Durante mucho tiempo me dediqué a hacer cosas espirituales para conseguir vivir estados espirituales. Creía que llegaría un momento, después de tanto esfuerzo, en que, por fin, me sentiría “bien” de forma permanente, en un estado beatífico de imperturbabilidad y brillantez. ¡Cuánto esfuerzo por conseguirlo, cuánta frustración, cuánto agotamiento! Hoy aprendo a descansar en la simplicidad de lo que es, que no coincide casi nunca con lo que “debería ser”.
La espiritualidad, según la voy descubriendo, no va de sentirse bien. Va justamente de soltar todo intento de conseguir un bienestar personal, de dejar de buscar un paraíso futuro “para mí”. Poco importa si este paraíso se anuncia cinco minutos o cinco años después. Va de soltar la identificación con ese “mí” y todo su mundo de sueños y de apoyos en los que se sustenta.
La espiritualidad, tal como la voy comprendiendo, me trae directamente a asumir la sacralidad de este instante y conectar con la Vida que lo está sosteniendo. Este instante puede parecer insulso, caótico, confuso, incierto, doloroso, atemorizante… Y sin embargo, solo espera ser empapado de espíritu, de consciencia. Y ni siquiera esto es correcto: está ahí para ser reconocido en su naturaleza profundamente espiritual, palpitando bajo toda forma.
Nos hemos acostumbrado a una espiritualidad de inciensos, de música suavona new age, de baños de Gong y ceremonias de cacao, de todo tipo de símbolos y formas que parecen ofrecernos un estado de bienestar que nos saque de lo corriente, de lo conocido. Nos hemos habituado a vivir intentando conseguir estos estados extraordinarios, esforzándonos para que permanezcan tras el esfuerzo de alcanzarlos. Y, sin embargo, ¿Cuánto duran? ¿Son consistentes? No. Nada que dependa del mundo fenoménico puede serlo. Esta búsqueda se convierte en una adicción más que, velada por sus tintes espirituales, parece no serlo.
Lo esencial no son esos estados, siempre pasajeros. Cualquier situación, por dura que parezca, está llamada a ser un escenario para el amor. Y de esto va la verdadera espiritualidad, para mí. No requiere de condiciones especiales, de efectos llamativos, de espacios ideales. Estas ya se nos están dando ahora mismo, aquí, donde se posan nuestros pies, junto a esas persona que podríamos considerar inadecuadas para nosotros, en medio de esa tormenta emocional que nos atraviesa. Aquí, en el corazón de esta experiencia anónima, invisible muchas veces para el mundo, se encuentra el verdadero templo, la invitación a unirnos, a no separarnos de la vida porque tome formas que no concuerden con nuestros conceptos espirituales.
Llega el momento de abandonar toda búsqueda, de descansar confiados en la realidad de este instante, sin pedirle que adopte una forma que nos satisfaga, sin tratar de perpetuar esa que nos encanta ni de descartar la que nos espanta.
Podemos sentirnos desnudos, inciertos, desarmados, como niños que no saben, pero abiertos al constante abrazo del Ser, sostenidos por la única certeza de este aliento que ahora nos respira y nos envuelve con amor. Sea cual sea la circunstancia que estemos atravesando, somos habitados por la Vida que nos ha concebido para expresarse de un modo único a través nuestro, momento a momento. Permanecer a la escucha íntima y atenta de su inspiración, que siempre nos guía, es nuestra verdadera paz, esa que es natural y no requiere de ninguna parafernalia añadida a la simplicidad de lo que es.
Si deseas profundizar en este tema, tengo varias propuestas que pueden inspirarte:
“DEL HACER AL SER”, un libro práctico y directo para conectar con la vida, aquí y ahora, y vivirla de todo corazón.
“VIAJE AL CORAZÓN”, un curso online que puede acompañarte de modos mu prácticos en tu vida cotidiana.
“DEJARNOS AMAR”, nuestro próximo retiro en Tarifa, dedicado a descubrir que el amor que buscamos tan lejos se encuentra siempre aquí. Solo necesitamos abrirnos y permitirnos empapar por él.

