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¿QUÉ QUIERES DE VERDAD?



"Quiero dejar de sentirme culpable", "Quiero soltar el control", "Quiero sentir paz", "Quiero ser libre"... ¡Cuántas veces nos decimos cosas así! Y llegamos a creer que eso es lo que deseamos fervientemente. Puede que sí, que en ciertos momentos de cansancio, de estrés, de agobio, afloren estos anhelos profundos con gran intensidad. Sin embargo, ¿es lo que deseamos de verdad?


Evidentemente, no. ¿Por qué? Porque, cuando la tempestad ha pasado, seguimos alimentando la culpa, el temor, el control... manteniéndonos entretenidos con esos juegos mentales que generan tanto sufrimiento. ¡Claro! tenemos muchas maneras de paliar el malestar así provocado, tapándolo o evitándolo. Nuestro mundo nos ofrece constantemente posibilidades de anestesiar o distraernos del sufrimiento que sentimos al habernos olvidado de nuestro SER. Y en esas distracciones, en ese constante hacer adictivo... el personaje con el que nos hemos identificado se refuerza y el olvido nos nubla de nuevo. Y nos hartamos de tanta carga, de tanta lucha una y otra vez.


Por eso, la cuestión fundamental es: ¿Quiero esto más que a mi SER? Porque cuando me mantengo ocupada en darle vueltas a los pensamientos de temor, culpa o resentimiento, es que quiero eso más que a mi SER. ¿Cómo lo sé? Porque invierto en ellos tiempo y energía. Es muy claro: invierto en aquello que considero valioso. Y si aún le doy valor a todo ese mundo mental y emocional, aunque sea para pelearme con él, es que aún no he encontrado algo más valioso en lo que invertir mi vida. O, si lo he encontrado fugazmente, aún no me he decidido a dedicarle a mi naturaleza profunda las energías que le dedico a todo lo que cruza mi mente y mi emocionalidad.


Lo que voy comprendiendo cada vez con más intensidad es la importancia de invertir en el silencio, en la quietud que es nuestra esencia, en detenernos a saborear y deleitarnos con la vida que siempre está aquí, en la intimidad de esta respiración, en el corazón de esta experiencia... Enamorarnos de nuestro soplo vital, habitarlo, descansar en la vida que somos, familiarizarnos y fundirnos en ella. Sólo desde esa comunión, todo lo demás pierde relevancia y ya no tenemos que ocuparnos de tantas cosas. La culpa, el temor, el control... se disipan en la amplitud de la consciencia que, como el cielo, contempla sus nubes, sin que haya que hacer ningún esfuerzo. Unidos a nuestro SER descubrimos que todo fluye de manera prodigiosa y liviana. Como decía Jesús: "Busca el Reino de Dios y todo lo demás te será dado por añadidura".




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