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  • Dora Gil

DESNUDARSE


El otro día sentí el impulso de cortarme el pelo. Quería sentirme cómoda, dejar de prestar tanta atención al cuidado del cabello, que empezaba a pesarme. Sin pensarlo mucho, llevada por ese impulso intenso, me ví sentada en un salón de peluquería pidiéndole a la peluquera un corte tan radical que ella misma trató de disuadirme por considerar excesiva mi petición. Le expresé que, además de cortarlo, quería dejar de teñírmelo, lo cual le extrañó más aún por el cambio brusco que podía suponer.


Accediendo a mi deseo, comenzó su trabajo ante las miradas asombradas y casi temerosas de varias personas que nos rodeaban. Empecé a darme cuenta del apego que le tenía a mi imagen y del papel que el cabello jugaba en ello. Una mezcla de incertidumbre, temor y curiosidad se movían en mí mientras iba apareciendo el resultado. Era como desnudarme, vaciarme de adornos y quedarme abierta, expuesta a la vida. Una extraña confianza me acompañaba, sin embargo, mientras los mechones caían a mi alrededor.


Recordaba la entrañable escena de la película de Zeffirelli "Hermano sol, hermana luna" en la que Clara se deja cortar sus cabellos por Francisco en plena naturaleza. En una escena anterior, decidida a transformar su vida, acababa de declarar entusiasmada: "Ya no busco ser amada, ahora quiero amar..." Este episodio siempre me conmovía y un anhelo de autenticidad y claridad surgía en mi corazón al presenciarlo.


Curiosamente, no me desagradó lo que contemplé al final en el espejo. Agradecida, salí del establecimiento. Mientras caminaba por la calle, empecé a experimentar una sensación que me viene acompañando con frecuencia desde entonces: amplitud y transparencia. Como si, en vez de una cabeza sobre mis hombros, sólo hubiera apertura, espaciosidad en la que todo se mueve naturalmente sin una barrera que me separe de ello. En ese espacio brotan las palabras al hablar, se suceden los sonidos del entorno y se pasean las imágenes de todo lo que acontece. Una ligereza muy inocente surge de mis hombros acogiéndolo todo en su amplitud. Es como renacer, liberada del peso de una imagen con la que descubro que he estado muy identificada y a la que me había apegado. En muchos momentos me parece inexistente, como si eso que llamo "yo" no estuviera y en su lugar sólo encontrara transparencia. Evocaba la experiencia de Douglas Harding, explicada en su libro "La vía sin cabeza" y ahora me parecía comprenderlo vivencialmente. ¡Qué bendición!


Sin embargo, con el paso de los días, los viejos patrones se manifiestan de nuevo, enfocándome en mi apariencia y contemplando el nuevo desafío: al dejar de teñirlos, mis cabellos han empezado a verse grises en sus raíces, bastante grises por cierto. El espejo me va dejando adivinar una próxima apariencia a la que no estoy acostumbrada y que, por momentos, despierta en mí una cierta perturbación. ¿Quién soy sin esa imagen rejuvenecida que mis cabellos teñidos potenciaban? Me da la impresión de que, con ella, va muriendo un modo de estar en el mundo que empezaba a caducar, aún antes de estas decisiones sobre mi cabello.


Aunque mi vivir está dedicado a descubrir lo que soy realmente, más allá de la forma; aunque soy consciente de no ser un cuerpo, ahora me doy cuenta de cuán fuertemente instalado está en mí el apego a la imagen y el temor a perderla. Dejar de nutrir algunos de sus aspectos deja surgir un temor a desaparecer como "alguien" interesante o especial. La vida me está invitando a perderme en ella a través de esta experiencia, a no seguir nutriendo al personaje con el que he podido identificarme durante tanto tiempo, el personaje buscador.


Dejar quizás de parecer "joven para mi edad", permitir que los efectos de la madurez se expresen en mi cuerpo abiertamente, es soltar una carga innecesaria. Experimento un gran descanso, un alivio ante la perspectiva de no tener que mantener nada, de soltar esa apariencia con la que me sentía cómoda en el mundo de la forma. Quizás la vida pueda ahora expresarse más libremente a través de mí sin tanta interferencia. Quizás el amor, como expresaba Clara en la película, pueda darse ahora de forma más auténtica... No lo sé.


Tampoco sé qué pasará finalmente con mi cabello. Quizás aún experimente más cambios, quizás vuelva a crecer o a ser teñido... pero esto no es importante. Los cambios en las formas, en sí, no tienen ningún significado implícito. Pero es verdad que, a veces, apoyan movimientos internos de los que quizás surgen. Una profunda necesidad de autenticidad y de simplicidad brotando ahora desde mis adentros, encuentra en esta experiencia de cortarme el pelo, la invitación a vivirla en todas sus implicaciones.


Hoy, queriendo como siempre, compartir mi experiencia más inmediata, he tenido el impulso de escribir sobre este tema tan irrelevante en apariencia, pero que, como todo lo que acontece en nuestra vida,

tiene el don de llevarnos más profundo, abriéndonos a una perspectiva más amplia y libre.

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