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  • Dora Gil

ME QUEDO



Durante mucho tiempo busqué aislarme, evitando circunstancias y encuentros que despertaban en mí tensión o malestar. Confundí este alivio con amar la soledad.

Mientras seguía creyéndome una pequeña partícula aislada en un espacio amenazador, vivía esa esa separación cotidiana como la mejor opción para no sufrir lo que creía embestidas de un mundo que percibía desconsiderado con mi persona.No me daba cuenta de lo que me estaba perdiendo al evitar lo que parecía dañarme.

A medida que voy descubriendo la inefable amplitud de mi SER, estas huidas se hacen, no sólo innecesarias, sino que han dejado de seducirme. Alejarme de una situación por temor a sentirla me priva del extraordinario regalo que ella encierra: devolverme a mi grandeza.

El mísero alivio que experimento ha dejado de atraerme, al compararlo con la potente experiencia que vivir la intensidad de la experiencia me ofrece. Nada menos que una nueva perspectiva, una identidad sin límites que todo lo envuelve y contiene, el regalo de liberarme de “lo que sucede” para convertirme en el abrazo gigante que lo contiene. Nada menos que la libertad real, la felicidad que había estado soñando, sin necesidad de dar un solo paso ni esperar ni un segundo. AHORA, aquí donde sucede mi vida.

Cuando acepto vivir esto, sin escapatorias, lo que encuentro es mucha amplitud, un espacio ilimitado de permisividad en el que aparecen todo tipo de fenómenos que van y vienen. Ejercen un efecto hipnótico sobre mí, pues toman forma de realidades absolutas al aparecer sobredimensionados bajo mi percepción: pensamientos que me captan la atención, sensaciones intensas, personas, objetos que deseo o rechazo…

La constante seducción me incita a apegarme a alguno de ellos, a encerrarme en uno de esos temas, a tratar de solucionarlo, a intentar evitarlo, conseguirlo o cambiarlo. Al ceder a esta atracción, experimento sufrimiento inmediato, pequeñez, limitación...simples indicadores de la vida para devolverme a la amplitud serena en la que puedo seguir descansando dejando que todo se resuelva.

Si acepto sentirlo, en lugar de evitarlo, si decido dejar que estas sensaciones difíciles se muevan en mí, inmediatamente me estoy reconociendo como espaciosidad para ello. Ya no necesito que eso cambie, pues me he situado en mi espacio natural: el océano de la consciencia.


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