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  • Dora Gil

NADA ES PERSONAL



En realidad, todo nuestro sufrimiento surge de esta necesidad del pequeño yo de hacer de la vida algo personal. Ese personaje con el que nos confundimos, desconfiado por naturaleza, se perpetúa así: estableciendo relaciones con el mundo de los objetos y usándolos para darse consistencia.

Se apropia de todo lo que experimenta en su interior: "mis pensamientos", "mis metas", "mis sentimientos", "mis sensaciones", "mis dolores", "mi bienestar"... Y también de todo lo que aparece en su mundo externo: "lo que me ha pasado", "lo que me han dicho", "lo que podría sucederme", "mi situación actual", "mis relaciones"... Desde esta reducida perspectiva va tejiendo un mundo personal en torno a un supuesto "yo", posible víctima de todo lo que se mueve y con la necesidad por tanto de controlar ese movimiento para triunfar sobre él y sentirse seguro.

Asociaciones, asociaciones, asociaciones... todas ellas estructurándose en torno a un "yo", el protagonista siempre de todo lo que acontece y el hacedor de la trama.

Pero... ¿qué pasaría si soltáramos todas las asociaciones, si pudiéramos contemplar directamente las cosas como realmente son, sin la historia de un "yo" al que le suceden?

¿Qué pasaría, por ejemplo, si esta sensación que experimento no "me sucediera a mí", sino que estuviera simplemente apareciendo en el inmenso campo de la consciencia que soy? Sin ser asociada a una historia, a un pasado, a un futuro... pasa a ser contemplada como lo que es: una sensación sentida en este instante, saturada de consciencia y sostenida en el espacio vivo de la que surge.

¿Qué pasaría si esta emoción de miedo no me la tomara personalmente (mi miedo) y la dejara existir como lo que es, un movimiento energético, una tormenta mente-cuerpo en la que aparecen y desaparecen pensamientos, sensaciones en el cuerpo... sin adjudicarme una autoría o posesión de ella? Sin tenerla que solucionar, sin ser un "alguien" a quien le está sucediendo, sin necesidad de recluirla en un cuerpo atormentado por ella, contemplándola desenvolverse en el infinito espacio vivo de la consciencia, ¿hay una necesidad de deshacerse de ella o de evitarla?.

E incluso, ese maremagnum de pensamientos que se suceden en mi cabeza contando sus temibles historias... si no son "mis enemigos", ni me adjudico su propiedad... ¿hay una necesidad de eliminarlos o rechazarlos? Si no dicen nada de mí, sino que tan sólo cuentan historias condicionadas por la inercia; si no me los tomo personalmente, creyéndome sus enunciados... ¿suponen algún tipo de amenaza?.

Si ni hay un "yo" que se tome personalmente lo que aparece y desaparece en el campo de la consciencia, esas apariciones y desapariciones de los fenómenos simplemente suceden, van y vienen. Es la creencia en un "yo" al que le ocurren y que tiene que controlarlas lo que le da a este su aparente consistencia y a aquéllas su engañosa solidez. Es, en definitiva, la asociación o relación personal que el "yo" establece con las cosas las que las perpetúa al ser usadas para mantener la creencia en un personaje victimizado o hacedor, el protagonista de la película.

Soltar todas esas asociaciones nos ofrece un modo de vivir absolutamente renovado. Concebir "lo que sucede" en estado limpio, sin relacionarlo con un pasado, un futuro o un personaje al que le ocurre, nos abre a la simple perspectiva de lo real: el instante presente, en el que todo es contemplado sin historia, desde la inocencia natural que somos.

Si me doy cuenta, el regalo de este instante es tan simple como esto: "yo" desaparezco.

Cuando me abro a vivir directamente la experiencia del ahora, ¿dónde queda mi imagen? Observo sonidos, sensaciones, percepciones, pensamientos... Pero sin una historia sobre ellos, sin relacionarlos con otro tiempo, sin tomármelo de modo personal, sin "mí", ¿dónde queda eso que conozco como mi identidad? Es, simplemente, disuelta en la luz del presente.

Por eso le tenemos tanto miedo a este instante, porque sentimos que desaparece nuestro personaje tan adorado. No sabemos vivir la vida sin un "yo" al que le ocurre y que necesita posicionarse ante ella.

Pero si me atrevo, si nos atrevemos, cada momento está aquí como una invitación: ¿Qué es esto sin mi historia personal?

¿Qué soy yo sin esta historia?

Al liberar la experiencia de un "yo", todo recupera su simplicidad natural. La Vida se contempla como lo que siempre ha sido: un río de experiencia siempre vivo, fluyendo sin cesar e invitándonos a degustarla momento a momento, sin referencias estereotipadas.

Simplemente, nos vamos encontrando con todo, reconociéndonos en todo, descubriendo en todo la misma Vida que somos.


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© 2020 Dora Gil

© Fotos Fran Carmona