencial.
He descubierto que una conversación
puede completarse en pocos gestos si están llenos de conciencia,
que un encuentro puede ser pleno sin durar,
que una posesión puede cumplir su sentido
sin multiplicarse.
Mi criterio ya no es la duración,
ni la cantidad,
ni la expectativa ajena,
sino el grado de verdad del contacto, la calidad de la presencia.
Hay un momento sutil
en que algo se aquieta dentro de mí.
Ahí sé que ya recibí, que dí, que la experiencia fue consumada.
Ese silencio es mi señal.
Elijo honrar ese punto de cierre,
aunque no sea comprendido,
aunque contradiga consignas aprendidas
que confunden más con mejor
y más largo con más profundo.
Mi vida se orienta hacia la ligereza
no como huida,
sino como consecuencia natural
de escuchar con precisión.
No me empobrezco al soltar:
me afino.
No pierdo experiencias:
las digiere con amor mi conciencia, destilando su don.
Vivo menos ocupada
y más disponible.
Menos llena
y más nutrida.
Confío en que lo esencial
no necesita insistencia.
Llega, se muestra,
y cuando ha sido recibido,
me deja libre para seguir.


TOTALMENTE, con la comida me pasó de pequeña, en casa ahora siempre digo q cada un@ coma lo que para él/la sea suficiente.
Pero en las relaciones, ahí tengo un hándicap, me agota estar con personas y en lugares q no elijo y me resulta muy muy complicado marcharme, pq socialmente es como de ser maleducada o desagradecida y las personas, te lo hacen saber mediante sus comentarios o comportamientos, y cuando se trata de familia uffff como me cuesta, si soy sincera no me lo permito las veces q debiera, me traiciono más de loque merezco.
Gracias por la reflexión
Gracias Cris, por compartir tu experiencia. En mi experiencia, todo lo que expones se facilita cuando nos dedicamos de verdad a cultivar y nutrir lo que amamos. De ahí surge la fuerza y la determinación para dar respuestas sencillas en coherencia con lo que vivimos y deseamos. Desde ahí también, empiezan a importarnos menos las reacciones de otros. Un abrazo.