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  • Dora Gil

¿NECESIDADES?



Desde muy pequeña me sentí movida a investigar la naturaleza de eso que llamamos “necesidades”. Me daba cuenta de que lo que para muchas personas era considerado como necesario, para mí, con frecuencia, no era ni siquiera interesante. Y que ciertas necesidades que para mí eran fundamentales, para otros eran totalmente irrelevantes.


Me he sentido con frecuencia extraña en un mundo que defendía la necesidad, por ejemplo, de comer al menos tres veces al día y a horas establecidas, de dormir tantas horas de sueño, de tener relaciones sexuales con determinada periodicidad, de disponer de una gama de entretenimientos a los que dedicarse para evitar el aburrimiento, de frecuentar lugares para “tomar algo” mientras se habla de temas varios, de salir de vacaciones cuando se supone que es el momento…


Nunca he sentido esas necesidades de modo imperativo ni constante. Ello me generó, durante bastantes años, una extraña sensación de “no pertenencia” que me perturbaba. Traté, por supuesto, de adaptarme asumiendo esas supuestas prioridades que tantos compartían. Sin embargo, una y otra vez, la experiencia de no conseguir adaptarme a esos ritmos, actividades o situaciones, me dejaba frustrada y sola. Mis intentos de compartir estas costumbres tan extendidas nunca funcionaron. Más bien me frenaban y colapsaban mis auténticas inclinaciones. No era por ahí.


Sin embargo, a medida que iba ahondando en mi conexión con la vida, estableciéndose como mi mayor prioridad, me sorprendía ver que mis intentos de adaptación a lo establecido como “normal” iban desapareciendo. Naturalmente iban siendo sustituidos por una sensación de seguridad y compleción que no brotaba de mis acciones o hábitos en el mundo físico. Empecé a sentirme cada vez más nutrida, completa y en íntima conexión con los demás seres humanos, aunque no compartiéramos siempre las mismas costumbres y necesidades. Es más, me sorprendía al ver lo fácil que era para mí declarar abiertamente las aparentes diferencias que experimentaba en comparación con el sufrimiento que antes me provocaban, al creerlas la causa de mi aislamiento.


Creo que ahora comprendo mejor lo que va sucediendo. Nuestra naturaleza profunda es unidad absoluta. No somos seres separados viviendo vidas aisladas. Aunque nos lo hemos ido formulando así, ya hace tiempo que, incluso la ciencia, nos ayuda a comprender esta unidad profunda que es nuestra esencia. Sin embargo, al habernos aislado mentalmente de la totalidad y creernos individuos separados, nos sentimos encapsulados y sufrimos un aislamiento insoportable. Para poderlo sobrellevar, hemos desarrollado y frecuentado ciertas válvulas de escape, experiencias a través de las cuales, en ciertos momentos, tenemos la sensación de expandirnos, de salir de ese encierro, de conectar con una vida más amplia y respirar, de sentirnos llenos o completos… Hemos exacerbado nuestras relaciones naturales con ciertos objetos de nuestro mundo dándoles una importancia –para mí exagerada– al observar que, momentáneamente, a través de esas experiencias, parecen disolverse nuestras barreras o suavizarse nuestra sensación de encerramiento, aunque sea de modo fugaz. Así nos hemos hecho adictos a situaciones, actividades, relaciones, objetos... que parecen ofrecernos esas sensaciones de conexión, expansión y apertura que tanto anhelamos.


Por ejemplo, hemos magnificado la comida como nuestra fuente principal de nutrición y despreciado así tanta energía nutritiva disponible para nosotros a cada instante. Aceptando que hay que comer tantas veces al día y que hemos de ingerir tales y tales nutrimentos, giramos en torno a esas ingestiones que parecen estructurar nuestro vivir. Así se va cerrando nuestra percepción a la natural nutrición que nos ofrece el sol, el aire, el agua, las ideas, las emociones, las relaciones... Hemos obviado que la fuente esencial de todo ello está siempre presente, sosteniendo cada acontecer y fluyendo constante y gozosamente a través nuestro.


Encerrados en un cuerpo con el que nos hemos identificado y sintiéndonos constreñidos en una mente que piensa sin cesar, hemos perdido el contacto con las dulces o extáticas sensaciones de fusión que se derivan de sentirnos unidos a todo. Escapándonos de la experiencia siempre viva del instante presente, nos quedamos desvitalizados, agotándonos en un mundo mental en el que se consumen nuestras preciosas energías. El cuerpo se queda bloqueado, la vida no circula y nos parece necesitar una inyección de vitalidad, sensaciones que nos despierten, una intensidad de la que nos hemos privado escapándonos del momento vivo. Entonces, podemos magnificar, por ejemplo, las sensaciones que el sexo puede generar y quizás las busquemos como si fueran el modo único de experimentar esa expansión, goce y unión que ya son nuestras desde siempre, pero que hemos olvidado. Nos parece necesitar las relaciones sexuales como algo fundamental o indispensable para nuestro equilibrio. Y desde esa perspectiva, puede que así sea, ya que sin otra apertura a la amplitud de lo que somos, el malestar y el encerramiento en nuestra mente podría resultar insoportable.


Ir de compras, consumir ciertas sustancias, entretenernos a través de las redes sociales, hablar de cualquier cosa o simplemente pensar sin descanso, se convierten en actividades que parecen tener el poder de hacernos salir del encierro que supone vivirnos identificados con un cuerpo sólido separado del universo.


Todas estas actividades no tienen nada de reprobable en sí. En su uso natural, comer, tener relaciones sexuales, adquirir objetos, servirnos de las redes sociales o divertirnos con nuestros amigos son fuentes de nutrición maravillosas que enriquecen nuestra experiencia. Simplemente, el haberlas usado de forma recurrente para paliar nuestra sensación de separación, las ha convertido en aparentes necesidades que quizás sólo lo sean desde ese nivel de limitación al que nos hemos habituado. Al haber aislado estas actividades del todo y al considerarlas formas exclusivas de llenar nuestro vacío o calmar nuestra sensación de aislamiento, se han hecho adictivas. Vivenciarlas de este modo compulsivo nos alivia momentáneamente, pero contribuye a mantener vigente nuestra creencia en la separación. Suponen pequeñas válvulas de escape que nos permiten salir por momentos de nuestro encierro y respirar para poder seguir soportando el malestar de vivir recluidos y reducidos en nuestra mente y nuestro cuerpo.


Sin embargo, cabría investigar qué sucede con esas supuestas necesidades cuando la identificación con el cuerpo-mente va desapareciendo y, con ella, la búsqueda de objetos que lo completen en su precaria limitación. Cuando empezamos a conocernos como consciencia abierta, pura vida ilimitada, unida a todo, ¿dónde quedan esas necesidades? ¿podría ser que desaparecieran o al menos disminuyeran significativamente? O, simplemente… ¿sería posible que empezáramos a vivir esas experiencias de un modo más sereno y profundo, libres de ansiedad o necesidad, como una celebración de la vida? La invitación a explorar está servida… Nuestra experiencia es el mejor laboratorio, siempre accesible.


A veces, escucho a otras personas declarar con timidez: “Es que yo no necesito eso”, refiriéndose a actividades o experiencias que ya no les resultan atractivas, como si se sintieran extrañas y no se atrevieran a prescindir con naturalidad de lo que a otros les resulta interesante. Quizás empiezan a atraerles experiencias muy diferentes: silencio, contemplación, conexión con la naturaleza, indagación, comunicación auténtica con otros seres humanos, tareas sencillas... que antes no les parecían esenciales. La vida nos invita a creer en estas nuevas necesidades que, a veces, quizás, no nos atrevemos a mostrar o a investigar más a fondo para no sentirnos diferentes. Perder interés por actividades o costumbres que otros frecuentan y que nosotros mismos consideramos importantes en otro tiempo, es una maravillosa puerta abierta a una nutrición más profunda, la de nuestra alma, que ha quedado subalimentada tanto tiempo mientras vivíamos recluidos en nuestras cabezas.


No sentirnos separados y vivir con el corazón abierto es extraordinariamente nutritivo e intenso. Al adentrarnos en nuestra verdadera naturaleza, amplia y amorosa, nos sentimos profundamente vivos y estimulados. La conexión, trascendencia, fusión, goce… que buscamos en ciertas actividades o sustancias nos son ofrecidas en cualquier instante de lo cotidiano. Dejamos de considerar necesarias muchas cosas que antes eran imprescindibles para aliviar el desequilibrio generado al vivir desde la mente. Nuestro ambiente interno se hace más suave, más dulce y dejamos de añorar que esas cualidades nos sean ofrecidas por agentes externos. Cuando empezamos a reconocernos como amor siempre disponible y nos entusiasmamos con la intensidad que adquiere así nuestra vida, nos sentimos inspirados a compartirlo en cualquier circunstancia, en cualquier encuentro. Al sentirnos despiertos y estimulados en el presente, no necesitamos recurrir a experiencias puntuales que nos hagan sentir vivos, nutridos o nos saquen del aburrimiento.

Podemos, si así lo sentimos, seguir frecuentando esas actividades o situaciones, pero ahora son vividas en conexión con la misma vida que alienta cada instante y a la que siempre tenemos acceso. Comer, relacionarnos... se convierten en espacios privilegiados para abrirnos a esa vida de la que los alimentos, los seres humanos y todas nuestras experiencias están saturados. Sabemos, además, desde dentro, cuál es la medida en cada momento sin tener que referirnos a ningún límite impuesto.


Todo un cambio de perspectiva que va reflejándose en nuestra experiencia y que merece la pena explorar y honrar, nunca ignorar o despreciar.

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