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  • Dora Gil

LO QUE AMAMOS DE VERDAD



Más allá del envoltorio de las formas

se encuentra el regalo de la vida abundante.

¡Estamos aquí para recibirlo!

El problema es que nos aferramos o nos resistimos al envoltorio

confundiéndolo con el tesoro que encierra.

Cada momento, cada situación,

es una oportunidad de descubrir la verdad

tras la aparente solidez que la encierra.

Cada persona, cada objeto, cada sensación, cada sonido…

es un vestido que nos invita a ir más allá de su apariencia.

¿Qué hay aquí ahora?

¿Qué me ofrece la vida en este instante para ser desvelado?

Nuestra mente superficial, con la que funciona el yo separado que creemos ser, experimenta el amor como un apego por aquello que atrae su atención. Lo busca, lo quiere tener cerca, unirse a ello, poseerlo. Cree que el amor está en los objetos, ya sean personas, situaciones o cosas.

Y claro, desde esta perspectiva hay objetos más dignos de amor que otros, personas y situaciones mucho más especiales que otras a las que es normal querer acercarse y adherirse. Este nivel de consciencia tiene su propia lógica. Funciona así, pero engendra sufrimiento, ya que los objetos, las personas y situaciones, son siempre provisionales e inestables. Nada nos puede garantizar su permanencia. Podemos conseguir el objeto de nuestro deseo, pero nunca podremos asegurarnos su continuidad ni su compañía constante. Si ponemos en ello nuestra esperanza, la ansiedad será nuestra compañera ineludible.

El AMOR no pertenece a este nivel de consciencia. Como venimos contemplando, el pequeño yo no puede amar, pues por definición está aislado. Busca otros objetos aislados que lo completen y se apega a ellos, pero no puede experimentar el amor de forma consistente. Puede tener ráfagas del mismo, intuiciones, sentir de vez en cuando un anhelo, una evocación o sentimiento a través de esos objetos, situaciones y personas a las que busca, ya que son expresiones físicas de una Vida mucho más profunda que las contiene y que les da su existencia.

¿Qué tal abrirnos a la idea de que lo que amamos en los objetos, las personas, las situaciones, es la esencia de la que surgen, la melodía, el sabor, la energía poderosa de la Vida de la que son expresión? ¿Y comprender que las amamos precisamente porque nosotros somos también esa Vida, ese espacio de calidez, de belleza, de energía en el que aparece todo lo que nos atrae?

Amo eso porque expresa de un modo único y extraordinario cualidades que me resultan tan íntimas, tan profundamente mías. Yo soy la transparencia que me emociona en esta mirada, la dulzura que tanto aprecio en este rostro; yo soy la suavidad que me atrae de esta textura. Yo soy la intensidad que me conmueve de este sabor. Mi ser verdadero, mi espacio profundo es el océano en el que surgen estas olas de mi experiencia recordándome mi magnificencia, mi fuerza, mi ternura…

Sin embargo, acceder a esta comprensión no es posible mientras sigamos identificados con un pequeño yo buscador, de mente ávida, corazón ávido, sentidos ávidos de objetos a los que apegarse.

Cuando nos permitimos descansar en medio de la vorágine de estímulos que nos invitan por doquier a enfocarnos en lo externo, podemos empezar a experimentarnos como el espacio abierto en el que los objetos aparecen sin la compulsión por apegarnos a ellos.

Sólo desde ahí podemos acercarnos poco a poco a la experiencia del Amor. Amor como intimidad profunda con cualquier persona o cosa que aparece en mi consciencia, sin necesidad de poseerla ni de abandonar mi paz para buscarla. Simplemente porque ya está aquí, en mi espacio, recibe mi atención. Mi consciencia penetra cada detalle con amor desvelando su esencia escondida.

Este Amor no es un esfuerzo, ni hay que hacer algo para conseguir amar así. ¿Recuerdas?: “No tengo que hacer nada”. Así ama nuestra consciencia profunda, que abraza todo en su seno, permitiéndole ser como es.

Del capítulo "Amor: la fuente olvidada"

del libro "DEL HACER AL SER"


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© 2020 Dora Gil

© Fotos Fran Carmona