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VOLVER AL CORAZÓN



Amar es natural, tan natural como respirar. Nuestra naturaleza profunda es unidad, conexión, no conoce la separación. ¿Por qué entonces nos resulta tan complicado experimentar el amor, reconocernos como esa naturaleza abierta que abraza todo?

Porque lo queremos hacer desde un lugar totalmente inapropiado: la mente condicionada. Desde ella, nos concebimos como seres aislados unos de otros que tienen que vencer ese aislamiento esforzadamente tratando de unirse. Pero eso es imposible, no podemos encontrar unión desde la separación.


La unidad esencial que somos y que todo es, sólo puede vivenciarse desde ella misma. ¿Qué quiere decir esto? Pues que mientras sigamos alejándonos mentalmente de lo que somos, pensándonos constantemente, estaremos eludiendo el contacto íntimo con nuestra verdadera naturaleza amorosa.


Volver al corazón, esta expresión que usamos tan frecuentemente, no es una invitación a refugiarnos en los sentimientos ni a honrar la emocionalidad en detrimento de la mente pensante. Esa emocionalidad es justamente el efecto de identificarnos con esa mente condicionada y cambiante que genera sentimientos tan inestables y poco fiables como ella, por muy "positivos" que sean.


"Volver al corazón" es soltar todo ese mundo mental y emocional en el que nos contraemos y disminuimos cuando lo alimentamos. Es permitirnos descansar en el inmenso espacio del Corazón, nuestro verdadero Hogar, ese campo vivo, infinito, consciente y profundamente amoroso que es nuestra esencia.


A ese espacio no se accede cuando toda nuestra atención está enfocada en la cabeza, manejándose con conceptos, por muy espirituales que parezcan. "Volver al corazón" es una invitación a sentir, a experimentar la fuerza de la vida, la energía sin nombre que somos, la apertura incondicional que es nuestra esencia...


Traer la atención a la vida que se mueve aquí dentro, cerca del corazón físico, es un portal a esa dimensión espaciosa y poderosa que es nuestra esencia. Sentir el corazón, sintonizar con el aliento vivo mientras se mueve en nuestro pecho, honrar su movimiento... nos conecta con la fuente de todo movimiento, con el núcleo central de nuestro ser.


Instintivamente lo sabemos: cada vez que aludimos a lo más auténtico de nosotros, a lo que consideramos "yo", llevamos la mano al corazón naturalmente. Hay una constante invitación a confiar en esa sabiduría inocente y viva que nos alienta. En cada instante podemos volver al corazón en su sentido más físico incluso: habituarnos a sentirlo, dejarnos mecer por el aliento que respira en el pecho, enamorarnos de ese contacto que nos va trayendo al silencio que somos y que, desde la mente, abarrotada de ideas, queda velado.


Permitámonos descender de la cabeza, sumergirnos más hondo en nuestro pecho, abandonemos la locura de una mente ya caduca que intentando controlar la vida, nos aleja de ella cuando la creemos.


Por un momento te invito a poner tu mano en el centro del pecho y a sentir la inocencia de la vida moviéndose ahí dentro.

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© 2020 Dora Gil

© Fotos Fran Carmona