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  • Dora Gil

LA TEMIDA SOLEDAD




¡Cuántas decisiones y movimientos cotidianos tienen que ver con evitar o paliar eso que llamamos soledad! En nuestra cultura se tiende a creer que estar solo es estar sin otros seres humanos al lado. Nuestras pequeñas mentes asumen que tal situación es algo indeseable, lanzándose a la búsqueda de compañía, aunque sea virtualmente, a través de las redes sociales.


Se asocia la experiencia de soledad con toda una cadena de pensamientos y connotaciones de desamor, abandono, rechazo... que, claro, generan mucha tristeza, dolor, impotencia, temor o depresión.


Si lo miramos bien... ¿Es realmente la soledad la causa de esos estados emocionales? ¿No provienen estos más bien de todos los significados que adherimos al hecho de no estar físicamente acompañados? ¿No es esto lo que realmente tememos cuando evitamos la soledad?Para mí es importante acercarnos a esta cuestión, tan teñida de confusión y mirar más profundo.


Para empezar, ¿es la soledad la ausencia de seres humanos alrededor? Todos hemos constatado que esa sensación de aislamiento que relacionamos con estar solos puede darse también en medio de una multitud o incluso rodeados de seres que nos son familiares y queridos. Y también hemos comprobado que, sin ninguna compañía, podemos sentirnos profundamente unidos a la vida y en paz.


La conexión con la existencia es nuestro estado natural. Somos esa vida, que no se puede encerrar en cuerpos aislados de la totalidad. Es, precisamente el pensar en términos de separación lo que nos sumerge en la ilusión de ser entes separados, aislados unos de otros y necesitados de cercanía física para superar ese supuesto aislamiento en el que nuestros pensamientos nos encierran.


Esa experiencia interna de aislamiento es lo que llamamos soledad, una desconexión que es ilusoria y artificial, ya que la unidad absoluta es la base de la realidad. Por eso la vivimos con dolor y buscamos paliativos en el mundo. Sin embargo, lo que percibimos en él son objetos, entes separados, que no pueden más que aliviar superficialmente un anhelo mucho más profundo: la unidad con la vida que somos, la consciencia de totalidad.


Nos sentimos solos cuando nos olvidamos de nuestra amplitud, de ese campo vivo y poderoso de consciencia que somos, más allá de nuestra apariencia. Cuando nos recluimos en pensamientos solitarios, privados, concernientes a un supuesto yo aislado del mundo y víctima de él, se bloquea la comunicación natural con la existencia. Nos encerramos en una nube diminuta en la que damos vueltas, perdiendo de vista la radiante amplitud del sol que somos.


Puedes observarlo, no me creas. Estés o no en compañía de otros seres humanos, cuando te sientes solo... ¿qué pensamientos estás albergando? Y cuando te sientes conectado, rodeado o no de otras personas ¿no es verdad que tus pensamientos, si los tienes, te hablan de expansión, de aprecio, de amor?


Sentirnos aislados no es algo que dependa de la presencia de otros seres humanos alrededor ni de ninguna condición externa. Seamos responsables. Es mucho más simple y accesible reconocer en cada instante: ¿Con qué me estoy identificando? ¿Qué estoy alimentando mentalmente? ¿Estoy usando mis pensamientos para separarme? Y si así es... ¿Estoy dispuesta a soltar todo aislamiento mental y sumergirme en la realidad, el océano acogedor de la vida, cuya base es la unidad?.

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