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DESEOS, IMPULSOS, AUTOMATISMOS...



A veces nos cansamos de todo ese tironeo de impulsos, deseos, automatismos... que parecen socavar nuestra paz, absorbiendo tanta energía y debilitándonos, ¿verdad?


Quizás nos decimos que quisiéramos deshacernos de todos ellos, sentirnos libres, descansar... Y, sin embargo, la misma mente que quiere liberarse es la que los alimenta constantemente... Simplemente porque, en el fondo, sigue creyendo en ellos. Los escucha y atiende porque cree que satisfacer esas demandas puede aportarle algo que necesita o le completa de algún modo.


Es el punto de vista reducido del yo separado con el que nos solemos confundir... Se siente carente, ineludiblemente. Su naturaleza es desear algo que le llene, que le haga sentir más de lo que es, que le dé algo que cree no tener. No se le puede pedir más, y mucho menos que deje de desear. Al intentarlo forzadamente, se somete a sí mismo a una violencia y un sufrimiento inútiles, culpándose seguidamente por su falta de voluntad y determinación... Una verdadera locura. Y es que desde esa perspectiva, todo es una locura.


Felizmente, hay otra. La de la presencia viva que somos, la perspectiva del corazón.

Desde ella, todo lo que aparece en nuestra consciencia, ya se trate de deseos, emociones, impulsos, pensamientos, percepciones... no son amenazas de nuestra integridad, sino puras expresiones de la vida que sólo desean ser reconocidas en la unidad de la que forman parte. A mí me gusta concebirlas como mis hijos, criaturas perdidas buscando un hogar, un espacio en el que expresarse, desenvolverse y disolverse, volviendo a su origen.


Sin embargo, desde esa vieja perspectiva separada, no estamos en absoluto capacitados para vivirlo así. Y podemos verlo reflejado en la actitud que tenemos a veces con nuestros hijos físicos o personas de las que nos sentimos responsables. Ante sus demandas, caprichos, deseos innumerables, es posible que nos sintamos divididos, abrumados o inciertos y tendamos a darles todo lo que piden, a satisfacerlos sin saber decirles "no".


Creemos que lo que les hará felices o les calmará será obtener de nosotros lo que buscan, "matar el deseo". Y quizás, si lo miramos bien, no sea esa su mayor necesidad. Quizás, lo que realmente desean es encontrar un espacio de quietud en medio de sus agitados vaivenes, una consciencia más amplia en la que expresarse sin que necesariamente lo que esperan les sea otorgado. ¡Estabilidad, fortaleza, un espejo sereno en el que mirarse! Alguien que no crea en lo que ellos creen a pies juntillas, que les muestre con su falta de credibilidad que obtener inmediatamente esto o aquello no es su salvación. Alguien que, con su permisividad tranquila, les escuche sin satisfacer necesariamente el último capricho que se les ha ocurrido expresar.


Cuando, en nuestro interior accedemos a esa amplia perspectiva de la consciencia serena y amorosa que somos, sabemos permitir en nuestro espacio toda esa algarabía, a veces intensa, de los deseos o impulsos agitados sin enfocarnos directamente en su satisfacción. Los dejamos moverse y agotarse, ofreciéndoles simplemente, paz.


Ello se expresa con facilidad en un actitud espontáneamente lúcida también con nuestros seres queridos. Ellos son sólo el reflejo de nuestro mundo interior y nos muestran con sus actitudes todo aquello que necesitamos mirar internamente. Nos dirigen hacia nuestros hijos internos, expresiones de la vida a veces rechazadas y perdidas que buscan la paz que somos. ¿Y si aprendemos a considerarlos así? ¿Y si sus demandas fueran una invitación a reconocernos como el verdadero amor que acoge, siente, pero no se encierra en un impulso o deseo puntual, dándole una relevancia que no tiene? ¿Y si descubriéramos, gracias a todo ese arsenal de impulsos y automatismos que nuestra única función es descansar y cultivar la consciencia amorosa que somos, ese espacio infinito que alienta y da cabida a todo lo que se mueve, sin necesidad de enfocarnos en sus vaivenes, sabiendo que todo está hecho de nuestra misma sustancia y por tanto, no son enemigos ni amenazas?


Quizás viéramos despertarse una inteligencia natural que sabe guiar nuestras decisiones, iluminar las situaciones en las que han de darse respuestas claras. Quizás nos sorprendiera el amanecer de una fortaleza desconocida que sabe pronunciarse con determinación, ante la cual todo nuestro mundo, tanto interno como externo, se siente en un espacio de confianza y seguridad, la luz que somos.

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