Hemos pasado la mayor parte de nuestra vida intentando que “las cosas” cambien para, por fin, estar bien. “Quiero que cambie mi pareja y también mi familia… Necesito que mi cuerpo sea diferente… Mi emocionalidad y mis pensamientos deberían desaparecer o cambiar… Mi ambiente, mis relaciones, mi casa, mi trabajo no son los adecuados… Quiero que desaparezcan ciertas condiciones, que aparezcan otras… Busco ser alguien distinto, quiero sanar y dar mi mejor versión… Y cuando la haya conseguido… seré feliz al fin.”
¿No te cansa solo leerlo?
Yo ya me cansé hace tiempo de intentar a toda costa que el mundo de las cosas cambiara, incluyendo los elementos de mi paisaje interior. Me sentía tan disminuida haciendo depender mi felicidad de algo tan nimio… Y es que nos reducimos enormemente cuando creemos que “alguna cosa” puede arrebatarnos o aportarnos felicidad. Y, además, nos agotamos tanto en el intento de conseguirlo, que llega un momento en que surge, desde nuestros adentros, una intuición: ¿Y si no se tratara de que cambiaran “las cosas”? ¿Y si la verdadera transformación que el alma anhela desde siempre no tuviera nada que ver con el mundo de los fenómenos perceptibles y sus constantes modificaciones, sino con algo mucho más auténtico, estable y poderoso?
Y eso, queridos amigos, no es una “cosa”. No tiene nombre, ni tamaño, ni contornos, ni edad. Y, sin embargo, es lo más real que existe, lo más accesible e inmediato, lo más íntimo y verdadero. Como la luz del sol, lo ilumina todo, lo contiene todo y es el trasfondo, la sustancia que constituye todas las cosas. Eso es nuestro ser, la consciencia viva que somos y en la que todo se mueve.
Cuando, cansados de intentar que “las cosas” cambien para sentirnos bien, nos aquietamos y, sin ninguna pretensión más, nos dejamos estar, permitiendo que todo se mueva… lo que siempre ha estado aquí se revela: la luz natural del ser. Su transparencia lo envuelve todo, lo acaricia todo sin necesidad de cambiar ningún aspecto de lo que en ella aparece. Permaneciendo fiel a sí misma, se derrama sobre todas las cosas bendiciéndolas con su calidez; las sostiene todas desde dentro, permitiéndolas suceder, cambiar de forma, desaparecer…
¿Y si lo que realmente anhelamos fuera cambiar nuestro foco, vivir esta transición energética desde el mundo de las cosas al espacio que las envuelve y en el que surgen? ¿Y si ese espacio fuera nuestra verdadera naturaleza?
¿Y si estuviéramos siendo invitados a una verdadera transformación que, más allá del mundo de los fenómenos cambiantes nos garantizara la libertad total con respecto a ellos?
¿Y si familiarizarnos con esta luz que todo lo bendice y lo ilumina fuera la dedicación más gozosa, plena y liberadora que existe?
Te invito y me invito a explorar esta posibilidad, a poner nuestro foco, no en las cosas que van y vienen, sino en la espaciosa luz que las envuelve, Te invito y me invito a descubrir que, en cualquier momento de nuestra vida, ante cualquier circunstancia externa o interna, hay una opción extraordinaria que está llamada a transformarnos por completo. El descubrimiento de la luz que somos, la presencia viva y amorosa que irradia y bendice de forma natural. Esta es, para mí, nuestra única función. Unirnos a ella, amarla con todo nuestro corazón y, en su comunión, dejarnos amar y bendecirlo todo.
Si deseas profundizar en este tema, te sugiero leer y practicar con el libro “Del hacer al ser”. También puede interesarte dejarte acompañar por él y recorrerlo en forma de curso on line: “Viaje al corazón”.

