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EL AMOR ESTÁ EN EL AIRE



Contemplando el cielo hace un rato, en la azotea de casa, me sentía inmersa en un océano de vida. Las nubes, iluminadas por el sol de la tarde, danzaban cambiando de forma en el azul de un cielo que me invitaba a sentir la suavidad del aire que me respiraba. Cada aliento que inundaba mi pecho, cada poro de mi piel absorbiendo vitalidad, me devolvían a la sensación inefable de ser infinitamente amada y sostenida.


Estos días -ya muchos- enfocados quizás en el posible contagio del virus, protegiéndonos del aire que respiramos cuando nos acercamos a otras personas, quizás se nos pase por alto la amplitud en la que vivimos sumergidos y de la que formamos parte.


Nuestra mente, condicionada para enfocarse en los minúsculos fenómenos que aparecen en el espacio de la consciencia, se queda enganchada en ellos y los hiperdimensiona, olvidando con facilidad la vida inmensa de la que surgen.


Por supuesto que es necesario tomar precauciones, claro que sí. Pero, por favor, no olvidemos ese océano infinito de vida en el que vivimos, nos movemos y existimos, esa vida espaciosa que nos penetra y nos recorre, nuestra íntima y poderosa esencia.

Si, en lugar de pensar tanto en los pequeños virus que se mueven en el aire, nos enfocáramos más en ese océano vivo que nos respira y nos sostiene, quizás nos sentiríamos menos vulnerables.


No olvidemos que el foco en el que ponemos la atención, determina nuestra experiencia. Si me enfoco en lo ínfimo, me siento empequeñecida. Si contemplo la inmensidad... ¿Cómo me sentiré? ¿A qué dedico entonces mi atención? ¿A los pequeños fenómenos que van y vienen en la inmensa amplitud que nos sustenta o a esa insondable espaciosidad que somos?


Incluso ante otros seres humanos, en medio de cualquier situación, aún tomando todas las precauciones, puedo elegir: ¿Me enfoco en una posible partícula entre nosotros, o en el espacio vivo que nos conecta? Ambas posibilidades están aquí para mí.


Respiremos, amigos, abrámonos a este océano de vida que nos nutre y que nada puede amenazar, seamos uno con él en cada inspiración, en cada espiración, en cada pausa entre ellas... Dejemos que inunde nuestros cuerpos y dilate nuestro corazón. No es aire lo que respiramos: es amor.

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