Cuanto más intento elevarme, superarme, llenarme, perfeccionarme…
más parece que la Vida esté empeñada en abajarme, en vaciarme,
en mostrarme mi sagrada imperfección.
He pasado tanto tiempo,
he invertido tanta energía en ese intento, siempre fallido,
de despreciar mi supuesta indignidad…
Esa sensación tan rechazada de no ser nadie especial,
que ha movilizado tantos esfuerzos por superarme,
resulta ser ahora la condición más necesaria para reconocer mi verdadera identidad.
Hoy escucho la llamada de la Vida que se aloja en mi pecho.
Dejo de nutrir al personaje buscador,
ese que inventé para separarme de lo cierto,
de la serena inmediatez de este instante,
del amoroso abrazo del Corazón.
Dejo de mirar ese constructo artificioso
que usé para emprender un viaje forzado hacia otro tiempo mejor,
despreciando la calidez de este gesto, la delicadeza de este sabor,
la entrañable textura de este contacto,
la salvaje impresión de esta emoción.
Tras esa aventura tan cansina,
tras tanta forzada fabricación escucho la llamada siempre presente en mis adentros,
la voz silenciosa del Corazón.
Y me dejo descender a lo más hondo,
atravesando espacios tortuosos que parecen querer retenerme en la superficie.
En mi hogar soy recibida,
por fin puedo descansar en esta entrañable inmediatez,
una con el Aliento que me anima.
Aquí, en los brazos amorosos del Ser,
en este océano cálido y transparente,
no hay nada reprobable, inadecuado o imperfecto.
Todo es vida inocente,
en una constante danza que no precisa ser corregida ni perfeccionada,
sino simplemente amada, iluminada, sonreída,
desde esta comunión serena
en la que ya sólo Dios respira.
Si deseas profundizar en este reconocimiento, te propongo disfrutar de la lectura del libro “Del hacer al ser”, así como del curso on line dedicado a su práctica: “Viaje al corazón”.
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