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  • Dora Gil

¿QUÉ HE HECHO MAL?



¿Te ha ocurrido alguna vez que, cuando más inspiración y entusiasmo sentías, cuando más claridad iluminaba tu vida y mayor sensación de seguridad experimentabas en tu camino, de pronto sucedía algo que parecía echar por tierra tu felicidad al despertar en ti sentimientos o pensamientos totalmente opuestos a los que te sostenían? A mí, sí. Con frecuencia.


En momentos así, puede darnos la sensación de haber perdido nuestro tesoro, haber "caído" de nuevo en ese lugar que tanto rechazamos y quizás la desesperanza se adueñe de nuestro paisaje. Sin embargo, ésta es sólo la percepción sesgada de la mente egoica. Felizmente hay otra, mucho más amplia y amorosa.


En primer lugar, estos episodios nos muestran siempre algo fundamental: el pequeño yo separado, que cree tener el control, no controla nada. Con sus intentos en determinada dirección cree poder garantizarse resultados previsibles que le den una sensación de seguridad en su hacer. Y, sin embargo, una y otra vez, constata que no es así. Los vientos de la vida soplan sin permitir que la pequeña mente pretenciosa dirija su movimiento. No hay garantía de nada ni resultados previsibles al modo que al ego le gustaría. Es una invitación a la humildad. "Me inclino ante ti, vida: tú sabes lo que yo no sé. En realidad, no sé nada... Tú ves lo que yo no veo, me dejo en tus brazos".


Por otra parte, cuando surgen estas oleadas sombrías en nuestro presente tras momentos de intensa claridad o estos sentimientos de desamor que siguen a un amor sublime en el que parecíamos disolvernos, lo que está pasando es, precisamente, lo contrario de lo que el ego interpreta. No es una "caída", no es "una vuelta atrás", no somos culpables de nada. Nada hemos hecho "mal": hicimos lo que pudimos y supimos. Lo que experimentamos ahora no invalida en absoluto lo que vivimos en los momentos precedentes. Precisamente, esa bendición que nos atravesaba, ese amor, tiene el don de hacer aflorar todo lo que no es amor, todo lo que aún no ha sido amado. Precisamente al vivir el contacto con nuestra luz, todo lo sombrío busca ser iluminado, apareciendo para ser abrazado y comprendido. No es una maldición, sino una petición de amor que surge de nuestras entrañas y que ahora estamos preparados para acoger en esta nueva escena de la película.


Sobre todo, comprendamos que ni los sentimientos excelsos que vivimos ni estos tan dolorosos que ahora experimentamos pueden definirnos.Tanto unos como otros buscan ser admitidos en la inmensa amplitud que somos, nuestra amorosa consciencia, que no juzga, privilegia ni rechaza; que no se hace un plan para controlar nada en la perspectiva horizontal que maneja la mente condicionada.


Sólo existe este instante: la luz del ahora satura profundamente cada uno de sus matices invitándonos a reconocernos como ella misma, abrazando todo lo que surge, confiando profundamente en que cada experiencia es perfecta para lo único esencial: reconocer lo que somos y descansar en el océano de la verdad.




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© 2020 Dora Gil

© Fotos Fran Carmona