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  • Dora Gil

LA LIBERTAD DE SER, más allá del género.

Actualizado: abr 12



Creerme víctima de cualquier circunstancia, externa o interna, ha sido siempre para mí la fuente del mayor sufrimiento. Cada día me doy más cuenta de la disminución que supone creer que algo o alguien tiene el poder de dañarme o de hacerme feliz.

Es una entrega de poder tan dolorosa que no soportamos sentir el malestar que provoca y preferimos seguir proyectándolo fuera, acusando al mundo (situaciones, relaciones, grupos humanos...) de nuestro estado.

Señalamos con el dedo acusador las situaciones externas de maltrato sin darnos cuenta de que su génesis tiene mucho que ver con ese abandono al que nos somete nuestra forma de pensarnos, según la cual dependemos de los movimientos de de otros para ser felices o desgraciados. Desde esa disminución a la que nos sometemos al darle al mundo (al otro sexo, en este caso) la responsabilidad de nuestra vida, necesitamos a toda costa reivindicarles nuestra libertad, como si esta dependiera de ellos.

No, el mundo que vemos representa exactamente nuestra mentalidad, y se comporta reflejando el poder que le hemos dado. Desde esta consciencia disminuida, percibimos lo que confirma nuestras creencias: sin darnos cuenta, nos enfocamos y seleccionamos de la realidad los datos y hechos que refuerzan nuestra mentalidad victimista. Y, claro, están ahí: es cierto que pasan muchas cosas... Pero al nutrirlas, repetirlas, exponerlas y ensañarnos contra ellas usándolas como prueba fehaciente de que estamos en lo cierto, se convierten en la confirmación de lo que pensamos y nuestras creencias se hacen más y más rígidas.

Nos maltratamos cada vez que creemos que son los otros los que nos privan de libertad. Invertimos nuestras preciosas energías en reivindicar que nos la devuelvan sin darnos cuenta de que nunca estuvo en sus manos.

La libertad es nuestro don más precioso, nuestra verdadera naturaleza inviolable. Incluso recluidos o privados de libertad física, sobran ejemplos de seres humanos que han sentido la paz y la libertad más profunda, la que no puede ser amenazada por nadie. No la del cuerpo, sino la del ser que somos.

Esto no significa que no haya que denunciar y responder con firmeza a las situaciones externas que reflejan ese nivel de consciencia. Al contrario: ese movimiento de respuesta surge de forma natural y con toda su fuerza cuando hemos asumido desde dentro nuestra libertad. Y lo hace en los momentos en que es necesario, no necesita ser un ataque premeditado, sostenido y resentido que hace de la indignación una postura mental. Ésta sólo refleja victimismo y, me permito decirlo, no arregla nada de forma consistente, pues surge del mismo nivel de consciencia que el maltrato recibido.

Desde que el mundo es mundo, la historia se repite una y otra vez: explotadores y explotados, jefe y empleados, hombres y mujeres, padres e hijos... Los "débiles" que se defienden contra los "poderosos" reforzando así su supuesta debilidad al darle al lado "poderoso" la capacidad de hacerle algo.

Sin embargo, hay un eslabón perdido: si yo permito que tú me trates mal, es porque espero algo de ti. Hay una expectativa que sustenta esa sumisión, pero que se mantiene oculta. Para aceptar el más mínimo daño (que no deseo), debe compensarme la esperanza secreta de recibir a cambio cualquier otra cosa: seguridad, protección, reconocimiento, aceptación, amor... Bienes que, por supuesto, no se encuentran donde los busco, pero que he creído que allí se hallaban. Es eso lo que me mueve a someterme y luego, claro, a apuntarte con el dedo como culpable de mi malestar.

Haber ignorado mi grandeza y mi poder para esperar que tú me los des me sitúa en un lugar muy desagradable: en tus manos, a tu merced. Ese lugar, que no me corresponde, te da un poder del que careces y que te permito usar. Y si esto sucede en mí, y lo observo repetidamente... ¿Cómo no habría de expresarse a gran escala, a nivel social, como efecto de un sistema de pensamiento disfuncional?

Sé que lo que estoy escribiendo puede ser muy molesto y difícil de encajar, y no pretendo que lo sea, pero me parece que ya hemos transitado demasiado como humanidad el camino del victimismo: no nos ha llevado muy lejos. Como mujer, me siento mucho más libre cuando, en vez de reivindicar a los hombres mi libertad, la reconozco en mí profundamente y comprendo que no puede ser vulnerada, salvo que yo decida vivir esa experiencia y darle al mundo ( en este caso, a los hombres) un poder que no tienen. De ahí surgen actitudes libres y una total incapacidad de someterme a nada ni a nadie en ningún aspecto.

Más allá de nuestra diferenciación aparente como hombres y mujeres, somos la vida misma, poderosa y plena. Usar el género para disminuirme y salir de esa grandeza es igual que usar cualquier otra circunstancia (familiar, laboral, política...) en la que elijo sentirme víctima. Todo está ahí para ser usado, y yo elijo si lo hago al servicio de la libertad o de la sumisión.Es una decisión interna y constante: el ejercicio de mi libre albedrío empieza en mi mente. Lo demás, son sólo los efectos de esta decisión.

No estoy en contra de nada. Todo movimiento reivindicativo, (que yo también he respaldado con vehemencia en ciertos momentos de mi vida) forma parte del juego de la experiencia humana y tiene su sentido. Comprendamos este juego de los aparentes opuestos, pero alimentarlo, sinceramente, ya es muy cansino y no nos ha llevado a lo que, en realidad, anhelamos: la verdadera libertad de ser, la única real.

Ésta, no necesita ser reivindicada, sino descubierta. Siempre ha estado aquí, pero la hemos ignorado cargando al mundo con la responsabilidad de otorgárnosla. De ahí surgen todos los problemas y conflictos.


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