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INTIMIDAD





Aún recuerdo la primera vez que me detuve a sentir el latir de mi corazón. Tenía unos ocho años y estaba en la cama sin poder conciliar el sueño. Mis padres se habían ido al cine y me sentía inquieta y un poco asustada. En algún momento, mis manos se posaron en el pecho y me quedé impactada por la vitalidad de ese latido que nunca se paraba. No dependía de mí, estaba siempre ahí, no me dejaba. Estaba siendo consciente de algo que me sobrepasaba y me sentí conmovida y acompañada. Sumergida en esa intimidad, sentí un profundo alivio: ya no estaba sola.


Aunque olvidé esa experiencia, su intensidad quedó en mí como una semilla preciosa que siempre ha querido ser regada y cultivada. No es precisamente lo que se nos ofrece en nuestro mundo. Por el contrario, se nos llena la mente de conocimientos inservibles que nos aturden y pesan, perdiendo así el contacto con las entrañables raíces de la vida.


Después de mucho sufrir por esta escisión tan dolorosa, anhelamos volver a la unidad del Hogar. Pero a veces... ¡lo hacemos tan complicado, parece todo tan difícil! Parece que hay que recorrer caminos muy arduos, aprender filosofías espirituales o no duales, establecerse como consciencia, conseguir estar siempre presentes, leer muchos libros y asistir a seminarios, comprender lenguajes que nos resultan extraños, realizar todo tipo de prácticas... Todo eso está bien, forma parte del juego, nos aplicamos a ello y tratamos de recordar como podemos la evidencia que fue obviada, ocultada y olvidada durante tanto tiempo. Y muchas veces, es verdad, necesitamos recorrer esos caminos. Pero la unidad con la vida no es algo a conseguir, amigos, no es para intentarla, fallar y volver a la carga, como hacemos con tantas metas que el mundo nos propone. La unidad, el amor, es lo que somos.


Es mucho mas directo, más profundo e intuitivo. En el fondo lo sabemos, siempre lo hemos sabido. Sólo necesitamos darnos cuenta de que nunca nos separamos de nada, aunque mentalmente nos creemos historias de separación. Con ellas nos distraemos de la infinita ternura siempre presente con la que la que la vida nos besa, nos respira, nos nutre, nos sostiene. Vivirlo es conectar con nuestra facilidad espontánea para sentir cada detalle de la existencia, de mantener la intimidad con todo lo que aparece en la experiencia momento a momento, movidos por ese asombro inocente y entusiasta que se exalta a través nuestro.


¿Quieres tener una experiencia de unidad? ¿Quieres sentir la presencia que andas buscando con tanto esfuerzo? ¿Quieres encontrar esa paz que anhelas y dejar de sentirte separado de un mundo que parece eludirte?


Siente tus manos ahora mismo. ¿Están vivas? La vida nunca se ha separado de ti, quiere recorrerlas. ¿Notas tu respiración? La vida quiere, ahora mismo, inundarte de su aliento inspirando como lo está haciendo en este instante en tu pecho. ¿Sientes el contacto de la ropa que envuelve tu cuerpo? Es la vida abrigándote y acariciando tu piel con esas suaves sensaciones que la recorren al contacto con el tejido.


Mira delante de ti: es la vida mirando a través de tus ojos, queriendo conocer lo que aparece ahora mismo ante tu vista de ese modo único en que tú miras. Los sonidos que ahora mismo estás escuchando son las notas presentes de una gran melodía que la vida quiere oír a través de tus oídos. Los usa para escucharse a sí misma de un modo único, el tuyo.

¿Acaba de pasar un pensamiento? Es una forma curiosa de vida también, queriendo ser conocida, conscienciada a través de ti. Y esa emoción que estás sintiendo, te guste o no, es una corriente de vitalidad que atraviesa tu espacio para ser reconocida, sentida, abrazada como sólo tú puedes hacerlo ahora.


La vida nunca se ha separado de ti. ¿Y sabes una cosa? Tú tampoco de ella: eres ella apareciendo como tú, exactamente como tú. La vida, ¿sabes?, está locamente enamorada de ti, busca tu corazón y tu calor en todo momento. Te anhela, te desea, te recorre, te besa, te acaricia, te respira... Tu existencia es única y preciosa para ella, cada uno de tus detalles es una deliciosa manera de conocerse a sí misma tal y como ahora está sucediendo. Para eso te concibió y te sigue concibiendo...


Contempla también a esa persona que tienes cerca, o a ese gato que te acompaña... Y si no hay nadie a tu lado, cuando aparezca, mira sus ojos. A través de ellos, el universo te mira. La infinitud se asoma a través de esa mirada, o te acaricia a través del calor de esa mano que roza la tuya. También te conmueve a través del enfado o el dolor que puedes sentir cuando te cuentas una historia sobre esos seres que te acompañan, o cuando te invade el miedo o la incertidumbre que no sabes cómo manejar... O te acaricia el corazón cuando contemplas el amor con el que tu madre prepara las lentejas o escuchas esa música que te gusta tanto... Todo es ella, pura vida expresándose, conociéndose, saboreándose.


Quizás no suena muy espiritual, quizás lo que digo no exhala aromas sacrosantos ni desprende destellos deslumbrantes que te elevan sobre la tierra... es demasiado familiar para creerlo, demasiado simple como para rendirse a ello. Es, simplemente, el Hogar.


El intelecto, que se cree separado, no puede entender esto. No te preocupes, este mensaje no es para él. Estas palabras son para ti, para mi, son para recordar lo que siempre hemos sabido en lo más profundo de nuestro corazón. Son para acariciar nuestra innata consciencia de unidad. Quieren despertar la extraordinaria y simple habilidad, con la que nacimos, de reconocer que no estamos separados de nada. Se está dando aquí y ahora, al experimentar este gesto, este movimiento, esta emoción, este contacto... en íntima comunión, sin irnos a pensar sobre ello.


No tenemos que intentarlo. La vida no nos elude ni nos evita. Nos ama. Ni un solo momento ha dejado de extasiarse ante nosotros. Somos infinitamente deseados... Nacimos de ella para ella.

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