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EL ALIMENTO DE LAS EMOCIONES




"Sabed que todos los estados de la existencia –ya sean de la bondad, de la pasión o de la ignorancia–

los manifiesta mi energía. "

Bhagavad-Gita

Ahora puedo verlo con claridad: los momentos de mi vida en que me he sentido más desvitalizada y apa­gada han coincidido con una negación a sentir la emo­cionalidad que se movía en mí, a la que temía por con­siderarla inadecuada.

Nuestro mundo emocional es como un oleaje en constante movimiento, una expresión siempre cam­biante de ese océano vivo que somos en esencia. Cuando despreciamos sus manifestaciones como inadecuadas y las rechazamos, no solo se genera una contención vio­ lenta en nuestro interior, sino que nos vemos privados de la vitalidad que esas oleadas de emoción albergan.

Ya sea reprimiéndolas, taponándolas, esquivándo­las o desahogándolas impetuosamente cuando no han encontrado una expresión natural, la tendencia de la mente, condicionada a juzgar como negativas las emo­ciones que sentimos, nos separa de su vivencia y ello genera una dolorosa escisión, que vivimos como ten­sión y sufrimiento. Es una dramática falta de respe­to hacia la vida querer descartar el fluir de la energía emocional. El contacto con nuestras emociones puede ser una experiencia muy nutritiva, un alimento sagrado del que nos privamos al rechazarlas mentalmente. De esa se­paración surge un entumecimiento que, con frecuen­cia, busca compulsivamente sensaciones intensas en el mundo externo: podemos obsesionarnos con la comi­da, el trabajo, el sexo o cualquier sustancia o actividad que mueva un poco nuestro ambiente interior, inerte y apagado por la falta de contacto vivo con él.

Quizás creamos que buscamos todo eso por lo agradable que es y puede que así sea en cierto modo. Dada la dureza y la sequedad que sentimos, anhelamos la fluidez y la ternura que parece que pueden aportar­nos esas experiencias. Sin embargo, creo que lo que de verdad buscamos es la intensidad del sentir vivo, de la que nos privamos al rechazar lo que sentimos, recluyén­dolo en las catacumbas de nuestra inconsciencia.

El dolor, la pena, la rabia, la ansiedad o el miedo, así como todo tipo de impulsos o deseos que experimen­tamos, son expresiones de la vida que rebosan energía dinámica y nutritiva. Podemos reprimirlos o congelarnos para evitar ex­perimentarlos. Nos sentimos entonces débiles y apa­gados al cerrarnos a esa esencia que nos alienta. Po­demos también anestesiarlos o desahogarlos, echando mano de cualquier recurso adictivo. O, como tercera opción, la más creativa, podemos abrirnos a ese ma­nantial de vida cuando aparece y, simplemente, vivirlo, fundiéndonos con cada sensación, respirándola, insu­flándola de presencia.

¿Qué tal si, dejando de lado esos antiguos concep­tos, nos abriéramos al paisaje vivo de las emociones en el instante en que están sucediendo? Es decir, ¿qué tal si recordando la perspectiva luminosa del ahora, soltan­do todo juicio y asociación con otros momentos, como niños recién nacidos, nos dejamos tocar, sentir, unién­donos a la oleada de vida que está atravesándonos, sin resistencia?

No es agradable a veces, no. ¿Tendría que serlo? ¿Son siempre agradables las tormentas, los tornados o, sin ir tan lejos, el viento frío que nos sorprende en un día de invierno en el que no estamos abrigados? No, no siempre lo son. Y, sin embargo, esos fenó­menos están empapados de vitalidad, son una extraor­dinaria expresión de la vida y surgen sin ser juzgados por ella, al igual que las emociones. Podemos asistir a su desenvolvimiento sin expectativas, sin un plan para eli­minarlas, sabiendo que son solo eso, oleadas momentá­ neas que ahora toca experimentar. Cuando nos abrimos a sentirlas, aceptando sus sensaciones, dejándonos atravesar por sus corrientes, conmover por sus ondulaciones y alternancias... nos unimos a ellas, somos esa vida que se agita y se transfor­ma constantemente. Somos el océano que contempla y permite sus olas mientras se mueven en él. Somos la madre que sostiene la agitación de sus hijos, acogiéndolos siempre en su seno.

Sí, es verdad que esas sensaciones de dolor, de an­siedad, de angustia o vacío, a veces nos parecen impo­sibles de abrazar. No podemos pedirle tal gesto a una mente condicionada por el rechazo y la separación. Ni tampoco a un cuerpo que la refleja, cerrado al sentir, condicionado para evitarlo. El yo separado se ve abru­mado cuando cree que se le pide hacer algo así, ya que, por su propia definición, no puede. En sus estrechos límites corporales no cabe tal intensidad ante la que, lógicamente, se siente amenazado e impotente. No, es­tas propuestas no son para esa ficticia personita que se cree encerrada en un cuerpo. Desde su reducida men­talidad, solo tiene acceso a fragmentos de la totalidad. Las emociones se perciben separadas del espacio vivo en el que aparecen. Al ser consideradas como algo

ame­nazante, o un problema que arreglar en el que hay que centrarse, se magnifican y se detiene su fluir. La natu­ral capacidad de los movimientos emocionales para di­solverse en el océano de la vida se ve retenida por ese enfoque controlador, centrado en una supuesta resolu­ción aislada. Así, las emociones adquieren un significa­do y un calibre artificial. Sin embargo, contempladas y sentidas en unidad con la vida, en el inmenso espacio del ser, se sienten como sus expresiones momentáneas, siempre danzantes, pasajeras y nunca amenazantes. Hay tanto espacio para ellas... Necesitamos enamorarnos de esa espaciosidad del ser, sabiendo que es en esa inmensa amplitud en la que surgen y se mueven las emociones. Por ello es im­portante aquietarnos, sumergirnos en la presencia viva que somos, en lugar de embarcarnos en un movimien­to mental evitativo que, a veces, utiliza incluso el sentir para conseguir librarse de la experiencia presente.

La vida que somos siempre está aceptando todas sus expresiones instantáneamente. Sabernos esa vida amplia y unirnos a ella en su natural acogida nos permi­te descansar mientras todo se mueve en nuestra ampli­tud. Dejar que todo suceda, sin asumir las sensaciones emocionales como algo personal, nos libera de la nece­sidad de evitarlas, arreglarlas o eliminarlas. Suceden en el inmenso espacio de la vida que somos. Sabiéndonos ella, lo natural es permitir, dejarlas suceder.

Por eso es importante cultivar la apertura del cuer­po, permearlo de esa consciencia espaciosa que somos a través de la respiración, el movimiento libre, la comu­nión con la naturaleza, el agua, la tierra, la luz del sol... El cuerpo es un instrumento maravilloso de comuni­cación con la energía de la totalidad. Al haber estado al servicio de una mente separada, refleja aún esa cerrazón que parece impedir el fluir natural de la emocionalidad. Mantener en él la presencia es una hermosa aventura que le permite ir despertando a su verdadera función, al servicio de la comunicación y la unidad.


Extracto del libro "La abundancia está servida", Editorial Sirio.

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