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  • Dora Gil

SOLTAR DE VERDAD



Con frecuencia, se nos invita a soltar, a dejar ir todo lo que nos perturba: soltar situaciones, personas, ocupaciones, pensamientos, emociones, sensaciones…Y, con la misma frecuencia, nos vemos confrontados a una confusa impotencia. ¿Cómo lo hago?

El pequeño yo que creemos ser ha construido su precaria identidad en base a las relaciones que ha establecido con los objetos que percibe y que pueblan su mundo. Ha entretejido un pequeño universo en el que, al situarse en su centro, busca encontrar su identidad, su sensación de ser alguien. Esas relaciones son muy pesadas, estresantes, cansinas y las mantiene con esfuerzo en espera de que le ofrezcan el equilibro que no pueden darle.

Cuando ya está saturado, escucha decir: “aprende a soltar” y claro, se hace un verdadero lío, pues cualquiera de esas cosas que podría soltar forman parte de lo que construye su precaria identidad y concibe el dejarlas ir como una privación de sí mismo, del mundo que él trabajosamente ha construido.

No, el pequeño yo no puede soltar y si lo hace, lo hará con dolor, sufrirá privación, carencia y represión aunque trate de contentarse con alguna filosofía que le haga sentir que es un mejor yo” por privarse de lo que era importante para él o por sacrificar lo que le gustaba.

En realidad, no se trata de soltar, privarse o renunciar a ninguna cosa, sino de observar la relación que hemos establecido con ellas desde una mente que las utiliza para paliar su sensación de pequeñez. Esta supuesta necesidad impregna toda experiencia de avidez o de repulsión.

Esa asociación que hemos establecido con las cosas en el mundo de las formas es lo que necesitamos soltar. Haberla establecido supone haber obviado el campo vivo en el que aparecen las cosas, el amor que las envuelve, el sustrato de la consciencia del que surgen, para enfocarnos en supuestos objetos independientes que puedan llenar a este diminuto objeto que creemos ser: el pequeño yo. También hemos obviado que cada uno de esos objetos (incluido nuestro cuerpo, nuestra emocionalidad, nuestros pensamientos…) están constituidos por una misma sustancia que los sostiene: la Vida única que somos. Nos hemos enfocado en la apariencia que parece recubrirlos y aislarlos, su forma. Hemos ignorado que, en esa vida que subyace a todo, no hay separación posible y que, ahí, ya somos uno desde siempre. De este olvido surge el sueño en el que, al sentirnos separados, vivimos buscando otros objetos que nos completen: a eso le llamamos relaciones.

Pues bien, son estas relaciones artificiosas las que necesitamos soltar para poder acceder y experimentar la inmensidad que somos. Entretenidos en ellas, haciendo que funcionen, invertimos nuestra preciosa energía. Somos los hacedores agotados de una trama que nos absorbe constantemente. En este trajín, no podemos detenernos a permitir que la verdad se revele: somos todo y no tenemos que hacer nada para conseguirlo.

La base o fundamento de esta forma de relacionarnos con todo es muy simple: al sentirnos separados, necesitamos considerar que el mundo que vemos es nuestro, asumir personalmente todo lo que pasa en nuestra vida en un intento de cubrir ese doloroso aislamiento y desnudez.

Por decirlo de otro modo: vivimos en el cuerpo cósmico del SER, toda experiencia sucede en él, es vivida por él, movida por su energía ilimitada. Todo es su manifestación, en un baile infinito de formas que van y vienen.

Nuestro sufrimiento consiste en habernos apropiado de esas formas usándolas para identificarnos con un ente separado, otra forma a la que llamamos “yo”.

Considero que esta forma está compuesta de algo a lo que llamo “mi cuerpo”, habitada o acompañada por experiencias que llamo “mis emociones”, “mis sensaciones”, “mis pensamientos”, “mis actos”, “mis relaciones”, “mi pareja”, “mis posesiones”, “mis logros”, “mi sufrimiento”…

Esta usurpación que la mente condicionada hace de lo que pertenece al Todo es tan artificiosa y violenta que, no solo supone mucho esfuerzo, sino que nos duele en las entrañas generando un estado alterado de consciencia tan contraído que no sabemos cómo paliar. Y además, no podemos soltarlo sin sentirnos amenazados en nuestro precario equilibrio.

Cuando hablamos de SOLTAR, tal como lo comprendo ahora, no nos referimos tanto a las cosas que parecen sobrecargarnos, sino a esta apropiación que la mente cree poder hacer de ellas aislándose del Todo. Estamos apuntando a esta forma de relacionarnos con las cosas que ella misma ha generado al ignorar que, sustancialmente, son la Totalidad y viven sostenidas en ella.

Abrámonos a una perspectiva más amplia. ¿Por qué no empezar a aceptar que vivimos, nos movemos y existimos en el inmenso cuerpo del SER, que somos su misma esencia? Desde ahí, podemos empezar a soltar la personalización a la que nos hemos hecho adictos.

El otro día, por ejemplo, mientras paseaba por la playa, sentí una contracción en el área del costado. El enfoque automático de mi mente se centró ahí, intentando arreglarlo para sentirse mejor, intentando buscar una causa del mismo, o el modo de remediarlo. De pronto, recordé: “Está sucediendo en el cuerpo del SER”. No sucede en un pequeño cuerpo llamado “Dora”, sino en un vasto espacio en el que aflora esta experiencia momentánea. Inmediatamente surgió una consciencia completamente diferente. No era "mi dolor", estaba sucediendo en el universo y mi acceso a él me permitía simplemente sentirlo, llenarlo de consciencia, permitirlo en el único instante en el que estaba apareciendo: el presente. Desde ahí sí podía amarlo, pues al no ser “mío” no suponía ninguna amenaza a mi pobre identidad. Comprendí que lo que más me dolía no era la contracción, sino adjudicármela personalmente. Al igual que cualquier emoción o pensamiento que pudiera surgir.

Me dí cuenta de que tratamos de desembarazarnos de ellos o arreglarlos porque los consideramos “nuestros” y parecen amenazar nuestro sentido de un “yo”. Pero, ¿qué tal si todo lo que sentimos o pensamos pertenece al inmenso océano de la consciencia, del que surgen y a al que vuelven naturalmente? ¿y si no interferimos apropiándonos de la experiencia?

Al igual que nuestras relaciones externas con otras personas, o con situaciones…. ¿Qué tal si en vez de considerarlas “nuestras relaciones” aprendemos a vivirlas como la vida las vive, en el instante en que se produce el encuentro, y nos unimos a ella vivenciándolas en profundidad, conectando con la esencia que sostiene cada gesto, mirada, emoción, pensamiento o emoción, nos guste o no?

“No soy yo quien vive, es la vida quien vive a través de mí”. Unámonos a esa vida, devolvámosle todo lo que nos hemos apropiado, soltemos ese lazo de pertenencia que hemos tejido en torno a las experiencias y permitámosles la libertad. Eso no supone ninguna privación, pues lo único que soltamos es el falso concepto de separación que nos llevaba a apropiárnoslas compulsivamente. Una vez que le retiramos nuestra credibilidad, lo único que se revela es la profunda unidad que siempre ha estado ahí.

Entonces, el verdadero amor es posible, pues ya no me enfoco en personas a las que amar o de las que recibir amor, sino en la esencia que nos une.

Sólo entonces, la verdadera nutrición es posible, pues ya no me enfoco en alimentos que he de tomar o rechazar, sino en la luz que los sostiene y de la que son portadores y expresión: la misma que a mí me sostiene.

Sólo entonces la verdadera realización es posible, pues ya no me enfoco en metas que conseguir, tareas que cumplir para llegar a ser alguien, sino en esa energía dinámica que mueve todas las cosas hacia su máxima expresión y me impulsa a crear.

Sólo entonces el verdadero sentir es posible, pues ya no tengo que buscar o deshacerme de ninguna emoción, sino que cada una me invita a ahondar en ella para descubrir la Vida que las genera y de la que surgen.

Sólo entonces el verdadero pensar se posibilita, al contemplar los pensamientos que van y vienen sin creerlos “míos” ni tener que evitarlos. Entonces la mente queda libre para la verdadera lucidez…

En definitiva, la experiencia de SOLTAR no es una tarea que el pequeño yo pueda acometer, nada más lejos de su naturaleza empeñada en asociarse y enmarañarse con las cosas de este mundo. Sólo desde la íntima conexión con la consciencia que somos es posible contemplar la relación compulsiva que este pequeño yo ha establecido con las cosas y, al revelarse como obsoleta, se suelta inmediatamente. Y a esto estamos invitados momento a momento, a entregar a la Vida lo que creímos “nuestro”, a fundirnos con ella y descansar de todos esos pesos innecesarios con los que nos cargamos cuando nos creímos separados del Todo.


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