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¡Quiero una pareja espiritual!



¿Te suenan expresiones como ésta? Durante mucho tiempo de mi vida alimenté la creencia de que había personas espirituales y otras que no lo eran, busqué ambientes que consideraba exquisitos y evité lugares que calificaba de "baja vibración". Rehuía situaciones que parecían poder arrebatarme mis frágiles momentos de inspiración. Solía recluirme en espacios en los que creía sentirme al abrigo de influencias que consideraba amenazadoras de mi trabajados estados de elevación espiritual. Aferrándome a mis valiosas creencias, trataba de mantenerlas refugiándome en un distanciamiento en el que no pudieran ser cuestionadas.


¡Qué locura, Dios mío! ¡Cuánta confusión albergamos cuando, confundidos con un pequeño yo espiritualizado seguimos contemplando el mundo como un lugar amenazador de nuestra precaria identidad!


Atemorizados por esa precariedad que no reconocemos, buscamos afanosamente relaciones que puedan afianzarnos en esas posturas, dándonos una seguridad de la que carecemos. Por eso resulta tan importante que las personas con las que nos relacionamos compartan nuestros puntos de vista. "Mi pareja no es espiritual" , "mis amigos no me entienden", "mi familia no me apoya"... son quejas frecuentes que expresan el deseo de buscar algo mejor, de escapar de ambientes en los que no nos sentimos "brillar". "Necesito alguien que me reconozca, que me haga sentir especial", fue una creencia que alimenté durante mucho tiempo. Me afané en encontrarla y, frustración tras frustración, la vida me trajo al encuentro con una Verdad que sigue echando por tierra todos mis afanes, regalándome una comprensión que, cuando la acepto, me hace sentir hermanada y en paz con cada minúsculo detalle de mi existencia.


La verdadera espiritualidad es nuestra consciencia de unidad. La visión que contemplamos desde ahí no privilegia situaciones ni personas ni define a unas como más espirituales que a otras. Es como la luz del sol: irradia amorosamente sobre todo, pues reconoce todo como expresiones de su misma esencia. El sol "disfruta" de sentir su radiación inagotable, no se detiene en nada porque no necesita ninguna condición para extender su luz y su calor. Eso es el verdadero amor. Y eso es lo que somos.


Esto no puede experimentarlo un yo disminuido, esa falsa idea de lo que somos. Desde su limitada perspectiva, al leer estas palabras, intentaría esforzarse para conseguir ser amoroso con los que considera enemigos o soportaría situaciones degradantes para sentirse así más espiritual... ¡No!

Esta contemplación radiante que no hace diferencias no es algo a conseguir por un yo que se cree separado y que juzga todas las situaciones según sus supuestas necesidades.


Esa consciencia radiante es lo que somos. Nuestra única y verdadera alternativa consiste en enamorarnos de ella, en dedicarnos tanto a vivirnos desde ella que nos sintamos desaparecer como entidades independientes en su Corazón.


Naturalmente, descansando en esa unidad, dejamos de buscar y de necesitar que se cumplan condiciones para sentirnos en paz. ¡Ya lo estamos! Nos dejamos guiar por una Gran Vida que se ocupa de todos nuestros detalles. ¿Cómo no iba a hacerlo si somos sus hijos?


Estemos donde estemos, si vivimos desde ahí, sabemos que todo lo que está apareciendo en este instante está amorosamente diseñado para nuestro bien, sea cual sea la apariencia que esté tomando. Estemos con quien estemos ahora mismo, podemos mirar a ese ser humano sabiendo que compartimos la misma esencia y que lo que estamos experimentando junto a él tiene el poder de conectarnos profundamente con lo que somos, sea cual sea la cualidad de la vivencia.


Todo es espiritual, amigos. Bajo toda forma palpita la luz de nuestro ser. ¿Nos atrevemos a descubrirla?



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