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  • Dora Gil

¿Esforzarse para amar?



¿Te has sentido alguna vez agotad@ por el esfuerzo de ser amoros@, amable, buen@ con los demás?

Mientras sigamos considerándonos un pequeño yo, alojado en un cuerpo, separado de otros, lo que percibimos ahí afuera es un mundo poblado de otros pequeños yoes, encerrados en sus cuerpos, un mundo de objetos que pueden hacernos daño o apoyarnos, pues desde nuestra sensación de disminución, creemos necesitar apoyo y tememos no recibirlo.

En eso consisten las relaciones desde el ego: en la búsqueda algo que nos complete o nos dé felicidad o en la evitación de lo que parece amenazarnos, siempre ahí afuera. No hay nada que hacer ni que arreglar aquí. Es el juego de la separación, moviéndose con su propia dinámica. Seguirá jugándose mientras nuestra identificación lo alimente.

Donde todo se complica aún más es cuando, desde esa identificación, pretendemos experimentar amor, unidad o felicidad. Es una verdadera locura tratar de conseguir la unidad desde la separación. Sin embargo, el pequeño yo lo intenta con esfuerzo sin darse cuenta de su demente pretensión. Y claro, se frustra, se deprime, se juzga, se exige, se siente impotente… Pero sigue intentándolo, pues de eso va su juego. “Inténtalo, pero no lo consigas nunca”, es su lema oculto.

El pequeño yo no puede amar. Por mucho que trate de hacer suyas consignas espirituales de aceptación, paz y unidad, no se le puede pedir tamaña acrobacia. Y cualquier intento de ello, sólo consigue reforzarlo en su alocada pretensión de alcanzar algo que cree que no está aquí y que, sobre todo, no le corresponde conseguir.

No le corresponde a la persona iluminarse ni hacerse espiritual. Y ese es el drama en el que nos hundimos cuando asumimos esta tarea como una meta a alcanzar desde nuestra mente limitada.

Sin embargo, ese sufrimiento, esas resistencias que experimentamos al confrontarnos con lo imposible nos ofrecen una maravillosa posibilidad: abrirnos a la consciencia que observa todo ese juego, sentir los desgarros que provoca y, sobre todo, el cansancio y la constante frustración en la que giran nuestras vidas cuando vivimos desde esa sensación de disminución.

Podemos unirnos, sin hacer nada más, a esa amplitud profunda que contempla serena ese tejemaneje de esfuerzos y vaivenes en pos de lo imposible. La carcajada es inminente: ¿Qué hay más gracioso que los esfuerzos de un personaje que se cree separado por convertirse en un ser iluminado, sin darse cuenta de que, en su esencia, ya lo es, siempre ha sido pura luz?

La resistencia, las pataletas, la decepción, el agotamiento… al encontrarse una y otra vez con los mismos patrones de desamor que el pequeño yo quiere superar, son contemplados.

Amorosamente, desde el silencio, todo eso es incluido, tiernamente abrazado en una profunda comprensión: el amor no tiene que ver con algo que hacemos por otros, porque no hay otros. Se extiende naturalmente abrazando cada resistencia, cada herida, cada intento desenfocado, cada escena de la película en la que el comportamiento esperado no es ideal o aparenta un nuevo fracaso. Ilumina desde dentro cada rincón olvidado y sigue irradiando, sobre todo, sin distinción entre yo y los demás.

Ello surge del amor que somos, no lo hace el pequeño yo que quiere ser amoroso.

Cuando ya estamos agotados, el silencio nos invita a descansar en su profundidad oceánica y a dejar de invertir en el mundo de la forma, a dejar de creer que necesitamos cambiar la forma de sus olas. No necesitamos convertirnos en personas amorosas, somos ese amor que todo lo incluye. No necesitamos ser más espirituales: somos todo. ¿Qué podemos añadirnos?

Cualquier intento desde la superficie de cambiar las formas de la superficie siempre nos defraudará. Y esa frustración forma parte del juego. Es la que nos suele llevar a sumergirnos más profundo y descansar en los brazos de la vida. Ella nos acoge al despertar del sueño igual que lo hacía mientras dormíamos. Ella es lo que somos, el amor que buscábamos peleándonos con las olas y que siempre las sostiene. No se detiene en las formas, no busca formas perfectamente amorosas. Las abraza todas, incluye hasta las aparentemente más disonantes, esas que el pequeño yo no incluiría nunca.

No lo intentes, esto no puede ser intentado ni trabajado. Simplemente, aquiétate y en el silencio, observa cómo es todo cuando renuncias al tiempo y al esfuerzo para llegar a otro sitio…Cuando sueltas la necesidad de hacer algo más para buscar algo más… Cuando dejas de pelearte con lo que acaba de suceder y lo incluyes en tu corazón con ternura… Sólo aquí, sin tocar nada, sin pretender nada…eres eso que buscabas.


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