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  • Dora Gil

NACER DE NUEVO




Ante la llegada del Año Nuevo, suelen despertarse en muchos de nosotros anhelos de cambio, de renovación. Surgen propósitos, intenciones poderosas de cultivar nuevos hábitos o explorar nuevas formas de vivir, dejando atrás lo conocido que nos pesa.


Este anhelo es maravilloso, claro que sí, pero me gustaría mirar un poco más profundo. Para mí, es el reflejo en nuestra mente condicionada de algo mucho más auténtico y accesible que está siempre ofreciéndosenos: nacer de nuevo.


Desde la perspectiva horizontal de la existencia, nacimos en un momento del pasado y vamos avanzando por una línea hacia otro tiempo. Pareciera que, subyaciendo a nuestro vivir cotidiano hay una dirección hacia adelante, hacia algo que nos espera, siempre con la esperanza de encontrar algo mejor en un futuro. Algo parece susurrarnos: "Esto aún no es, esto aún no vale la pena. Lo que está por llegar sí que es valioso y cambiará tu vida".


Yo lo llamo "vivir en modo espera". Se expresa en una inquietud de fondo, un constante trajín, a veces en gestos bruscos y acelerados, un respirar agitado y todo tipo de pensamientos que apuntan a ese esperanzador mañana despreciando este presente que, al juzgarlo como inadecuado, se nos pasa por alto. Esta perspectiva, enfocada en las cosas, en las experiencias que suelen decepcionarnos por su misma naturaleza efímera, nos agota. En el cansancio generado por este sinvivir, a veces nos llega un atisbo de lucidez que nos hace detenernos: "¿Qué estoy esperando?"


Si lo miramos bien, esa línea horizontal que parece llevarnos hacia otro tiempo o lugar mejor, sólo existe en nuestras mentes, no en la realidad.


Mira este instante: ¿A dónde va? ¿Tiene alguna dirección este espacio que envuelve y abraza lo que estás viviendo? ¿Hay algo aquí (salvo quizás un pensamiento) que indique que esto no es completo y que tiene que suceder algo que lo mejore? La vida que nos respira, el corazón que late aquí en tu pecho... ¿Está corriendo hacia otro lugar futuro o, simplemente está respirando, latiendo, viviendo...?


Sólo la mente le imprime a este instante una supuesta dirección que nos hace despreciarlo y abandonarlo, o a veces, apegarnos a él compulsivamente. La mente se aferra al tiempo lineal para eludir la experiencia presente que no comprende ni sabe sostener. Cargado de significados añadidos, de asociaciones, de juicios y opiniones, este momento es difícilmente asumible. Por eso anhelamos algo nuevo, porque una y otra vez usamos la experiencia para perpetuar nuestro deambular por los callejones cansinos de lo conocido. Y eso nos ahoga. Buscamos cómo cambiarlo introduciendo modificaciones en su forma, que parecen sacarnos de ese encierro. Eso es perfecto, puede ayudarnos a refrescar nuestra mirada, pero hay algo más profundo, de donde surge nuestro verdadero anhelo, que raramente contemplamos.


Está aquí, siempre disponible. En el corazón de nuestra experiencia presente.


Sin necesidad de tocar nada, de desplazarnos ni un milímetro o separarnos ni un segundo de este momento... ¿y si aterrizamos por fin en la bendita inocencia de ESTO? ¿Y si miramos la realidad sin pasado, sin futuro, sin historias ni juicios sobre él, sin relacionarlo con nada conocido, como si fuera la primera vez? Ello supone, simplemente, abrirnos a una perspectiva fascinante, desconocida en este mundo de la superficie, pero que íntimamente conocemos: la perspectiva de la profundidad. Esa que, como la luz del sol, inunda este instante envolviendo y penetrando todo lo que se mueve en su silencio.


Nos damos cuenta, en seguida, de que aquí sólo hay vida sin nombre, surgiendo constantemente, expresándose, modulándose, existiéndose. Sin una mente personal que se crea protagonista de ella, sin un yo que la califique, le dé una dirección o un objetivo en el tiempo, la vida es y, simplemente, se despliega en un constante fluir de experiencia cuyo fin no está separado de este desplegarse. En cada instante, se reconoce a sí misma a través de cada forma que va apareciendo y desapareciendo.


La Vida no busca nada, simplemente se expresa y ama incondicionalmente cada una de sus experiencias. Todas ellas participan de esa incondicionalidad. Mira esta escena en la que te encuentras: ¿Te pide algo la silla en la que te has sentado?¿Y el teclado del ordenador que manejas? ¿Te pide algo la luz del sol que inunda el espacio en el que te encuentras? ¿O la humilde claridad de la bombilla que ilumina tu estancia? No, no te piden nada. Pero te ofrecen la posibilidad de darte cuenta, de recordarte como la presencia silenciosa que contempla y vive estas experiencias.


Te sitúas así en esa nueva perspectiva de la profundidad que abraza todo lo que se mueve aquí. Es la luz del ahora, tu verdadera naturaleza. Aquí todo es admitido, amado, reconocido. Descubres el constante Sí que abraza todo lo que encuentra a su paso.


Nos hemos inventado el tiempo lineal para eludir este espacio iluminado del presente. Aquí sólo hay vida sin nombre, invitándonos a asumirla, a reconocer nuestra ineludible unidad con ella. A SER ella.


Nacer de nuevo es lo que cada instante nos está ofreciendo: soltar la perspectiva horizontal de lo conocido y saltar al vacío, al espacio de la consciencia que no se aferra a las cosas para crearse una identidad asociándose con ellas. Soltar la historia personal desde la que solemos percibir la vida y atrevernos a vivirla sin saber nada de ella, como un recién nacido que no se ha formado aún ningún concepto. Es el verdadero nacimiento (le llaman espiritual) al que se han referido tantos seres inspirados como Jesús: "Os es necesario nacer de nuevo", decía.


Nuestros deseos de año nuevo nos inspiran a renovarnos, sí. Pero, no nos conformemos sólo con ellos... son demasiado poco. Merecemos mucho más, merecemos TODO y esa posibilidad está siempre aquí. Una total transformación de nuestra perspectiva desde la que todos esos deseos pueden realizarse de un modo mucho más natural y sorprendente. Surgirán del profundo SÍ al presente, la fuente de todo poder. Estamos invitados en este momento. Siempre en este momento.





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