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CUANDO DUELE





El dolor y las sensaciones físicas de enfermedad son los mejores medios de los que se vale nuestra pequeña mente para atraer la atención a su reducto estrecho y separado, el cuerpo.

Ahí, concentrados en lo que nos duele y dando vueltas en torno a ello, mientras buscamos eliminarlo, nos sentimos disminuidos, pues la consciencia se encierra al identificarse con el mundo de los efectos, las formas cambiantes que van y vienen.


Los dolores físicos son tan llamativos que nos captan la atención intensamente. Además, hemos aprendido a considerarlos como pruebas de nuestra limitación y de nuestra incapacidad. Los usamos para justificar nuestras condiciones de vida, para mantenernos en nuestra zona de confort, o para buscar la atención del mundo, recluyéndonos en el cuerpo y sus sensaciones difíciles cada vez que la enfermedad o el dolor nos visitan.


Ese encierro nos aleja de la consciencia expandida de lo que somos. Al centrarnos en lo que nos duele, lo sobredimensionamos y perdemos de vista la amplitud. Nos empequeñecemos tratando de evitarlo.


Necesitamos aprender a sentirlo, a no temer sus sensaciones, a explorarlas abiertamente, en vez de rehuirlas. Esto no significa aguantarlo resignadamente para conseguir que desaparezca. No, lo que estamos proponiendo es un cambio a una perspectiva muy diferente. Abrirnos al dolor sin hacer nada para que cambie es algo imposible para el pequeño yo. Esta confianza es totalmente inaceptable para él y por ello, lo excluye. Sólo nuestra consciencia puede contener su intensidad. Simplemente porque se sabe más grande y no lo teme. ¿Cómo acceder a esta grandeza que contempla?


No hay que hacer nada. Simplemente recordarnos lo que somos, consciencia abierta, justo en esos momentos en que las sensaciones intensas parecen insistir para que nos recluyamos en ellas. Entrando en contacto con nuestra respiración, abriéndonos a la vida en nosotros, confiando en ella, ya nos podemos sentir inmersos en la amplitud de la existencia, que abraza nuestros pequeños intentos de eliminar algo.


Desde esa conexión más profunda, podemos permitirnos sentir ese dolor como parte de nuestra totalidad: se trata de un fenómeno que se está moviendo dentro: una forma pasajera que la vida está adoptando en nuestro espacio interior ahora mismo. Pide presencia y amor, no evitación. Es una actitud muy diferente: acoger, sentir, respirar, abrazar...


La vida ya está admitiendo este dolor, respirándolo, iluminándolo. Sólo nuestra pequeña mente lo persigue, lo condena, quiere evitarlo al considerarlo la causa de su malestar. En realidad, lo que nos hace sufrir, más que el dolor en sí, es la resistencia con la que lo vivimos.


Si nos fijamos bien, debajo de todo dolor hay un pensamiento muy común: “Esto no debería estar pasando”, como si estuviéramos viviendo algo erróneo a eliminar lo antes posible. Sin darnos cuenta, con frecuencia generamos en torno al dolor o a la enfermedad, una especie de paréntesis invisible tras el cual imaginamos que volveremos a vivir una vida normal. En ese paréntesis, como un pequeño mundo aparte, sucede algo muy curioso: nuestra mente se enfoca en el dolor, y genera mucha actividad en torno suyo. Se hace muchas preguntas que tratan de explicárselo, recurre a recuerdos con los que lo relaciona o elabora anticipaciones sobre su futuro, en base a lo que ya hemos vivido o conocido.


Así, nuestra consciencia se estrecha y se recluye en un reducto muy restringido en el que nuestra realidad corporal toma una intensa relevancia. Más que nunca, somos un cuerpo. Identificados con él, nos sentimos vulnerables y muy limitados. Aceptando las historias que la mente nos cuenta sobre lo que nos duele, el dolor se intensifica, pues ellas generan emociones como el miedo, la culpa, la insuficiencia o la impotencia, que nos encogen y nos restan energía para abrirnos a la amplitud de la vida.


Al unirse este componente emocional, lo que sentimos puede ser tan desagradable que, si no nos decidimos a abrirnos a él desde la consciencia, trataremos a toda costa de anestesiarlo: calmantes, búsqueda de atención por parte de los demás, cascadas de pensamientos dramáticos... serán nuestros recursos para evitar algo tan sencillo como permitir y asumir ciertas sensaciones que van y vienen en nuestro espacio interno. Sin historias sobre las mismas, sin construirnos imágenes sobre ellas, sin nombrarlas ni darles tiempo, quizás se hubieran disuelto con facilidad al no otorgarles una consistencia mental.

No hemos aprendido a permitir las sensaciones que aparecen en el momento presente. Tendemos a asociarlas o a etiquetarlas en los límites de una enfermedad o dolencia conocida.


Vivir momento a momento nuestro sentir supone una radical transformación en el modo de concebirnos. Cada sensación que aparece en nuestro cuerpo, sin nombre y sin tiempo (sin referencias al pasado o al futuro) es sólo un acontecer puntual al que nos abrimos con curiosidad, sin saber cómo seguirá siendo.


No conceptualizar las sensaciones que van apareciendo, sino dejarlas moverse en la amplitud de nuestro espacio, les permite una libertad enorme para procesarse y autorregularse que queda cohibida cuando creemos saber lo que nos está pasando y tratamos de evitarlo.


La elección fundamental es decidir desde dónde queremos vivir eso que llamamos dolor. Si elegimos el camino habitual, considerarnos un cuerpo afectado por algo que no queremos, nos convertimos instantáneamente en víctimas de ello y nos disminuimos. Ahí comienza el paréntesis del sufrimiento.


Si elegimos ser la consciencia en al cual aparecen y desaparecen ciertos fenómenos sin nombre, cambia nuestra concepción y nos convertimos en un espacio abierto dentro del cual cualquier cosa puede suceder, incluso eso que llaman milagro. Nos instalamos en el presente, donde todo es fácilmente abordable.


Es necesario comprender esto, pues la enfermedad, aunque el pequeño yo declara no desearla y se resiste activamente a ella, en el fondo es un recurso que suele utilizar para perpetuarse como un ente separado, impotente y necesitado. En suma, un artilugio para seguir considerándose un cuerpo, y por tanto, limitado.


¿Y por qué podríamos pretender algo así?

No es lo que deseamos, efectivamente, en nuestro ser profundo. Sin embargo, la mente condicionada del personaje con el que nos confundimos la utiliza como un artificio valioso para confirmarse. Las dolencias le ofrecen, en ese paréntesis, todos los recursos (mentales, emocionales y físicos) para identificarse con un cuerpo y perder la consciencia de la amplitud que somos. Los pensamientos que normalmente nos disminuyen y frenan, adquieren enorme relevancia y son apoyados por los síntomas que experimentamos. De hecho, son su fiel derivación, pues el cuerpo refleja nuestros patrones mentales y nos los muestra condensados en limitaciones de todo tipo.


En lugar de entenderlo así, la pequeña mente pretende que es al revés, que es el cuerpo la causa de su limitación e infelicidad. Es decir, proyecta en un espacio inocente, nuestra experiencia corporal, la culpa de su sufrimiento. “Si yo no tuviera este dolor, o esta enfermedad...” suele decirse para prorrogar su felicidad, que hace depender de lo que experimenta en el cuerpo. Tremenda confusión, sin duda. Ser felices no tiene nada que ver con las sensaciones que experimentamos, ya sean de dolor o de placer.


Comprender esto es abrir una puerta inmensa a nuestra verdadera naturaleza, donde radica la auténtica felicidad.


Extracto del libro "Del hacer al ser"

Capítulo 2, "La vida en tu cuerpo"


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© 2020 Dora Gil

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