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  • Dora Gil

REVOLUCIÓN TOTAL



Vivir desde la perspectiva reducida de un pequeño yo o desde la amplitud de la Vida que somos, aunque no suponga a veces ningún cambio externamente observable, nos abre a una experiencia interna radicalmente distinta a "lo conocido". Todos lo sabemos porque de un modo u otro nos hemos vivido, aunque haya sido fugazmente, desde esta apertura de la consciencia. A eso le llaman despertar. Y el despertar no es algo que sólo le suceda a un individuo que, a partir de ese momento se identifica con ese nuevo estado.

La consciencia está constantemente reconociéndose a sí misma y ello sucede sin la intervención ni la identificación del sujeto que se adjudica ese cambio de conciencia como algo que le ocurre a él y ha de mantenerse. Sucede, está sucediendo, por aquí y por allá, de modo impredecible e incontrolable: "El espíritu sopla, y nadie sabe de dónde viene ni a dónde va". Es un asunto de la vida consciente que somos. Podemos, eso sí, observar cómo lo vivimos cuando esa apertura es acogida conscientemente. Nos damos cuenta claramente de que supone una revolución radical con relación al modo habitual de percibir la existencia desde el personaje que creemos ser.

Desde la mente pequeña del yo hacedor, todos los objetos de su mundo (personas, situaciones, actividades, pensamientos, emociones, sensaciones), tienen un solo objetivo: validar o proteger a esa imagen con la que vivimos identificados. Ese pequeño yo se convierte en el referente al que se sacrifica todo: tiempo, relaciones, trabajo... bajo la promesa de felicidad con la que nos incentiva o el temor al sufrimiento con el que nos asusta.

Vivimos para él, lo reconozcamos o no. Ante él nos inclinamos y en su altar depositamos cada día nuestros dones más preciosos, nuestros anhelos y nuestra sagrada energía. Y esa imagen ilusoria pervive simplemente al ser alimentada cotidianamente con nuestros pensamientos, emociones y actos.

De un modo u otro, vamos contemplando claramente el sufrimiento de esta alienante confusión y puede suceder que, sin saber cómo, nos encontremos rendidos y entregados a la Vida, dejando que nos guíe desde el Corazón. Entonces, todas las energías que estaban siendo sacrificadas para nutrir a ese personaje ilusorio quedan liberadas y vuelven a su origen.

Nuestra imagen, con la que andábamos tan identificados, ahora es contemplada como lo que es, un concepto al que habíamos nutrido tanto que nos habíamos confundido con él.

Cuando la importancia personal y la búsqueda de reconocimiento dejan de tener sentido, nos damos cuenta de que cada detalle de nuestro mundo, anteriormente mediatizado por ellas, experimenta una gran liberación y dejan de estar condicionados. Cada acción es nueva, pues es contemplada desde la inocencia, desde la luz de este instante. Y cada situación se nos ofrece como un campo vibrante de exploración, en lugar de insertada en los viejos corredores del temor, la culpa o la búsqueda de mejoramiento.

Todo adquiere un nuevo sentido. Hasta las cosas más nimias pasan a ser vividas desde la libertad. Cada detalle puede ser saboreado en el presente, sin ninguna otra finalidad ni temor. Tal y como es. La Vida se vive, se toca, se oye, se conoce y se disfruta a sí misma a través de los mismos sentidos que antes eran usados para buscar placer ávidamente o para escapar del dolor. Las relaciones están ahí como un regalo para descubrir al Ser que subyace tras la mirada de cada ser humano, tras la danza de sus gestos; también para contemplar vívidamente nuestras sombras en su espejo. Los alimentos están ahí como poderosa energía condensada en formas, olores y sabores para ser disfrutados, revelándonos la vida de la que surgen. Las situaciones, nuestro cuerpo, nuestras emociones... Todo es luz que quiere ser reconocida bajo su apariencia de solidez.

Desaparece la prisa y quedamos rendidos en los brazos del ahora, cuya luz es tan clara y vibrante que los objetos que aparecen en ella y que antes nos hipnotizaban quedan en segundo plano naturalmente. Y no por ello son rechazados, sino simplemente contemplados como lo que son, expresiones momentáneas de esa esencia que ahora ha tomado la absoluta prioridad.

La Vida nos invita a detenernos y regalarnos la experiencia de que es posible, ya que la inercia de los hábitos inconscientes sigue llevándonos a repetir viejas actitudes, a centrarnos en lo que pasa, en los objetos que se mueven, en lo que contínuamente va y viene...

Este momento es adecuado. Cada instante lo es. Detente, déjate existir. Sin expectativas, deja que todo sea como es. Descubre el regalo que se esconde detrás de la resistencia a permitir que la vida se mueva en ti. Date la oportunidad de contemplar eso que te molesta, las sensaciones de tu cuerpo que rechazas, el barullo incesante de tu mente. Suelta todas las imágenes de lo que “debería ser”.

La contemplación es tu naturaleza.

Ya estás ahí, no tienes que hacer nada.

Permítete la experiencia de, simplemente, SER. Estás despertando.

Descansa, estás en tu Hogar.


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