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  • Dora Gil

UN SALTO RADICAL



El personaje que creo ser es una historia lineal que me cuento, proveniente de un pasado y encaminada hacia otro lugar, otro momento. Se teje del recuerdo recurrente de un argumento que va siendo enriquecido con nuevas escenas. Siempre gira en torno a un protagonista (mi pequeño yo) que se mueve en el tiempo, al ritmo de su mente lineal.

Vivir en el presente es atreverme a romper con esa linealidad horizontal,

a dejar de asociar lo que aparece en este instante con momentos anteriores o futuros. Es un salto radical, un cambio total de perspectiva.

Es aprender a usar ESTO, lo que aparece en mi experiencia ahora mismo, para zambullirme en el océano insondable de la Vida, en lugar de seguir relacionándolo con una línea argumental que me lleva a supuestos momentos siguientes.

Es atreverme a fundirme con la luz radiante de la consciencia que ilumina constantemente esto, esto, y esto… Es decir, sentir la conexión de mi experiencia inmediata con la fuente de la vida, en lugar de asimilarla a la historia que mi mente me relata sobre ello y que parece pedir continuidad en el tiempo.

Para ser muy prácticos, podríamos decir que lo que estoy experimentando ahora mismo, está ofreciéndome siempre una doble posibilidad:

-la ya conocida, insertarlo en una historia de la que soy protagonista y vivirlo desde ese personaje al que le ocurren cosas mientras deambula por la vía horizontal de la superficie;

-otra, radicalmente nueva: conectar esto que vivo con la fuente radiante del SER, cuya luz se derrama sobre esta escena iluminando cada uno de sus matices y desvelando la esencia que sustenta cada forma. Esa esencia es mi verdadera naturaleza, que no se reduce a un pequeño cuerpo. Sólo ella puede, en su amplitud sin límites, reconocer como suyo cada detalle de la experiencia y abrazarlo todo.

Esto es, realmente amar. Al no ser nada fijo y delimitado, doy espacio y atención a todo lo que aparece en este instante, pues forma parte de mí.

Desde esta perspectiva de la profundidad, mi vida se convierte en un constante recordarme ese salto inmediato hacia el instante presente, en el que mi única función es unirme a la actividad amorosa y envolvente de la vida que se derrama dulcemente en el AHORA. La luz de mi consciencia envuelve y penetra todo lo que percibo, todos los fenómenos que aparecen y desaparecen en ella (percepciones, emociones, pensamientos…) y es éste mi verdadero hogar, más allá de lo que ocurre.

Creo que es esto es lo que, en términos espirituales se expresa como “entregar todo a Dios”. Durante mucho tiempo me costó entenderlo, pues esta terminología tenía, para mí, connotaciones religiosas que rechazaba.

Ahora puedo comprender que la única opción real es dejar de alimentar lo ilusorio, a lo que nos aferramos, (el mundo de la forma) con la energía del SER. Devolver todo a su fuente auténtica es el camino del corazón, que ha sido tan tergiversado con creencias limitantes.

Esta posibilidad está disponible y es practicable en cada instante. La cuestión fundamental es recordarme: ¿Para qué es esto? ¿Para alimentar la película de mi personaje o para situarme en la realidad?

Hasta ahora, de modo inconsciente, todo tenía una función dada, asumida, automática: seguir nutriendo a un pequeño yo encerrado en un cuerpo que se cree separado mientras sobrevive arrastrándose por una senda horizontal y cansina. Cada momento servía para reforzar su historia añadiéndole argumento, reforzando sus bases, repitiendo sus patrones.

Ahora, en este instante, todo puede cobrar un nuevo sentido. Ya no hay historia, ni antes ni después. Tomo el camino de la profundidad. Al soltar toda referencia al tiempo lineal, a lo que viene después, a lo que ya pasó, a lo que creo saber, me veo inmersa en la plenitud de ESTO. Y mi única opción es amarlo, como lo ama la vida. Ya está sucediendo. Soy ese océano de luz que envuelve, penetra y abraza íntimamente todo lo que se mueve en mí. Eso somos. ¿Nos atrevemos a recordarlo? Para mí, no hay aventura más apasionante que ésta, siempre disponible para mí.


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© 2020 Dora Gil

© Fotos Fran Carmona