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El miedo al vacío




Quisiera compartir ahora contigo una experiencia que tuve a mis 23 años y que evoco siempre con cariño, relacionada con esta temida sensación de vacío tan compartida por los seres humanos.


Como terapeuta, soy testigo del temor que provoca y de la energía que se utiliza en evitarla de mil maneras. Casi siempre localizada en la zona del plexo solar, esa abrumadora sensación emocional nos puede llevar, por ejemplo, a buscar algo que comer, a tomar cualquier cosa que nos dé sensación de llenar ese hueco insoportable.


En mi vida, esa salida se ha expresado en ciertos períodos en una forma de comer desordenada, picando por aquí y por allá sin consciencia. Lo más difícil de la experiencia era el estado que vivía después: aunque no hubiera comido mucho, me invadía una sensación de desmagnetización, pérdida de energía y vacío aún más dolorosa.


En momentos de estrés o confusión, en los que perdía la sintonía conmigo misma, me veía picoteando, probando esto o lo otro, movida por impulsos automáticos, tratando de calmar instintivamente el vacío generado por mis pensamientos inquietantes o dolorosos.


Durante unos meses, estuve trabajando en una tetería, en la que solía sentirme un poco desbordada en las horas previas a la apertura, pues había muchas cosas que tener en cuenta y poner a punto.


En esa época, mis prácticas de yoga, respiración y meditación eran muy intensas. Y mi anhelo de vivir estados de consciencia expandida en la vida cotidiana me seguía llevando a introducir la consciencia de mi respirar en muchas actividades.


Una tarde, mientras me dedicaba a preparar varias tartas caseras que acompañarían los tés de la velada, pude vivir una experiencia que abrió un horizonte insospechado en mi vida.

En mi agitación, mientras trabajaba, me veía apresurada, probando distraídamente un poco de crema de chocolate o una pizca del relleno que estaba preparando o apurando algún resto de modo automático.


En un momento en que estaba a punto de llevarme a la boca uno de aquellos pellizcos dulces, tuve una inspiración muy lúcida: “Espera, respira… Puedes aquietarte un instante”.

Algo se detuvo en mi interior. Me pregunté: “¿Puedo realmente?”


A una parte de mí esa pausa se le antojaba imposible, como si me viera arrastrada por un impulso incontenible de tan habitual. Pero en ese momento, no sé por qué, respiré. Solté todo el aire atentamente mientras, asombrada, veía cómo el gesto de mi mano que se movía hacia la boca se deshacía, volviendo a dejar aquel bocadito sobre la mesa.


“¡Puedo!” -me sorprendí, victoriosa en mis adentros-. Y una inspiración aún más poderosa apareció entonces en mi consciencia: “¿Y si en vez de comer esto inhalas amor? ¿Y si dejas este espacio para que sea llenado por amor?”


Parecía una idea loca, pero me sentí inspirada inmediatamente por ella, pues surgía de lo más profundo de mi ser. En el fondo, siempre había deseado eso, ser llenada por amor en vez de por sucedáneos inútiles. Y ahora, ese anhelo salía a la superficie en forma de una invitación muy simple. Así que puse toda mi intención en abrir ese espacio que estaba creando con mi respiración al amor, una nueva energía fresca que anhelaba con todo mi corazón.


Fue increíble lo que sucedió entonces. Pasé toda la tarde muy atenta a todos los impulsos ciegos que se iban despertando en mí y que, uno a uno, se convertían en desafíos, en posibilidades de expandir mi consciencia clara y amorosa. Sucedía al respirar. Respiraba y abría espacio. Me inundaba de amor al inspirar y soltaba todo impulso inconsciente al espirar.


Aquella noche, cuando salí de allí, me sentía volar. Una energía inmensa me habitaba y me expandía en todas direcciones. Un sentimiento de amor muy bello me conectaba con todo. Me sentía clara y libre, tierna y fuerte al mismo tiempo, como si se hubiera abierto una puerta en mi interior que me mostraba un espacio desconocido de luz y realidad. Era real, era la expresión de mi verdadera naturaleza.


Esta experiencia pervive en mi interior desde entonces como una clave poderosa: la alquimia que puede realizarse interiormente de la mano de nuestra respiración. Ella se encarga de avivar el fuego de la transmutación, aportando la espaciosidad y la fuerza necesaria para que una energía se transforme en otra. Para que un impulso ciego que alimenta un estado egoico y cerrado se convierta en una energía expansiva y liberadora.

Inspirar y sentir lo que siento: impulsos, tensión...Vivirlo. Y al espirar, soltar todo abriéndome a la vida con la inspiración.


Es necesario el poder de nuestra intención que, por un momento se detiene y se orienta hacia dentro, hacia esa parte sabia y profunda de nuestros ser que sabe cómo hacerlo todo. Y respirar con ella, entregándole lo que vivimos.



Aún hoy, aquella experiencia me guía, despertándome cuando me encuentro en estados débiles de consciencia, cuando se duermen mis impulsos expansivos y la inercia parece sumergirme en los oscuros corredores del pasado. Recuerdo entonces que dentro de mí vive una maestra, mi respiración, que sabe conectarme con mi potencial más elevado, valiéndose de los aspectos aparentemente más disfuncionales o turbulentos de mi vida. Al abrazarlos y avivarlos con el aliento, se realiza una verdadera alquimia que me permite reconocerme como un ser divino resurgiendo de sus cenizas.


Extracto del libro "Del hacer al ser".

Capítulo 6: "Nutridos desde dentro"

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