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¿VÍCTIMAS O LIBRES?



"Ningún problema puede ser resuelto en el mismo nivel de conciencia en que se creó".

Albert Einstein


En estos meses, en los que el tema del famoso virus ha desatado tantas opiniones, tanta intensidad en nuestro sentir y tantas experiencias inéditas en nuestra humanidad, he escuchado con frecuencia el susurro de esa hermosa frase de Einstein en mis adentros.


Por un lado, sintiéndonos víctimas de una terrible pandemia que nos azotaba, temiendo ser alcanzados por un virus que parecía amenazar nuestra existencia, nos hemos enfocado en liberarnos de ese "terrible enemigo" por todos los medios posibles. Las medidas de control, la vigilancia extrema, la insistente cautela, han inundado nuestra mente y nuestra emocionalidad de un temor exacerbado que muchos de nosotros hemos contemplado como el verdadero virus. Este miedo, propagado desde los medios de información constantemente, ha ido llevando a generar todo tipo de medidas de control. Al irlas acatando, la experiencia de limitación se ha hecho habitual. Nos percibimos en medio de un penoso paisaje de contención e inquietud, desde el que no podemos sino seguir pensando en términos de victimismo y ansiedad.


Por otra parte, se han alzado todo tipo de voces señalando la posibilidad de estar siendo controlados por una minoría, apuntando a supuestos planes inducidos para someter a la población a través del miedo y la manipulación. Se han propagado gran cantidad de informaciones sobre intereses ocultos que dirigen las decisiones que se están tomando de cara a mantener a las gentes en la ignorancia: la posible relación del drama del virus con la implantación de ciertas tecnologías, la ocultación e intervención en las redes sociales de informaciones sobre el tratamiento de la infección con remedios de probada eficacia y de origen natural, la probable obligatoriedad de las vacunaciones, el uso indiscriminado y obligatorio de mascariilas sin verdadera justificación... Toda esta corriente de información alternativa, muy diferente a la oficial, al ser conocida y aceptada por muchas personas, crea igualmente un estado de angustia, tensión y temor entre quienes la defienden. Y claro, se experimenta una sensación de impotencia y victimismo que genera resentimiento y rebelión hacia los posibles artífices de tal ataque a la humanidad.


En ambos casos, ya sea el virus el "culpable" de nuestra situación, o esa supuesta minoría movida por oscuros intereses, se desencadena en la psique humana la misma reacción: somos víctimas de un ataque ante el que tenemos que defendernos y contra el que nos sentimos impotentes. Y desde ahí, buscamos liberarnos del enemigo defendiéndonos de él o atacándolo.


¿Os suena? ¿No es la misma historia de siempre, repetida hasta la saciedad desde que el mundo es mundo?


Yo, personalmente, por momentos, me he sentido más identificada con la segunda opción y me he visto alimentando sentimientos de rabia hacia esa manipulación de la que podemos sentirnos víctimas. Sin embargo, ese mismo sentir me estaba indicando algo muy claro:


"Aquiétate... no estás siendo tú."

Si no estoy en paz, algo necesito contemplar.

Y una vez más, así es...


Al mirar más profundo, me doy cuenta de que en ambos casos, perdemos el contacto con la verdad del ahora, con la simple y espaciosa experiencia del presente, en el que nunca existe algo llamado "problema". Tanto temiendo al virus como a los manipuladores, se generan hipótesis, teorías, se piensa mucho, se creen historias que no tienen nada que ver con la realidad profunda, con esta entrañable vitalidad que ahora mismo nos respira, nos late, nos envuelve en el inmenso espacio de la vida, manteniéndonos íntimamente conectados con su energía y su poder.


Identificándonos con una u otra posibilidad, perdemos la perspectiva del espacio, de la amplitud, para encerrarnos en conceptos que nos contraen, olvidándonos de nuestra verdadera naturaleza, amplia y sin límites, siempre presente. Este olvido es la verdadera causa de nuestro sufrimiento. No es el virus, ni las posibles medidas restrictivas o manipuladoras lo que ahora mismo puede dañarnos, sino el haber olvidado quién somos, confundiéndonos con un cuerpo enfermizo o manipulable que necesita poner la causa de su malestar ahí fuera, en un virus o en unos malvados agentes de su desdicha. Separarnos mentalmente de lo real, fugándonos al mundo ilusorio de la pequeña mente, es la causa de toda confusión y nos deja vacíos, perdidos y expuestos.


Desde la consciencia clara de la Vida que somos, ahora mismo y siempre, sentimos la fortaleza que es nuestra esencia de forma natural, siempre invulnerable, siempre inviolable. Y desde ahí, cualquier evento se vive de otra manera. Cuando estamos enamorados de la vida y de nuestra profunda libertad, cuando nos sentimos profundamente amados y sostenidos por ella, sabemos que no hay nada que temer. Y esto lo cambia todo, pues aunque se presenten acontecimientos difíciles en nuestro cuerpo o en nuestro mundo, al no sentirnos víctimas de ellos, tenemos la lucidez suficiente para vivirlos desde la libertad y la paz, momento a momento, sin planes premeditados, dejándonos guiar por esa sabiduría interna que nos vive.


Sintiéndonos intensamente vivos, arraigados en la existencia, podemos vernos dispuestos en cualquier momento requerido para contribuir con cualquier medida necesaria en lo externo o para pronunciarnos con radical claridad si algo no es coherente con esa libertad de la consciencia que experimentamos. Esas respuestas espontáneas no nacen del victimismo, ni del temor, ni de la creencia en que ahí fuera hay algo que puede amenazar nuestra realidad. Nacen del Corazón, nacen de ese sustrato profundo y verdadero que somos y que no puede ser dañado por nada que provenga del mundo de la forma.


Ese Corazón, lo que somos, ama también las formas y desea expresarse a través de ellas de modo genuino y radiante. Sabe cómo hacerlo, momento a momento, desde su profunda conexión con la Vida, siempre espontánea e imprevisible. No necesita planes premeditados de control ni de ataque. Desde ahí, confiamos en que la acción adecuada surge en el momento indicado y la forma perfecta.


Así lo vivo, amigos, así me habla la vida una y otra vez, aunque por momentos me sienta tentada a conectar con los viejos caminos del victimismo y el ataque, a confundirme con la vía horizontal de la existencia buscando en ella salvación. Una y otra vez, la luz del ahora me sonríe recordándome la protección constante y el amor perfecto en los que vivimos, nos movemos y existimos.



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© 2020 Dora Gil

© Fotos Fran Carmona