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  • Dora Gil

LO ORDINARIO



Creo que una de las notas que la vida toca a través de mí tiene mucho que ver con la revelación que esconde eso que llamamos “ordinario” y que muchas veces rechazamos.

Como para muchos de vosotros, imagino, mi vida ha consistido en una búsqueda de algo más especial, brillante, llamativo o extraordinario que lo que iba viviendo en mi presente. A esto: la situaciones cotidianas, los sonidos del vecindario, las sensaciones de vacío, el rumor del tráfico, la mesa después de comer, el peso de la bolsa de la basura que llevo al contenedor… La pequeña mente lo califica de ordinario: “esto ya me lo sé -dice ella- pasemos a otra cosa más novedosa”.

Así nos dejamos llevar por su eterna búsqueda de objetos, situaciones, relaciones… que nos saquen de la experiencia habitual en la que nos sentimos poca cosa, con la esperanza de que una de esas experiencias extraordinarias (una charla, un curso, una persona especial, un nuevo trabajo, un viaje, el fin de estos síntomas…) nos propulse hacia un lugar en el que por fin seamos alguien diferente.

La búsqueda, sin embargo, tarde o temprano nos decepciona y la frustración repetida termina por traernos a casa, aquí, a este instante donde transcurre la vida, con una secreta invitación: “mira más profundo.” No porque lo que hay aquí (estas situaciones conocidas) tengan en sí más valor que aquellas que nos atraen, sino porque están aquí, en la inmediatez de nuestra experiencia, para ser vividas cuando se presentan. Escaparnos de ellas buscando otras nos separa de nuestra existencia. “No juzgues esto por su apariencia, experiméntalo -me susurra la Vida - Ábrete a vivir sin juicios eso que la mente rechaza. Respira, intima, dale espacio a todo.”

En un principio, aceptar esto, me daba miedo, me sentía desaparecer como el personaje que buscaba ávidamente confirmarse. Brillo y reconocimiento parecen alejarse cuando camino del baño a la cocina de casa y sólo camino, sintiendo mis sensaciones habituales y llenándolas de consciencia; o cuando estoy agachada metiendo ropa en la lavadora y me siento invitada a vivir esa experiencia con todo lo que se está presentando: sensaciones, emociones, pensamientos…

Y, sin embargo, cuando desaparece la búsqueda de otra cosa que la mente considera mejor, lo ordinario deja de serlo, simplemente porque al no ser rechazado o despreciado, puede desvelarnos la vida que subyace a cada gesto, a cada aroma, a cada sensación, nos guste o no la forma que tome. Ahí desaparece la distinción entre conceptos como "ordinario" o "extraordinario". La vida es UNA, indivisible, incategorizable, siempre nueva. Hacernos uno con ella, nos revela, sobre todo, que somos eso, la consciencia que contempla, sostiene y abraza la experiencia.

Cuando la mente pequeña escucha esto, puede imaginar que al volver a este instante y aceptarlo, encontrará algo fuera de lo común, dejará de sentir sus malestares y todo se volverá de color rosa. No, en la forma, todo es como va siendo. Las formas que toma la vida son esencialmente vida, nos parezcan atractivas o amenazadoras.

Así que, aceptar quedarme aquí, en este instante, y abrirme a todo lo que en él aparece, se me reveló como la resolución de ese conflicto entre lo ordinario y lo extraordinario. A eso lo llamo meditación.

Me enamoré de ella muy joven, pues al aquietarme y aceptar respirar y vivir mis experiencias, empecé a enamorarme de mi vida, esa que venía rechazando. Encontré un espacio de descanso de tanta lucha en el que todo es permitido, todo merece la pena, todo puede ser atendido y hay espacio para todo. La seguridad, estabilidad, permisividad e intimidad que buscaba, por ejemplo, en una relación, se me reveló aquí, muy cerca, en mi propia consciencia.

Así es la consciencia: como la luz del sol, no desprecia nada. Como todo es de su misma esencia, lo penetra todo, es una con todo, lo sostiene todo. Y, al mismo tiempo, le da espacio a cada experiencia. Esto me encantó, pues es lo que solemos buscar cuando nos enamoramos: intimidad, espacio, estabilidad, incondicionalidad… estaba ahí, disponible para mí.

Aunque pasé un tiempo concibiendo este espacio como un refugio, poco a poco, se fue revelando muy pequeño: quería extenderse, hacerse cargo de toda mi vida. Meditar es vivir. Meditación es lo que somos, pura consciencia viva que abraza y permite todo: ¿Por qué reservar esta vivencia a ciertos ratos o espacios? ¿Por qué relacionarla con técnicas o disciplinas forzadas o monótonas? ¿Por qué convertirla en una práctica o hacer espiritual que nos separa de esto, de lo ordinario, cuando está aquí para desvelar su tesoro?

En cualquier momento estamos invitados a intimar con la existencia, a no despreciar las formas que va tomando, a ser uno con ella, a ir más allá de cómo la pequeña mente la interpreta… En todo momento somos ese espacio de consciencia abierto, luminoso, amoroso y amplio que todo lo penetra y lo acepta.


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