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  • Dora Gil

COCINAR Y SERVIR


Me encanta cocinar. Disfruto con frecuencia improvisando y preparando platos muy simples, pero cargados del deleite que me produce jugar con los colores, aromas y texturas de los alimentos, condimentándolos sobre todo con el calor de mi corazón.


También agradezco que mi familia o invitados los aprecien al contemplarlos y al comerlos. Escucharlos decir que les gusta es un regalo. Cuando no dicen nada, a veces les pregunto… "¿está bueno?" Noto que su respuesta es más importante para mí si he estado distraída o apresurada mientras cocinaba, si me he olvidado de mi propia presencia. En cambio, cuando realmente he vivido conscientemente ese ratito de preparación de los alimentos, sus comentarios dejan de interesarme tanto, aunque por supuesto, me alegra escucharlos. Son como la guinda del pastel.


¿Por qué os cuento esto?


Hoy reflexionaba en torno al uso que hago de las redes sociales. Aunque al principio me resultaban medios muy ajenos y era reticente a utilizarlos, fui dándome cuenta del enorme valor que podían tener para alguien a quien, como yo, le gusta cocinar y ofrecer alimento. Sí, en el fondo, mi vocación tiene que ver mucho con la nutrición en todos los aspectos. En mi cocina interior se elaboran cada día, con la inspiración y los elementos que la Vida me va ofreciendo, platos de comprensión que me encanta ofrecer y compartir. No son míos, no son para mí. Más allá de mi entorno inmediato, las redes sociales son una herramienta que me acerca a otros seres humanos que quizás sientan alguna apetencia por alguno de los menús que se elaboran en esta entrañable cocinilla. ¡Qué alegría poder extender lo que a mí me nutre a medida que se va elaborando!


A veces, sin embargo, me doy cuenta de que, al igual que en la mesa de mi hogar, se despierta la inquietud: "¿les estará gustando?" Esa corriente, cuando me atraviesa, me alerta de algo importante: en algún momento he perdido la conexión con el deleite de cocinar y compartir. Quizás andaba un poco despistada y me he perdido en mis pensamientos y ahora sigo perdida en la búsqueda de un reconocimiento que yo no me estaba dando. Quizás me he confundido con un yo que cree estar haciendo algo para conseguir otra cosa, moviéndose por su cuenta. Es una sensación antigua que, en seguida, me invita a detenerme y a recordar que soy cocinera de un Gran Restaurante, la Vida. Y que mi tarea sólo está dedicada a Ella. Sin importar quien venga a comer cada día, el gozo de preparar mis platos desde el corazón es lo que me mantiene plena. Los ingredientes son abundantes, cada instante está cargado de experiencias de todo tipo queriendo ser aprovechadas, transformadas en algo sabroso.


Las redes sociales son, a veces, el modo en que se difunden y ofrecen algunos menús de ese hermoso Restaurante en el que me muevo y al que me dedico a plena jornada. Acercarme a ellas con amor lo cambia todo y eso sólo es posible si recuerdo que están ahí al servicio, no de un pequeño yo, sino del Gran Restaurante de la Vida.


Me siento muy agradecida a Facebook, a Youtube, a Instagram también. (¡Yo misma me sorprendo ahora de escribir esto!) Me encanta disponer de una página web desde la que expresarme creativamente y de este blog con el que acercarme al corazón de tantos gourmets que, de vez en cuando, muestran su aprecio con sus “me gusta” o sus comentarios. Sentir que no son necesarios, como tampoco los de mi familia en la mesa, es una bendición que me permite celebrarlos también cuando se dan. La corriente de empatía que nos recorre en esos momentos nutre también los impulsos del corazón que disfruta elaborando, condimentando, disponiendo sobre la mesa de la vida los frutos del amor.


Hoy quería expresar desde aquí mi agradecimiento a las redes sociales y a su potencial para la conexión. Gracias a todos los medios que la Vida pone a nuestra disposición para ser usados a su servicio.

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