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DE LA CARENCIA A LA COMPLECIÓN



Somos compleción, unidad perfecta con el ser. Cuando nos confundimos con entes aislados y obviamos esta realidad, sintiéndonos carentes y necesitados, proyectamos en un mundo de objetos separados la integridad olvidada. Las relaciones que establecemos con ellos consisten en buscar lo que creemos que pueden darnos.


Desplazamos y repartimos nuestra integridad en una constelación de situaciones que, de darse como querríamos, nos parece que podrían completarnos. Así, solemos depositar el amor en las relaciones de pareja; el apoyo o sostén, en los amigos o familiares; el reconocimiento o valoración, en nuestras consecuciones profesionales; la nutrición, en los alimentos que tomamos; la abundancia, en el dinero o posesiones que acumulamos; la seguridad, en el cumplimiento de ciertas normas externas o en el logro de ciertas condiciones que parecen protegernos…


Desde esa perspectiva, tanto la nutrición como cualquier otra relación establecida con el mundo de la forma consiste en apropiarnos de algo que nos falta, se encuentre ello en lo que consumimos, en lo que poseemos en otras personas o situaciones a las que nos apegamos.


Desde la perspectiva de lo que somos, pura compleción, no hay necesidad de buscar nada. Cuando nos reconocemos como el ser, uno con todo…¿Qué lugar ocupan entonces todas las circunstancias de nuestra vida a las que les habíamos dado el poder de completarnos o nutrirnos?


No desaparecen, sino que son contempladas como lo que son, expresiones de la misma vida que compartimos. Su función es, ahora, diferente, despertar el recuerdo de lo que somos una y otra vez, cuando lo olvidamos. Y esa es, para mí, la verdadera nutrición que necesitamos. Tanto cuando nos inspiran o agradan como cuando nos sentimos perturbados o molestos, su invitación sigue siendo la misma. Antes parecían llenar una supuesta carencia y por ello, los buscábamos o rechazábamos. Ahora están ahí para nutrir, es decir, para invitarnos a conectar con la consciencia de lo que somos. Cuando nos inspiran, despertando el recuerdo de la belleza, la paz o el amor que es nuestra esencia. Cuando nos perturban, apuntando a esas memorias del sueño de separación que necesitan ser observadas desde la consciencia.


Emociones, pensamientos, aconteceres… devienen así alimentos poderosos, es decir, experiencias que nos invitan a contemplarlo todo desde una perspectiva mayor, la del amor que somos. Así la despiertan, esa es su función cuando nos encontramos perdidos o confundidos en un mundo que no es el nuestro, reducidos a unos estados ilusorios que nos hacen sufrir.


Cada cosa, cada persona, cada situación de nuestra vida está ahí para cumplir esta sagrada función, permitirnos reconocer y recordar la consciencia del ser que somos. ¿La aceptamos o preferimos seguir otorgándoles el poder de paliar nuestra supuesta necesidad? Según lo que decidamos, estaremos reconociendo nuestra integridad o negándola. Así de sencillo.

Está, ahora mismo, en nuestras manos.

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