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  • Dora Gil

ABRAZAR EL VACÍO



Dicen los científicos que más del 99% de la constitución de cada átomo que conforma el mundo material es espacio vacío. Nuestro cuerpo es, en esa misma proporción, espacio vacío bajo esta forma delimitada que parece definirnos. Nos hemos construido una identidad en base a nuestra aparente solidez. ¿Y si aprendemos a identificarnos con nuestra real espaciosidad? ¿Y si la observamos igualmente a nuestro alrededor, penetrándonos, bajo las supuestas fronteras de nuestro cuerpo?

Nuestros ojos nos engañan. Sin embargo, hemos construido un mundo basado en su limitada y confusa percepción. Un mundo de cuerpos sólidos aislados por el espacio que perciben entre sí.

Y, sin embargo, el vacío es nuestra esencia. Vacío luminoso y vibrante, sin forma, que es, al fin y al cabo, lo que el pequeño yo no sabe aceptar. Lo que teme es, precisamente, lo que no puede definir o delimitar. Por eso, ante la ausencia de objetos, se desconcierta: no ve nada concreto, no sabe a qué aferrarse y se siente inseguro.

Y claro, en ese terreno no puede hacer nada. Eso le asusta, ya que extrae su identidad de la capacidad de hacer cosas visibles, con resultados aparentes. Aunque sólo sea pensar, asociar mentalmente unos objetos con otros, al involucrarse en este movimiento mental se siente seguro. El funcionamiento de la mente condicionada tiene como base el mundo de las cosas separadas.

Los momentos de vacío que, naturalmente se crean en nuestra experiencia son oportunidades para abrirnos a nuestra espaciosidad interna, a nuestra esencia. Para pasar del hacer al ser.

Sin embargo, esos espacios de soledad, en los que no hay nada con qué distraerse suelen ser evitados y temidos por el pequeño yo. En ellos surge esa indeterminación difícil de sostener. Con frecuencia la llamamos aburrimiento y sentimos una especie de desazón que nos abruma. Buscamos en seguida cómo deshacernos de esas emociones que nos parecen indeseables.

Tratar de llenar esos huecos comiendo, pensando, recurriendo a cualquier tipo de tapadera por miedo a sentir, nos cierra a la posibilidad de experimentar lo que realmente somos, pura espaciosidad. Llevamos demasiado tiempo condensándonos, cerrándonos, renunciando a nuestra naturaleza abierta para crearnos la ilusión de un yo sólido y separado.

Si queremos salir de este encierro necesitamos la experiencia del espacio en nuestra vida: espacio entre las acciones, entre las palabras, espacios en la respiración, en cualquier relación…Dejar que nuestra alma respire y se extienda abriendo los poros que la unen al Todo. Sólo así descubrimos lo que somos, más allá de esta identificación con un cuerpo sólido y cerrado, necesitado de cosas que tapen sus huecos: pura consciencia espaciosa.

Se trata de una exploración apasionante. Llevamos décadas invirtiendo en la investigación del espacio externo, organizando viajes espaciales y poniendo en juego una complicada tecnología para ello. Sin embargo, hay una exploración mucho más apasionante, a la que pocos se atreven a dedicarse: la conquista del espacio interior. La extraordinaria aventura de contemplar el vacío que nos ofrece la vida misma en tantos momentos, perdiendo el miedo a sentir. Sin apresurarnos a llenar esos espacios de objetos, acciones o pensamientos, ¿Cuál es nuestra experiencia? ¿Qué hay ahí que nos genera tanto impulso de evitación?

¿No será que estamos temiendo lo que más deseamos y necesitamos conocer?

Ya hemos invertido demasiado en esta pequeña identidad buscadora de reconocimiento.

Nuestro empeño por mantener su forma (física, mental, emocional) nutriéndola, nos impide despertar a lo que somos realmente.

Como sugerencia, podemos explorar esto:

Cada vez que nuestra forma o imagen personal no es reconocida, en vez de sumirnos en la depresión o resistirnos, podemos, simplemente, quedarnos ahí. Nos permitimos sentirlo.

Y recordamos: "No tengo que hacer nada."

Observar y amar a esa criatura que busca ser llenada,de amor o reconocimiento, colmar con nuestra cálida presencia su sensación de vacío.

Otra posibilidad:

Cada vez que experimentamos esa sensación de carencia de estímulos, sensaciones, cosas o personas que llenen nuestra vida, detengámonos:

"No tengo que hacer nada."

Concedámonos unos momentos para conectar con la totalidad del paisaje interno. Concibámonos como un amplio espacio en el que se están moviendo muchas cosas de distinta índole. Y dejemos que lo hagan naturalmente.

Observemos, por ejemplo, el ir y venir del aliento en nuestro cuerpo.

Sintonizando con nuestra respiración tenemos la posibilidad de entrar conscientemente en ese campo de aparente vacuidad y reconciliarnos con él. La espiración nos conduce a un punto en el que, si lo permitimos, de forma natural se da un momento de descanso. No hay movimiento, se crea un espacio de vacío.

Para nuestra mente siempre activa, estos momentos son, con frecuencia, insustanciales. Una especie de vértigo y de urgencia por llenarlos de nuevo aparece. Permitirnos permanecer ahí, atentos y abiertos, antes de que se produzca la nueva inspiración, es una experiencia de conexión con nuestra naturaleza inocente y abierta. Al vivirla, nos unimos naturalmente con lo real, y la sensación de carencia desaparece. Nos sentimos ser, sin necesidad de nada más. Y una apacible calma nos recorre, aliviando toda ansiedad desde su raíz.

Si se trata de un momento emocionalmente desafiante, es posible que en alguna zona de nuestro cuerpo aparezcan localizadas sensaciones de eso que llamamos vacío. Quizás en el área del plexo solar, el abdomen o el pecho. Estas sensaciones suelen sentirse como amenazantes y tendemos en seguida a evitarlas.

¿Te atreverías a quedarte un poco con ellas explorando sus matices, sus cambios, su naturaleza? Sin historia mental sobre ellas, sin nombrarlas como vacío, ¿qué hacen realmente?

El contacto con la respiración puede también ayudarnos en esta intimidad. Al inspirar, nos acercamos delicadamente; al espirar dejamos espacio para que sean lo que son, para que se muevan con libertad. Al quedamos sólo en la inmediatez de estas sensaciones,sintonizando con ellas, iremos observando que son algo muy inocente si no están relacionadas con una historia. Se trata de simples modulaciones energéticas que, acogidas por una contemplación amable y espaciosa, pierden toda connotación inquietante y tienden a disolverse.

¿Dónde se disuelven? En esa espaciosidad que les ofrecemos. Incluso esas sensaciones de vacío que nos atormentan, al contemplarlas en el espacio de la consciencia, se revelan como inconsistentes movimientos energéticos que vuelven a la nada de la que surgieron.

Huimos mucho de estos vacíos como de algo fantasmagórico que nos hemos acostumbrado a rechazar y que creemos no debería existir en nuestra experiencia. Y en este escaparnos nos complicamos cargándonos con cosas que no necesitamos y nos pesan: sustancias, actividades o relaciones que tratan de tapar nuestras sensaciones.

Basta detenernos para que la verdad se manifieste. El vacío está ahí, es innegable, pero lo hemos interpretado mal: en lugar de comprenderlo como nuestra esencia profunda e infinita, la mente superficial lo interpretó como una amenaza a su necesidad de control. Como algo desconocido e indefinible. Sin embargo, el espacio luminoso de la consciencia, es la fuente de la vida que todo lo sustenta, la esencia primordial de todo lo que existe.

Y está vivo, es consciente, es nuestra naturaleza esencial. Podemos descansar en él, contemplarlo entre los objetos que observamos, entre los pensamientos que pensamos, entre los sonidos que escuchamos...No hay nada más real que la experiencia del vacío. Es la matriz de donde surgen todos los objetos. Y éstos nos lo revelan. De hecho, ésta es la función última de las formas que percibimos: devolvernos a la profundidad de la que todo surge, que es nuestra esencia.


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