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¿SOLTAR O SALTAR?


Se habla mucho de soltar, entregar, dejar ir… Y, cuando estamos sufriendo, nos resuena. Estamos locos por deshacernos de lo que creemos que nos hace sufrir, nos pesa, nos duele…

Y es comprensible, claro que sí, querer eliminar o liberarnos de esas cargas que hemos acumulado y que parecen enturbiar nuestra vida. Sin embargo, creo que hay una confusión que conviene aclarar.


Es muy simple si nos preguntamos: ¿quién quiere soltar?


La pequeña identidad que creemos ser esta fundada precisamente en la aversión hacia lo que amenaza su consistencia y el apego a lo que cree le ayuda a mantenerse o a crecer como una personalidad separada. Ello le genera mucho malestar y esfuerzo, moviéndose en una dinámica constante de rechazar lo que percibe amenazador: emociones, situaciones o relaciones que revelan su inconsistencia y vulnerabilidad.


Cuando este pequeño yo se acerca al mundo del desarrollo personal o de la espiritualidad y escucha hablar de “soltar” o “dejar ir”, interpreta a su manera esas enseñanzas. Quizás entienda, desde su estrecha perspectiva, que ha encontrado la panacea para eliminar de su vida lo que le molesta y cree que le hace infeliz. Y puede que se afane en empaparse de métodos y técnicas de liberación que le permitan aliviar su pesadez, todo ese material mental, emocional y físico, que no sabe procesar. “¡Por fin voy a dejar de sufrir! Soltando estas emociones, estos pensamientos, estas relaciones… con alguna fórmula mágica o protocolo, van a desaparecer de mi vida. Sobre todo, si esas fórmulas van dirigidas a la divinidad, no pueden fallar.”


Es decir, el yo separado quiere usar el “soltar” para evadirse de lo que él mismo va creando con su actitud evasiva e irresponsable. Jamás se le ocurriría soltar también esas experiencias a las que se apega y que cree la causa de su felicidad.


Soltar, para mí, no tiene nada que ver con eso. Desde esa perspectiva reducida, sentimos que todo lo que sucede es una amenaza y queremos quitárnoslo de encima. Pero precisamente ese movimiento de eludir nuestra humanidad no atendida ni procesada es lo que perpetúa ese estado de consciencia separado con el que nos hemos identificado.


Detrás de expresiones como “darle todo a la divinidad”, “entregar todo al universo”… a veces se esconde una total inconsciencia y una resistencia tremenda a asumir la Vida que se experimenta a través nuestro. No nos damos cuenta de que lo que genera el sufrimiento realmente, es nuestra identificación con ese yo que juzga lo que acontece, se lo toma personalmente y quiere liberarse de ello para sentirse mejor.


Sentir lo que sentimos en el presente, asumir los movimientos de la Vida en nuestra consciencia, abrazar y acoger todo lo que se presenta en el instante, es precisamente, la mejor manera de recordar nuestra espaciosidad, de no cargarnos con material del que luego nos queremos librar a toda costa. La Vida en nosotros es profundamente sensible, abierta, amorosa y acogedora; le da espacio a todo. No identificarnos con lo que nos atraviesa no significa que no lo sintamos. Al contrario, sentir profundamente nuestra humanidad es lo que nos permite reconocernos más amplios y espaciosos que esas experiencias que nos aturden cuando nos encerramos en ellas queriendo soltarlas o retenerlas.


Por otra parte, como bien sabemos, ese intento de “deshacernos” de lo que nos perturba pretendiendo soltarlo no suele funcionar… Vuelve una y otra vez a aflorar hasta que nos decidimos a asumirlo. Soltar no es saltarnos tramos de experiencia que, en realidad, están saturados de comprensión y poder. Soltar no es saltar. La Vida no se “salta” nada. No podemos soltar algo sin haber extraído el tesoro que contiene, su belleza oculta.


Nuestro sufrimiento consiste en tomarnos personalmente la experiencia y en hacernos historias sobre ello: “Esto me pasa a mí”, “No me debería pasar”,“Esto me da paz”, “Mis pensamientos me atormentan”, “La tristeza me destroza”, “Esta persona me hace feliz”…Soltar o entregar es saber que lo que experimento no es “mío”; es la Vida a través de mí que se expresa en cada momento invitándome a reconocerme como Amor hacia todo lo que aparece en mi campo de consciencia. Ya sea agradable o desagradable lo que aparece, la consciencia que somos “suelta” todo, en el sentido de que no se aferra a nada para retenerlo ni para eliminarlo. Simplemente, lo vive como una expresión de sí misma.


Soltar significa que no necesito dedicarme a arreglar mis experiencias para conseguir nada de ellas, sino simplemente vivirlas sin apego ni aversión, en el instante en que se están dando, como expresiones naturales de la existencia y con un profundo amor.


Esta es la dinámica de la vida, eso somos en esencia, un enorme sí a la experiencia.

Contempla un rayo de sol: no está empeñado en soltar nada, no trata de eliminar nada ni de aferrarse a nada. Simplemente, incluye todo en su radiación. Sólo desde la consciencia que somos el soltar es auténtico y sucede momento a momento. Nada que retener, nada que evitar: todo es libre de moverse en el campo abierto y amoroso del ser.

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