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CON AMOR




"Hazlo con amor", "Ama lo que estás viviendo", "Vive esa situación con amor"... Escuchamos este tipo de frases y, probablemente, nos las repetimos a veces con el deseo de poder realizar algo que intuimos nos haría mucho bien, nos daría paz y llenaría nuestra vida de una atmósfera de suavidad y calidez... Sí, lo anhelamos porque en verdad lo conocemos.


Desde muy niña estas inspiraciones me tocaban profundamente. Intuía su certeza y, en mi inocencia de entonces, creo que comprendía mejor a qué se referían que cuando me hice adulta y empecé a tener conceptos sobre lo que es el amor.


Ahora veo que son precisamente estos conceptos los que me han impedido vivirlo en su naturalidad e inmediatez. Hemos asociado tanto el amor a experiencias especiales o bonitas, a emociones de bienestar y exaltación, a expresiones de afecto, a actos de servicio en los que nos sacrificamos por otros; lo hemos circunscrito tanto al ámbito de relaciones con personas... que cuando estas condiciones están ausentes, nos parece que no hay amor.


Y nos parece imposible experimentarlo en medio de situaciones cotidianas que la mente califica de "aburridas" o "pesadas" o en contacto con personas que no nos inspiran hermosos sentimientos. Y quizás mucho menos en contacto con nuestro mundo interior...

Sin embargo, si soltamos todos esos conceptos que hemos adherido al amor desde nuestra reducida perspectiva, podemos abrirnos a una nueva comprensión, simple, auténtica y para mí, profundamente liberadora.


Vivir algo con amor es, simplemente, vivirlo tal y como está siendo. Quizás alguien objetará: ¿Y no es eso lo que hacemos? No, normalmente, lo que hacemos es separarnos mentalmente de la experiencia asociándola con juicios y conceptos, confundiéndonos también con un personaje aislado que la vivencia. "Esto me gusta", "esto es vulgar", "esto favorece mis planes", "esto me quita libertad", "esto debería ser diferente"...


Y mientras que aquí y ahora la vida está dándose, el soplo vital está inundando cada detalle de la experiencia, intensas corrientes de vitalidad están atravesándonos... nos fugamos a un mundo virtual en el que vamos creyéndonos las resabiadas historias que nuestra programación mental nos cuenta. Nos hemos separado quizás por temor a sentir una realidad que no concuerda con nuestros conceptos sobre cómo deberían ser las cosas. Y eso nos da mucho miedo...


¿Y si el amor consistiera simplemente en no separarnos de este instante, en aceptar la unidad con la vida que es nuestra naturaleza y la esencia de todo? Lo que nos duele y llena de estrés es irnos mentalmente de aquí, juzgar nuestra hermosa vida como inapropiada, despreciar la intrínseca sacralidad de cada detalle de nuestra vivencia... Nos duele porque no es natural separarnos, no es natural no amar. Nuestra esencia espaciosa, unida a la totalidad, no se separa de nada. Todo es admitido en su amplitud. Cuando, creyéndonos seres aislados, juzgamos las experiencias, apegándonos a unas y despreciando otras, nos sentimos disminuidos y aislados de la existencia. En esa artificiosidad nos privamos de ese contacto feliz que conocemos profundamente, ese contacto inocente y simple en el que nos dejamos atravesar por la vida sin temor, porque somos vida.


Por eso anhelamos el amor y queremos vivir con amor. ¡Y es tan simple! Tan simple como dejar de invertir en el discurso mental sobre este instante y sumergirnos en la vitalidad de este aliento, no separarnos de la inmediatez de estas sensaciones, vivenciar la intensidad de esta emoción, fundirnos con la vida que está siempre presente. ¡Qué descanso no "tener que amar", sino reconocer el amor que siempre ha estado aquí al no separarnos mentalmente de esto!

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