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LA VERDADERA PUREZA




¿De dónde surge esa sensación de impureza o indignidad que experimentamos con frecuencia?


Durante muchos años me dediqué a purificar mi cuerpo, a liberarme con ahínco de todo lo que parecía sumirme, una y otra vez en la pesadez. Me entregué a todo tipo de limpiezas, ayunos, depuraciones, desintoxicaciones... Me dediqué a intentar gestionar mis emociones y positivizar mis pensamientos, al darme cuenta de que también en estos ámbitos experimentaba sensaciones sombrías que me abrumaban... Y, por supuesto, busqué con avidez entornos y lugares "puros", huyendo de situaciones y personas que pudieran ser tóxicas para mí...


Y, sin embargo, una y otra vez volvía la sensación de impureza, de malestar. Me sentía sobrecargada por energías pesadas, teniendo que dedicar mucho tiempo y esfuerzo a desembarazarme de tales estados para por fin recuperar mi anhelada pureza, que no tardaba en verse mancillada. ¡Cuánta inversión, cuánto esfuerzo dedicado a conseguir algo que, en realidad, es mi verdadera naturaleza inocente y radiante!


Desde la identificación con un yo separado, que está siempre buscando algo para sofocar su extraña y sombría sensación de disminución, la pureza no es posible. La anhelamos, porque en lo profundo sabemos que nuestra esencia es impecable y libre, pero la pequeña mente separada la codifica y reduce al mundo de la forma, el único al que tiene acceso. Y ahí empiezan todos los confusos intentos de depurar nuestro cuerpo, nuestra alimentación, nuestras costumbres, nuestras relaciones... Está bien, es un buen comienzo, pero nada de eso suele ser durable ni nos deja en paz.


Ahora, después de tantas luchas y tortuosos esfuerzos, puedo ver con claridad.

La pureza que anhelamos es nuestro estado natural cuando dejamos de asociarnos a un personaje que no la percibe. La dolorosa sensación de indignidad o culpa que experimenta al sentirse separado de su fuente, le lleva a buscar compulsivamente ser otra cosa, mejorarse, cambiar, encontrar situaciones más favorables... planes y más planes para salvarse que le separan constantemente de su inocencia natural, de su luz, sobrecargándolo con tanto material que no necesita y que le pesa. Al estar tan enfocado en lo que va y viene, olvida su naturaleza radiante.


Y aunque atribuye al mundo externo su sensación de pesadez o toxicidad, en realidad es sólo esa separación de su hogar lo que le hace arrastrase por tantas situaciones cansinas, mendigando sin necesidad lo que cree que le falta y acumulando cargas innecesarias.


Sólo con volver a descansar en el ser que somos, siempre presente en el corazón, nos sentimos completos, liberados de toda carga y reconocemos la impecabilidad propia de ser hijos radiantes de la vida.


Mientras sigamos confundidos con un un yo disminuido y necesitado, alimentaremos muchos objetivos, haremos muchos planes, acumularemos mucha pesadez... No estaremos en contacto con la fuente de la verdadera pureza: nuestro ser. Cuando este es nuestro único amor, nuestra único anhelo y nuestra verdadera dedicación, la pureza está asegurada, ya que todo converge naturalmente hacia un solo propósito, que nada ni nadie puede amenazar.


Desde esa hermosa perspectiva, que siempre fue nuestra, todo se revela simple y puro. El contacto con nuestra fuente nos mantiene naturalmente conscientes de la luz que somos. Se acabaron los esfuerzos, las contradicciones, los arrepentimientos... la complicación se disipa de un plumazo en los brazos de la paz que siempre nos estuvo esperando para recordar nuestra transparencia original.

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